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Reportaje

El SOS de las abejas

Los efectos del cambio climático y El Niño se recrudecen cada vez más en Latinoamérica. Los incendios ocurridos en Chile y las inundaciones de Argentina este año han reducido el número de colmenas y la población de abejas en estos países. Pero el impacto podría ser mayor entre los insectos nativos silvestres en el resto del continente, donde sufren con dureza las consecuencias del clima y de las acciones antropogénicas.

Patricia Luna | Agencia Sinc 18/06/2017 a las 06:00
Las abejas son especialmente vulnerables al cambio climático, ya que tienen poca capacidad de reacción ante los desastres naturalesEmilio Küffer

El pasado mes de enero, las llamas arrasaron más de medio millón de hectáreas del centro sur de Chile aniquilando a su paso bosques, matorrales, viñas, animales, casas, y hasta poblados enteros. De entre las cenizas surgieron nuevas víctimas con las que nadie había contado: las abejas.

Se calcula que unas 4.500 colmenas resultaron quemadas en los incendios, lo que equivaldría a entre 250 y 400 millones de abejas, según los catastros realizados por la Red Nacional Apícola de Chile. Pero no son las que perecieron las que preocupan a los expertos, sino las que sobrevivieron. Las flores de las que extraían el néctar han desaparecido con el fuego y tardarán años en recuperarse.

Chile alberga cerca del 2% del total de abejas silvestres de todo el mundo, unas 440 especies que se caracterizan por no ser sociales, no vivir en familia y no producir miel. Sin embargo, «resultan vitales para el sustento de los ecosistemas naturales, el bosque nativo y para todo lo que conocemos que era Chile antes de la intervención humana», explica Patricia Aldea, investigadora y directora del Centro para el Emprendimiento Apícola de la Universidad Mayor de Santiago (Chile).

Estos insectos son especialmente vulnerables al cambio climático, ya que tienen poca capacidad de reacción ante los desastres naturales, cada vez más frecuentes en la región. «Los incendios son un grave factor para la biodiversidad de los polinizadores nativos», estima Aldea, que evalúa la pérdida de abejas nativas, para las que todavía no hay estudios oficiales.

Los efectos de los desastres naturales

Además de incrementar los incendios, el calentamiento global está cambiando rápidamente los regímenes de lluvia en América Latina. «Zonas con relativa o poca precipitación comparativamente están teniendo más agua y otras zonas que habitualmente eran más húmedas se están volviendo más secas. Ante esto hay algunos animales que tienen más posibilidad de moverse que otros», indica Leonardo Galetto, biólogo e investigador del Instituto Multidisciplinario de Biología Vegetal de la Universidad de Córdoba (Argentina).

Ante estas inundaciones, incendios o el cambio del uso del suelo como ocurre con los grandes monocultivos de soja en Brasil, Argentina, Paraguay y Uruguay, la mayoría de estas abejas –que son solitarias y hacen nidos en el suelo o en madera– «se ven directamente afectadas», añade Galetto.

Junto con mosquitos y mariposas, las abejas son los polinizadores más importantes. De las 20.000 especies registradas en el mundo, 5.000 se encuentran en Sudamérica. Mil de ellas están en Argentina, donde desempeñan un papel esencial en la polinización de algunos productos típicos de este continente (maracuyá, cacao, cocos o café), un rol que no pueden ejercer las abejas de la miel.

«Es un impacto importante para las poblaciones de abejas nativas porque algunas están en retroceso y esa pérdida de diversidad es difícil de cuantificar», señala el biólogo, quien ha participado recientemente en una publicación de Naciones Unidas sobre las políticas necesarias a escala global para mantener la población de estos insectos.

Lo que el fuego se llevó en Chile

De las 500.000 hectáreas quemadas en Chile a principios de año, más de 200.000 correspondían a flora apícola. «Contabilizamos unas 35.000 colmenas en áreas calcinadas. Ahora hay que mantenerlas durante los próximos seis u ocho meses porque no tienen de dónde sacar alimento», recalca Misael Cuevas, presidente de la Federación Red Nacional Apícola de Chile.

Los efectos de los incendios se suman a una extensa sequía que ya sufría el país latinoamericano. «Las colmenas estaban pasando por un periodo largo y más o menos anormal de hambre porque, a causa de la aridez, mucha flora que debería haber estado disponible en enero no lo estuvo. Muchos apicultores empezaron a suplir con alimento desde entonces», señala Patricia Aldea, investigadora y directora del Centro para el Emprendimiento Apícola de la Universidad Mayor de Santiago.

El suplemento consiste en la preparación de un jarabe con azúcar o sacarosa y productos multavitamínicos o proteicos para que las abejas puedan subsistir sin néctar. Pero esta alimentación mantenida a largo plazo resulta cara para el apicultor.

La pérdida de bosque nativo y de praderas –fuentes de alimento naturales de las abejas– empeorará la situación de estos insectos, tan importantes para los ecosistemas, la riqueza de las plantas, la vida de otros animales y responsables de casi tres cuartas partes de los alimentos que consumimos. Las próximas temporadas posiblemente agraven la disponibilidad de alimento y hambrunas para las abejas.

