en colaboración con ilumináfrica
"Operamos a un hombre de 70 años que, al recuperar la vista, tiró el bastón y me invitó a su casa"
Bouba Mangala trabaja como técnico del hospital Saint Joseph en la ciudad chadiana de Bebedjia.
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Originario de Tandjilé, una de las 23 regiones administrativas de la República de Chad, Bouba Mangala ha pasado casi toda su vida en el país africano. Estudió enfermería en Chad y Camerún, donde consiguió la licenciatura; y un postgrado en Oftalmología en Mali. Actualmente, trabaja como óptico en el hospital de San José de Bebedjia.
¿Por qué decidiste estudiar óptica?
Un día llego un niño de dos años a mi consulta de enfermería que no veía a consecuencia de una malformación congénita que tuvo al nacer. Sus párpados estaban completamente cerrados. Me impactó muchísimo. Gracias a una ONG, el niño recuperó la visión, lo que dejó en mí una huella imborrable. En ese momento, decidí que quería devolverles la vista a todas las personas que pudiera.
¿Cómo está la situación en el Chad?
La salud ocular en Chad es muy precaria y existe una necesidad absoluta en la zona. La vida diaria es muy difícil. Faltan recursos, instalaciones técnicas y equipos estratégicos. La capacidad de la población para acceder a estos especialistas es muy limitada y el gobierno chadiano no ha impuesto un seguro médico obligatorio, algo que sí sucede en otros países de la subregión. Todo ello crea el caldo de cultivo perfecto para que las personas con pocos recursos acudan a brujos y charlatanes en lugar de a un médico, y terminan perdiendo la vista.
¿Cuál es la experiencia más dura que has vivido a nivel profesional?
Un día, atendí a una joven de 18 años en la consulta dos semanas antes de su boda y de su vida en pareja. Tuvo un accidente con su bicicleta cuando iba a buscar agua a 15 km de su pueblo, se le desprendió la goma de la bicicleta y le golpeó en el ojo derecho. Fue al curandero y, lógicamente, no funcionó. Cuando vino a la consulta, descubrí que el ojo estaba tan infectado que tuvieron que realizarle una evisceración y, posteriormente, poner una prótesis.
¿Y una que recuerdes con alegría?
El recuerdo más inolvidable que conservo es cuando, durante la caravana de oftalmología con mi Ministerio, recibimos a un hombre de 70 años con cataratas. Le operaron ambos ojos y recuperó la vista. Tiró su bastón, me invitó a su casa para bendecirme, diciendo: “Mientras no tengas canas, no morirás”. Cabe señalar que la esperanza de vida en el Chad es de las peores del mundo.
¿Cuáles son los principales retos a nivel de salud visual que se presentan en esta zona?
Los desafíos son enormes. Hay escasez de recursos materiales, técnicos y financieros. Encontramos muchos casos de cataratas, glaucoma, triquiasis en las montañas Lam, pterigión, etc. Además, los problemas refractivos, la pobreza y la ignorancia llevan a la gente a comprar gafas sin saber la graduación.
¿Crees que es importante la labor de entidades como Ilumináfrica?
Conocí Ilumináfrica cuando me asignaron desde el Ministerio al Hospital San José en Bebedjia. Allí, tuvimos que trabajar con varias expediciones. Agradezco mucho la labor que hacen, aunque les propondría que se quedarán aquí un par de meses para que los pacientes no se desanimen al pensar que tienen que esperar a la siguiente expedición.
Precisamente, en este enero y febrero contaréis con dos nuevas expediciones. ¿Qué esperáis de ellas?
Esta organización presta un gran servicio a mi país a través de sus expediciones, especialmente en el campo de la visión, donde muchos de mis conciudadanos han recuperado la vista gracias a la Fundación Iluminafrica. Rezamos para que estas expediciones continúen y se expandan a otras regiones del país y que otras personas desfavorecidas puedan beneficiarse. Les agradezco sinceramente esta iniciativa. Espero que tengamos otras oportunidades y que muchas cosas cambien a nuestro favor y, especialmente, a favor de los más necesitados. Deseo también que mejore la imagen del hospital que acoge a la fundación. Gracias y que Dios bendiga a Iluminafrica.


