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Guardiola, querido enemigo

El regreso de Pep al Camp Nou reabre viejas heridas y hace que salgan de las trincheras sus defensores y sus críticos. Los jugadores lo ven como
un rival deportivo, y los aficionados, como un mito.

Pep Guardiola, en el partido del pasado sábado en Leverkusen.
Guardiola, querido enemigo
KAI PFAFFENBACH/reuters

En los últimos días, a medida que se ha ido acercando el Barça-Bayern de la ida de la semifinal de la Liga de Campeones, dos líneas de opinión han ido apareciendo en el entorno azulgrana en tertulias, debates y diferentes artículos protagonizados por periodistas o personas que presumen, o lo hicieron en su momento, de tener hilo directo con Pep Guardiola. La primera: la defensa pública a ultranza del mito de los banquillos aunque sea a costa de manchar la autoridad actual de Luis Enrique. La segunda: recordar que cuando se fue en 2012 fue para "no hacernos daño", como él dijo en rueda de prensa, algo que eleva a los altares de la bondad al entrenador y que deja por los suelos a los futbolistas, siempre con fama de caprichosos y rebeldes. La verdad es que cuando el desgaste llega a un vestuario nadie es tan bueno, ni nadie es tan malo.

De repente, un año después del 5-0 global encajado en la semifinal ante el Real Madrid, se recuerda a diario que el 1-0 del Bernabéu fue injusto por el fútbol realizado por el Bayern y que en el humillante 0-4 de Múnich Guardiola se traicionó a sí mismo al apostar por un fútbol más directo, tras escuchar los deseos de los pesos pesados de su vestuario. El mensaje subliminal no es que la táctica la hicieron Lahm, Robben y compañía, como sucedería en un análisis del Barça actual, sino que el técnico de Santpedor no pudo plantear el partido como quería.

Curiosamente, se sucede en las horas previas a esta gran cita futbolística la repetición de otro concepto: desde la crisis de Anoeta, en el Barça Luis Enrique pinta muy poco y Messi, Suárez y Neymar han hecho un frente común, liderados por el argentino, para torearle y asumir las riendas de la forma de jugar y de las victorias. No importa que Mascherano, futbolista a quien siempre se le puede escuchar, dijera el sábado en Córdoba que el mérito de que el Barça tenga opciones a ganar tres títulos es de Luis Enrique por su gestión de la plantilla. El conflicto siempre vende más y así es el Barça: se lava la imagen del entrenador rival y se ensucia la del técnico propio antes de un pulso trascendental. Respecto a la relación de Pep Guardiola con los jugadores que tuvo a sus órdenes, siempre se ha comentado que en los últimos meses de aquella temporada 2011-12 se rompió la química que existía desde 2008. Nunca trascendió la lista oficial de las bajas que pedía, pero periódicamente se habló de que quería echar a Alves, Piqué, Cesc y Villa, entre otros. No, a Messi nunca quiso despedirle, pero sí veía que la llegada en el verano de 2011 de Cesc, el clásico conspirador de vestuario cuando se ve desplazado de la titularidad (Del Bosque también le conoce bien), se había interpuesto entre ellos y se había llevado de paso al tercer amigo de la etapa de cadetes: Piqué.

Decir que aquellos ex jugadores de Pep Guardiola le tienen ganas ahora también es excesivo. Con el tiempo aquellos jugadores valoraron todo lo conseguido y la forma como la consiguieron, con un fútbol maravilloso.

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