«Las zonas que antes podían sustentar una carga apícola determinada ahora se reducirán a la mitad o menos», dice Aldea. Esto puede obligar al apicultor a tomar decisiones difíciles como trasladar las abejas a otro lugar o cambiar de actividad apícola o fin productivo –es decir, dejar de producir miel para criar abejas polinizadoras o producir abejas reinas– o, incluso, en los casos más extremos, abandonar la actividad. Son las soluciones que se barajan mientras el bosque se recupera, «si se recupera», continúa la investigadora.

Pero a la sequía y los incendios se une el síndrome de la desaparición de las abejas, que ya afecta a las poblaciones de todo el mundo y que se asocia al uso de plaguicidas y pesticidas. «En general las abejas están disminuyendo en el mundo, un fenómeno que también está afectando a nuestra región», subraya Lisette Bosshard, de la oficina regional del Ministerio de Agricultura de la región de O’Higgins, en el centro del país y una de las más afectadas.

La experta propone incentivar a los apicultores para que dejen una parte de sus colmenas a la producción de miel y que la otra la dediquen a aumentar la masa de abejas y a crear polinizadoras. «Esto es beneficioso para el ecosistema, pero también abre la puerta a una forma de negocio distinta», concreta Bosshard, que también apunta a la exportación de grupos de abejas, un negocio incipiente en el país.

Las lluvias, una nueva amenaza

En Argentina, uno de los mayores países exportadores de miel del mundo, la situación se repite, pero en este caso, provocada por las intensas lluvias que se registraron este año en varias provincias del norte del país, que pasaron de sequía intensa a exceso hídrico.

Las precipitaciones que se han visto acentuadas por el fenómeno de El Niño han generado la eliminación de los nectarios, una glándula que permite a algunas flores segregar el néctar. Así, las abundantes y fuertes lluvias han producido pérdidas de «cadenas de floración de las especies nativas más relevantes», apunta Luis Dante Cerquetti, presidente de la Asociación de Apicultores del Nordeste, en la provincia argentina de Corrientes, una zona donde el 80% de los apicultores son pequeños productores.

Colmenas abandonadas

Debido a estas inesperadas lluvias, la manutención de las colmenas se ha visto comprometida. «Como consecuencia, se ha perdido la cosecha, los panales han sido arrastrados por las corrientes de agua y ha disminuido la productividad de las colonias. Pero más grave aún, se ha producido el abandono de la actividad por parte de los productores», señala Cerquetti, cuya asociación ha disminuido en los últimos años de 28 socios con entre 1.320 a 2.300 colmenas a 10 socios con un promedio de 550 colmenas.

«El principal factor de abandono de la actividad ha sido justamente la influencia medioambiental, es decir, el periodo de sequías seguido luego de intensas lluvias. Esto ha empeorado por la falta de un manejo técnico adecuado y la inexistencia de políticas públicas para el desarrollo del sector», asevera.

Menos producción

Los datos recogidos en otra provincia vecina del noroeste argentino, Santa Fe, corroboran los hechos. «Los informes técnicos muestran registros de agua desde menos de 300 milímetros hasta franjas de 600 milímetros en un período de 20 a 25 días a comienzos de año», manifiesta Germán Masciangelo, especialista en apicultura del centro regional de Santa Fe del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA) argentino. En los primeros cinco meses de este año se han registrado más lluvias que las esperadas para todo el año en la zona.

«Este fenómeno puntual afecta gravemente a la producción e incluso a la población de abejas en la colmena», señala Masciangelo. Según el experto, las situaciones que se derivan de la variabilidad climática que vive la provincia están duplicando la mortandad en las colmenas. «Esto implica un mayor esfuerzo y una mayor inversión de los apicultores para poder mantener la cantidad», insiste.

Un problema complejo

Para los expertos, es posible que los efectos del cambio climático no se vean inmediatamente porque «nuestras miradas son siempre parciales y tratamos de determinar causa-efecto», dice Leonardo Galetto, de la Universidad de Córdoba en Argentina. Sin embargo, «en los sistemas agroecológicos las respuestas siempre son complejas y multifactoriales», concluye el experto.

El dilema de las abejas de la miel

Las abejas melíferas o productoras de miel pertenecen a una especie no nativa en América Latina que fue introducida en el continente en la época de la colonización española. Por eso, su situación es aún más compleja.

«Para los ecólogos y entomólogos es una especie invasora, porque es un polinizador que se trajo de Europa», señala Patricia Aldea, de la Universidad Mayor de Santiago en Chile. Sin embargo, para el productor apícola es una fuente laboral.

Según la investigadora, la abeja es un factor importante para la actividad agrícola y la agricultura familiar, pero «también afecta a la biodiversidad por sí sola», añade Aldea.

Ejemplo de ello es que las abejas nativas silvestres o solitarias, que no viven en colmenas, se han ido adaptando a esta invasión y se han desplazado hacia zonas más salvajes con menor intervención humana.





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