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No hay palabra vana

Siruela publica la última novela de Menchu Gutiérrez: ‘Araña, cisne, caballo’.

No hay palabra vana
No hay palabra vana

Hay un tiempo para cada cosa. Y lo hay para cada libro. Y también para cada escritura. Y ya es hora de que llegue la de una autora tan original. La voz de Menchu Gutiérrez no sale en ningún medio, ni lo desea ni lo necesita. Y en ese lugar donde no llega la marabunta, está la voz y el sentido de la que vivió más de dos décadas en un faro en el País Vasco y vino a poner luz en forma de libros como ‘Detrás de la boca’ (el escenario por dentro), ‘El faro por dentro’ (el interior sin fuera) o ‘Decir la nieve’ (el silencio hecho color). Ahora llega el mundo de los sustantivos, en forma de ‘araña, cisne, caballo’; así, de corrido y sin mayúsculas, porque lo que de verdad cala, no grita. No pide audiencia, susurra y el que presta atención, lo capta, lo comprende y lo disfruta.

Hace de la sensación, sentido; y del sentido, rasgo; y del rasgo, temblor en la piel del que la lee. Porque la parte final, el capítulo madre, es de una destilada sencillez que abruma. Un juego con las frases hasta dotar de nuevo sentido a lo dicho. Magia en clave de susurro. Menchu Gutiérrez escribe lo que quiere desde donde quiere para dar exactamente lo que nadie más que ella puede dar, y una vez dado, se retira y vuelva a su artesana manera de vivir, cuidar lo animado y escribir, de todo menos un mundo inanimado. Con el ritmo que como poeta ha logrado (premio Ricardo Molina), con el acierto en la palabra que como traductora ha obtenido (Faulkner, Brontë, Poe y el indeleble trabajo en ‘Marca de agua’ de Joseph Brodsky), con la historia escrita que como novelista ha demostrado y con los ensayos que como la biografía literaria de San Juan de la Cruz ha confirmado.

Porque al entrar en su prosa se confirma que siempre se puede leer algo más, algo que uno pensaba que no iba a existir hasta que aparece delante de sus ojos y la mirada cambia, gracias al sustantivo alterado, la frase luminaria y el tiempo que deja entre párrafos para que nadie se asfixie, y menos abandone el placer de escuchar a quien no tiene prisa por contar las verdades del barquero en secano y en papel. Al hablarnos de animales desaparecidos, surge en la imaginación del lector lo que la autora tan solo ha pespuntado. Por ello atender a sus descripciones lo es también hacerlo al imaginario que llevamos dentro, a eso que no sale si no se le provoca. Reflexiones que a lo largo de su vida alejada del mundanal ruido - antes en el faro, ahora en Cantabria-, muestran el mirar que los rótulos, semáforos y demás zarandajas de las grandes ciudades ciegan al viandante que más que ver se traga polución. Es entonces cuando al escuchar sus líneas se hace el silencio en la mente lectora, y surge aquella mascota de la infancia, aquel árbol en el que se jugaba al escondite o la piedra que todavía piensa uno que lleva en el bolsillo aunque hayan pasado un porrón de lustros y de vasos de vino. Leer a Menchu Gutiérrez es leer lo otro, a lo mejor no se puede definir, ni siquiera ella puede que lo desee. Pero no concuerda con nada de lo previsto, ni con lo que imagina el lector al coger un libro. Al cerrar los suyos, se tiene otra mirada, otro pulso, otro lector, obra y gracia de ella. Canela fina para ser degustada con tiempo. Que aproveche.

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