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Aragón
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Testigo

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Paseo por los jardines del palacio de La Aljaferia y me detengo a observar una de esas imponentes piedras que lo sostienen en pie. Es un tanto rugosa pero está, o estuvo, perfectamente pulida y situada entre miles de adoquines similares. Me pregunto quién, con anónimo esfuerzo la colocó ahí hace cientos de años. Si ese alguien sería conocedor de la importancia que ésta tendría para la urbe que crecería a su alrededor, las batallas, conjuras, amores y promesas de que sería testigo en el lento pasar del tiempo. Si sabría que daría cobijo a reyes, astrónomos, poetas, presos o incluso guerreros que la historia convertiría en leyenda. Trato de imaginarme lo que podría contarme y lo insignificante que soy yo para ella.

La miro durante un buen rato, como esperando formar parte de la gesta de la que es poseedora y me alejo. Pienso en la vuelta cuando ya sea un anciano y ella siga exactamente en el mismo lugar, como testigo inerte de la memoria de una ciudad que seguirá cambiando.

Francisco Castillo

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