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Aragón

Identidad, tradición, renovación

Una antología del imaginario aragonés, en el Paraninfo.

'Ya llega el vencedor' (1919), un impresionante lienzo de Julio García Condoy, "uno de los grandes cuadros de la exposición".
Identidad, tradición, renovación
Julio García Condoy

Identidad, tradición y renovación: la pintura regionalista. Aragón (1898 -1939)’ es el título de una tesis de Alberto Castán Chocarro, fruto de una investigación dirigida por Concha Lomba. De este trabajo académico nace la excelente exposición del Paraninfo. Debe alegrarnos que un trabajo universitario se haya convertido en algo tan vivo y material como una exposición, abierta a la consideración de un público amplio. También debe alegrarnos que Alberto Castán aporte un aire nuevo, acostumbrados como estamos a una renovación muy lenta en el capítulo de los comisariados.

Eludir el Regionalismo es como eludir la Realidad. Cuando acude un dignatario al País Vasco, le bailan un aurresku. Cuando el Papa viene a Zaragoza lo aturdimos con tambores. Los sótanos de los museos están llenos de cuadros folklóricos. Pasa aquí y pasa en Francia o en Texas. Baturros, alsacianas o vaqueros. No obstante, son dignas de meditación las peculiaridades del problema en España, y de rebote, en Aragón, y más en ese intervalo histórico que marcan, por un lado, la pérdida de las colonias y, por otro, la Guerra Civil. Joaquín Costa invitó a cerrar con doble llave el sepulcro del Cid. Mientras tanto, se abrían los baúles llenos de sayales y mantones. ¿Una contradicción?

Del preámbulo de la tesis de Alberto Castán, me interesa citar un fragmento: "más allá de cuestiones historiográficas y conceptuales, entendemos que el principal interés de un estudio centrado en la pintura regionalista, reside en el hecho de que ésta venía a encarnar plásticamente algunas de las preocupaciones fundamentales que caracterizaron a la sociedad española del momento, inmersa en un debate polarizado entre el análisis y definición de su propia identidad como nación, resultado de una crisis política, económica y social, y la de cada uno de los territorios que formaban parte de ella". La fiebre regionalista se asoció en el 98 al "problema de España", más tarde se intentó una lectura progresista, confiada en el espíritu del pueblo. Pensemos en el García Lorca del ‘Romancero Gitano’. Pensemos en los cuadros festivos de Ramón Acín que veremos en el Paraninfo (así su extraordinaria y colorista ‘Feria’). Pero pensemos también en el recelo que despertaba todo ello en su amigo Luis Buñuel. Un recelo refrendado por la apropiación que hizo el Franquismo del folklore.

En ‘Tristana’ aparece un pintor (Franco Nero) que, sorprendentemente, está retratando a un tipo catalán, apoyado en un burro, en un patio de Toledo. La escena puede ser un ajuste de cuentas con Dalí, pero también es la constatación de la presencia imponderable de la pintura regionalista, de su conversión en símbolo castrante. Rafael Aguado, Julio García Condoy o Marín Bagüés pintaban baturras con el mismo derecho con el que Gauguin pintaba bretonas, como excusa para el pincel, pero parece que detrás de todo este baturrismo podemos encontrar una mezcla de complejo edípico y de conciencia política. Vemos la mirada reiterada de la madre baturra, donde se lee un supuesto porvenir de la raza.

La hierática procesión de ‘Ya llega el vencedor’ de García Condoy podría reflejar una posible enfermedad aragonesa. Nos gustaría saber qué miran esos personajes de perfil, mientras que una única baturra se vuelve a los espectadores. Éste es uno de los grandes cuadros de la exposición. Hay una trilogía impactante que completan ‘La boda de Fraga’ de Viladrich y ‘El pan bendito’ de Marín Bagüés. Tres pinturas que uno quisiera que no se separasen nunca, pues parecen hechas para exhibirse juntas.

Del genial Marín Bagüés se muestran también sus ‘Placeres del Ebro’ y su sorprendente ‘Jota’, donde los pies y manos de los danzantes se multiplican como las patas del perrito de Giacomo Balla. Un ejercicio de futurismo baturro sorprendentemente afortunado. Otros pintores como Aguado o Díaz Domínguez también salen fortalecidos de esta exposición; algunos, como Gárate no quedan en buen lugar. Se trata de un pintor con fuerza, pero ridículo en sus puestas en escena. Hubiera sido preferible que se limitase a los retratos. La exposición es, en general, reveladora.

Las aportaciones al imaginario aragonés de los no aragoneses (Zuloaga o Sorolla) muy oportunas. Pero me temo que peca al ceder todo el protagonismo a la pintura. Hay representación de las artes gráficas, portadas de revistas y carteles, muy pocas esculturas. Nada de Fotografía o Cine. Tan relevante como Marín Bagüés pudo ser un fotógrafo como Ricardo Compairé; tan relevante como la mirada de Joaquín Sorolla hacia los tipos ansotanos, la de Ortiz de Echagüe.

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