Aragón

La ciudad de los caminantes

Bulevares, callejuelas y largas avenidas permiten a los zaragozanos disfrutar de bonitos paseos por la capital.

Viandantes por el paseo de Sagasta.
Viandantes por el paseo de Sagasta.
Guillermo Mestre

Será de las primeras imágenes que impresionen al forano que se ha llegado a Zaragoza por primera vez. ¿Pero qué hacen todas esas multitudes calle arriba y calle abajo, sea laborable o festivo, casi casi a cualquier hora, aun en los días en que el cierzo castiga sin piedad? Pues resulta que están caminando; que es esta su forma habitual de desplazarse por la ciudad para sus quehaceres cotidianos (aquí todavía es la mayoritaria, algo bastante raro en otras grandes poblaciones); y que muchos además lo hacen de paseo, lo cual ya se aproxima a la categoría de reliquia etnográfica conservada milagrosamente.

Las ciudades se hicieron para que la gente pudiera encontrarse. Junto al comercio, el paseo ha sido mucho tiempo una grandísima forma de relacionarse (en ocasiones, prácticamente la única). Formaría parte de una ‘dieta vital’ mediterránea y en el sur de Italia, por ejemplo, la ‘passeggiata’ vespertina es algo habitual todavía, digna de estudio no solo como vestigio vivo de tiempos pasados sino también como práctica saludable.

Nutricionistas o cardiólogos observan y comprueban cómo uno puede atizarse a diario una ‘pizza’ para cenar, alegrada con una cerveza o un par de copas de vino, y mantenerse en buena forma: caminando luego un cuarto de hora. Andar es todo un disfrute y el mejor ejercicio posible: no hay riesgo de lesiones; el único peligro es un encontronazo no deseado.

En casi toda España, el rito ha ido yendo a menos. En las últimas décadas ha tenido que lidiar primero con el automóvil privado, que transformó radicalmente las ciudades, poniéndolas a su servicio, apartando a los viandantes en esos guetos llamados aceras, y últimamente compite con otro avasallador imperio: el de las pantallas como primera ventana a la comunicación y el ocio, que están confinando a la gente, mansamente, en sus casas.

El sociólogo y ecologista navarro Mario Gaviria, que tanto ha querido a Zaragoza (la cual le devolvió los afectos haciéndole hijo adoptivo en 2002), estudió lo valiosa que resulta la afición de sus pobladores a caminar, cuánta movilidad, habitabilidad, salud, también cuánta alegría, ganan cotidianamente con ello, y cuán importante es asimismo mantener una estructura de viales conectados que hagan posible el paseo.

Todo ayuda a que Zaragoza siga siendo paseante: la costumbre de esos habitantes suyos que son buenos andarines, lo raro que es ver llover aquí, los moderados relieves urbanos, las grandes avenidas que se conservan en su entramado… Y, cómo no, que junto al río se alce el Pilar, el gran tótem local hacia el que dirigir el caminar. La basílica, su plaza, siguen siendo el destino favorito, aunque ahora, con la extensión de la ciudad, el reencuentro con las orillas del Ebro y la proliferación de grandes parques, los itinerarios posibles se hayan multiplicado. En todos se verán paseantes. Así están los zaragozanos de majicos.

Calle Alfonso: camino del Pilar

La calle Alfonso es un hervidero de zaragozanos y visitantes

La calle Alfonso es un hervidero de zaragozanos y visitantes. | Guillermo Mestre

Las franquicias han ido ganando terreno a las tiendas de ‘souvenirs’ y al pequeño comercio, pero la calle Alfonso mantiene el espíritu de arteria por la que late la Zaragoza más auténtica y secular, que se mezcla con el asombro del visitante.

Gran Vía: paseantes, bicis y el tranvía

Un músico ameniza a los paseantes de la Gran Vía

Un músico ameniza a los paseantes de la Gran Vía. | Oliver Duch

El tranvía es el más reciente inquilino de este bonito paseo, que también, en los últimos años, ha dado la bienvenida a las bicis. Universitarios, futboleros hacia La Romareda, ‘runners’, disfrutones en las terrazas, niños en sus espacios de juego: la Zaragoza más variada se reúne en la Gran Vía.

Paseo de Sagasta: mirador de joyas modernistas

Viandantes por el paseo de Sagasta

Viandantes por el paseo de Sagasta. | Guillermo Mestre

Si uno camina por el paseo de Sagasta, lo mejor es mirar a los lados. Porque se topara con algunos de los más granados ejemplos de lo poco que desgraciadamente queda del esplendoroso pasado modernista de la ciudad.

Paseo de la Constitución: el oasis discreto

La escultura Pareja bajo paraguas, de Manuel López García

La escultura 'Pareja bajo paraguas', de Manuel López García, en Constitución. | Esther Casas/HERALDO

En pleno centro de la ciudad, el paseo de la Constitución se cruza más que se disfruta. Pero para los que tienen la suerte de saber o poder huir del fragor del tráfico y de las prisas del día a día, es un oasis, con sus esculturas, su coqueto quiosco y sus bancos bajo los árboles.

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