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CIENCIA A TU ALREDEDOR

Objetos corrientes pero extraordinarios

¿Es la ciencia un universo aparte o un conjunto de oficios con un fin eminentemente práctico? ¿Puede una vulgar cuchara hacerle sombra al más sofisticado instrumental médico? Sigue leyendo para averiguar qué utensilios se han ganado la categoría de extraordinarios en las disciplinas más variadas. Desde traumatólogos con vocación de carpinteros hasta paleontólogos aficionados a la cantería.

Diana López Actualizada 10/05/2011 a las 18:26
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El percutor consigue llegar hasta el fósilPALEOYMáS

SOSPECHOSAMENTE SIMILARES
Nos encontramos en una sala de disección. Mientras el forense se aplica una pomada sobre el labio superior para mitigar el fuerte hedor, comienza a recoger una muestra del cadáver con un hisopo de algodón. En realidad, el citado ungüento es una mezcla de alcanfor, esencia de eucalipto y mentol, más conocido con el nombre comercial de ‘Vicks Vaporub’. Perfecto para abrir las vías respiratorias y, por qué no, para mantener a raya los olores de la mesa de disección. El utensilio con el que el doctor ha recogido la muestra –un bastoncillo acabado en una punta de algodón– recuerda a otro objeto más doméstico: el que cualquier hijo de vecino utiliza para la limpieza del conducto auditivo.


¿TRAUMATÓLOGOS O CARPINTEROS?
Estas curiosas revelaciones ponen en evidencia la necesidad, tan humana, de echar mano de los objetos más diversos adaptándolos a nuevos y sorprendentes usos. Una fijación que nos lleva hasta el umbral de una caverna neolítica, donde el curandero repara un cráneo fracturado con el terrible procedimiento de la trepanación. O lo que es lo mismo, la práctica quirúrgica más antigua de la que tenemos noticia, consistente en agujerear el hueso hasta llegar al interior de la cavidad craneal. Para lograrlo, estos hechiceros no escatimaban la versatilidad de cuchillos, sierras y martillos. Salvando las distancias, los actuales traumatólogos son familiarmente conocidos por sus colegas de profesión como ‘carpinteros’. Entre su instrumental, los aficionados a la ebanistería reconocerán –además de martillos, taladros y brocas evidentemente adaptadas a la actividad quirúrgica– escoplos, una herramienta de corte para realizar incisiones en el hueso. Se usa junto con el mazo o el martillo, exactamente como haría un escultor o un ebanista con un cincel. Naturalmente, un escoplo para esculpir el dorso de una nariz en una rinoplastia es mucho más delicado que el utilizado para un peroné.

Pero no hace falta recurrir a instrumental complejo. Las heridas de guerra del hombre neolítico se cerraban con uno de los utensilios más humildes que conocemos, la punzante aguja. Poco importa que esté hecha de huesos de animales o como en la actualidad, sin ojo, con la hebra montada en un extremo y de un solo uso. La finalidad es la misma: pasar el material de sutura. Un trabajo de ‘costura’ que nos traslada a los comienzos de la cirugía, cuando tenía mucho más de oficio que de ciencia. De hecho, en la Edad Media los cirujanos eran barberos iletrados que se atrevían con hernias, cataratas y cálculos, asumiendo un porcentaje de riesgo aterrador.

La mesa de operaciones está bien provista de instrumentos adaptados a la medicina pero, ¿qué ocurre cuando un médico de familia visita a un paciente en su domicilio? Con un poco de imaginación, una simple cuchara sustituye al tradicional palo de madera o depresor lingual utilizado para examinar la garganta. Unas pinzas de depilar resultan perfectas para retirar cuerpos extraños del oído y una percha, tremendamente útil a la hora de sostener el gotero.

COCINANDO RECETAS MAGISTRALES
Las reboticas de algunas farmacias son, también, el escenario en el que siguen trabajando utensilios bien amortizados por la humanidad. Como el mortero, responsable de hacer picadillo ajos y almendras en la cocina y, también, de pulverizar sustancias para preparar medicamentos o pomadas. Este instrumento, uno de los iconos de las ciencias galénicas, comparte espacio con otros utensilios como el tamiz para separar componentes, el autoclave –similar a una olla exprés– o el baño María, en el que se ‘cocinan’ cremas cosméticas. La analogía es demasiado tentadora, ¿nos encontramos en una farmacia o en el obrador de una pastelería?

Otro tanto sucede en el laboratorio de química, repleto de embudos que filtran sustancias líquidas, balanzas y pinzas para sujetar los tubos de ensayo. A diferencia de sus parientes, las pinzas de tender, uno de sus extremos es más largo para sostener mejor el tubo. Tampoco pueden faltar las retortas, condensadores que siguen utilizándose en la destilación artesanal de licores.

UN TRABAJO DE CANTEROS
A través de ‘Parque Jurásico’, Spielberg popularizó una imagen de la paleontología más cercana a la arqueología. En nuestra memoria permanecen las imágenes de los paleontólogos, armados con inofensivos ‘pincelitos’. Pues bien, la realidad no puede ser más distinta. Cuando se trata de arrancar enormes fósiles de las entrañas de la tierra, hay que utilizar procedimientos físicos más efectivos, propios de cantero: martillos, escoplos y sierras radiales. Instrumentos que, a diferencia de los usados en medicina, no están especialmente adaptados, sino que proceden directamente de la construcción. El verdadero reto es liberar el hueso de la roca con sierras radiales y cinceles, para extraer rodajas de piedra. Una vez en la superficie, la pieza se cubre de escayola o de espuma de poliuretano –un material plástico poroso conocido como ‘gomaespuma’– para protegerlo en una momia hasta su llegada al laboratorio. Aquí comienza el trabajo de preparación de los fósiles, con ayuda de herramientas mecánicas de rotación. Se trata de percutores de aire comprimido similares a los utilizados por los dentistas: penetran en el sedimento hasta perfilar los caracteres del fósil, del mismo modo que un odontólogo perfora una caries.

EN LA COCINA
A lo largo de la historia, los científicos se han adaptado al medio, ‘tuneando’ utensilios que originariamente nacieron para otros fines. Algo parecido sucede, a la inversa, con los chefs del siglo XXI: decididos a transformar sus cocinas en sofisticados laboratorios. El ejemplo más gráfico es la irrupción del nitrógeno líquido, una técnica que permite la conservación de sangre o de óvulos y que, trasladada a la cocina, consigue la criocongelación instantánea de una espuma de naranja. En esta nueva era de la gastronomía molecular, las tradicionales cazuelas son desplazadas por tubos de ensayo. Un apasionante viaje al interior de hornos, heladeras y sartenes, con el que los cocineros exploran las transformaciones físico-químicas de los alimentos.


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