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Aragón
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el parrizal de beceite

El bello dibujo del agua

A lo largo del itinerario podremos comprobar cómo la acción del agua no se limita al desgaste físico de los materiales, sino que también produce la disolución de las calizas, originando recovecos, covachas, huecos y formas diversas. Todo un paisaje geológico dispuesto para el excursionista.

El río Matarraña es el eje de la ruta
El bello dibujo del agua
PRAMES

Enseguida nos encontramos con las primeras pasarelas de madera que vamos a recorrer a lo largo del camino y que forman parte importante del mismo. A las más antiguas, de viejos troncos erosionados por las aguas, se suman las restauradas modernamente con tablas. Poco más adelante, si el río baja fuerte, podemos toparnos con un escollo que conviene salvar con la ayuda de las sirgas dispuestas para tal fin. A pesar de remojarnos los pies, si no llevamos botas de agua, el esfuerzo se verá recompensado por la soledad que encontraremos de aquí en adelante, ya que muchos optan por dar la vuelta en este punto. Desde aquí, el camino se sigue fácilmente gracias a las marcas rojas que vamos encontrando a nuestro paso, a veces algo desdibujadas por la erosión del agua. En varios puntos tendremos que cruzar el río.

Abundan las pozas de aguas esmeraldas, aunque deberemos resistir la tentación de bañarnos ya que no está permitido. Los que sí disfrutan de ellas son los peces, ranas, culebras y lavanderas cascadeñas. En las zonas más remansadas, los zapateros navegan casi de forma mágica sobre las aguas, apoyados en sus finas patas. Allí donde la profundidad es menor destacan las poblaciones de una bella especie de junco (Schoenus nigricans). La vegetación de ribera está dominada por los sauces, mientras que más alejados del agua los pinos laricios imponen su ley, siempre acompañados por el ‘boix’.

Numerosos animales encuentran refugio entre los árboles, como los trepadores azules, herrerillos capuchinos y ardillas. El desarrollo del bosque queda limitado, a ambos lados, por las empinadas paredes calizas de más de 60 metros de altura, esculpidas por la erosión a modo de caprichosos pináculos catedralicios. Son las famosas gubias del Parrizal. En estos roquedos podremos sorprender, con suerte, a alguna cabra montés. Hermosos ejemplares de encina, en ocasiones formando pequeños bosquetes relictos, testimonian de quién fue el paisaje en el pasado. El carácter más selvático de esta especie se pone de manifiesto por la presencia de la zarzaparrilla y otras lianas. También podemos encontrar algún acebo disperso y arces, cuyos colores nos llamarán la atención tanto en primavera, ¡qué verdes tan tiernos!, como en otoño, ¡qué rojos tan intensos!

A poco más de una hora de marcha nos encontraremos a nuestra izquierda una cascada de gran verticalidad. Destacan en ella unas diminutas plantas de hojas verde amarillento y flores moradas. Son las atrapamoscas, una de las pocas especies carnívoras de nuestra flora. Si examinamos alguna de cerca podremos comprobar el por qué de su nombre. A la izquierda de la cascada unas letras rojas nos indican el ‘paso Romaret’. Nosotros seguiremos el cauce del río. El sendero nos obliga a subir por unos grandes bloques de roca y nos encajona entre las enormes paredes que conforman los Estrets del Parrissal. Admiramos la belleza del lugar, y nos sobrecogemos con la fuerza de la naturaleza antes de retomar el camino de vuelta, desandando nuestros pasos.

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