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Aragón

Cupido se llama fenilalanina

El amor no es ciego y nadie podrá ganarlo si antes no pasa un duro examen de nuestro cerebro, porque nace y termina en él. Es un minucioso juego de hormonas fundamentadas en nuestra propia educación se llama fenilalanina

El 14 de febrero de 2010, el escritor Félix Romeo escribió una columna en estas líneas sobre el amor, sobre esa necesidad de celebrar algo que es un derecho humano inalienable y una forma de libertad.

Su aguda pluma terminaba haciendo un canto al amor en sí mismo, invitándonos a celebrarlo porque sí, porque es lo que nos da vida y lo que nos la cambia; lo que nos hace vivir o morir. Unos años antes, en 2007, el propio Romeo escribió un reportaje tomando como ejemplo una guía singular: ‘Los mejores lugares para besarse en París’, y llamó a sus amigos para que contaran cuáles eran sus lugares ideales para besar. El resultado fue un maravilloso cúmulo de recuerdos. Porque el amor en esencia es eso, pero bien mezclado en ese procesador que es nuestro cerebro cargado de fenilalanina, un aminoácido que lo inunda cuando llega la persona adecuada.

Es la primera ficha de un dominó que va cayendo, porque la respuesta cerebral a la fenilalanina es una descarga hormonal de serotonina, dopamina y noradrenalina, y cada una tiene su función:la dopamina nos da euforia y bienestar, la sensación de estar en las nubes; la noradrenalina acelera el corazón y provoca el enrojecimiento de las mejillas, mientras que la serotonina es responsable de la respuesta sexual..

El enamoramiento es un proceso físico y químico en el que la persona descubre la necesidad de complementarse con otra. Y en ese proceso intervienen dos elementos fundamentales: las hormonas y la jerarquía de valores, es decir, la educación que se ha adquirido desde la cuna a través de la sociedad, la familia y las propias experiencias personales. Construimos arquetipos y cuando aparece la persona que encaja, el cerebro responde.

La molécula del cariño

Pero el enamoramiento no dura para siempre, la tormenta hormonal acaba por escampar, y pasados tres meses empieza a perder intensidad. Y luego llegan esas crisis que dicen que se producen al año, a los tres años, o a los siete, y lo que en realidad sucede es que es cuando los factores biológicos disminuyen y tiene que entrar en función la voluntad de un proyecto común y de querer mantener esa relación efectiva... Pero, en realidad, el enamoramiento es el paso previo e imprescindible para que llegue el amor. Aunque todavía queda más, porque para que el flechazo se convierta en relación estable tiene que entrar en juego otra hormona, la oxitocina, que llega cuando las otras se desvanecen. Hay quien la llama la ‘molécula del cariño’ porque es la responsable de que la madre sientan eso de "yo, por mi hija, mato", o de que se cree un vínculo de afecto en las parejas. Y no es que el amor sea ciego, sino que cuando pasa se ven los defectos de la persona, que son en realidad los factores que se han podido ver que no encajan con esa jerarquía de valores que tenemos en el cerebro y las hormonas, entonces, dejan de fluir y la relación se acaba. Si por el contrario surge el amor, ese riego hormonal se mantiene. ¿Complicado? no, solo es la perfección de juego del puzle cerebral. Nada más grande. Una magia más de nuestro cuerpo.

Y ahora solo queda abandonarse a nuestra propia naturaleza. Porque, además, aquí, en Aragón, nos separamos menos que en el resto de España (52,86% frente al 65,71%), así que igual es una barbaridad si digo que tenemos un gen que nos hace especiales, una oxitocina que nos hace acertar en la elección y por eso también nos rodeamos de parejas que nos recuerdan a nuestros padres, de amigos que se asemejan a nuestras parejas, de hijos que se mueven como clones de sus abuelos... Es como la teoría de los seis grados llevada al amor.

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