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Reportaje

Pirineo e Himalaya. No tan lejos, no tan distintos

¿Se pueden comparar las montañas? ¿Podemos resolver en una cordillera las preguntas que nos formulamos en otra? ¿Es posible saber qué pasó en la Tierra hace millones de años observando lo que ocurre en la actualidad? Nos lo cuenta el coordinador científico del Geoparque Mundial de la Unesco Sobrarbe-Pirineos, que acaba de regresar del Himalaya, donde ha estudiado, junto a Luis Carcavilla, del Instituto Geológico y Minero de España, la geología de la región del Khumbu (Nepal).

Ánchel Belmonte Ribas 01/06/2017 a las 06:00
Luis Carcavilla, trabajando a 5.400 metros, en el valle del Imja, en la cordillera del HimalayaÁnchel Belmonte Ribas

La geología no es una ciencia más. Encontrar respuestas a sus preguntas obliga a veces a levantar los ojos y mirar a lo lejos en el espacio y en el tiempo. No podemos reproducir ciertos fenómenos en un laboratorio, ni por las inmensas magnitudes implicadas ni por la escala temporal en la que suceden. Pero no todo está perdido, para el geólogo realmente el planeta entero es su laboratorio. Además, la geología se apoya en un puñado de grandes principios fundamentales. Uno de ellos es el del actualismo, enunciado en el siglo XVIII por James Hutton y que suele resumirse con la frase «el presente es la clave del pasado». Lo que este principio asume es que los procesos que suceden actualmente en la Tierra también actuaron así en el pasado. Erupciones volcánicas, tsunamis, glaciares… entender cómo funciona ahora nuestro planeta nos permite interpretar lo que ocurrió hace millones de años y de lo que pueden quedar solo algunos restos.

El Pirineo y el Himalaya, aparentemente lejanos y distintos, albergan algunas similitudes curiosas. Las montañas más grandes del mundo nos pueden ayudar a entender mejor algunos episodios de la historia geológica pirenaica. Veamos dos de ellos…

Una cordillera oculta

En el corazón del Pirineo se esconden las raíces de una antigua y gigantesca cordillera. Nuestras montañas más altas son, realmente, parte de lo que posiblemente fue la cadena montañosa más grande que ha visto nuestro planeta, la cordillera Varisca. Esta cadena alcanzó unos 3.000 km de longitud y casi 900 de anchura y sus restos se extienden hoy desde la Península Ibérica hasta la República Checa. Algunos geólogos dicen que si alguna vez hubo en la Tierra montañas de más de 9.000 metros, fue en el seno de esta cordillera. Estamos, sin duda, ante un ‘antiguo Himalaya’.

¿Qué queda de esas montañas? ¿Qué sabemos de ellas y cómo podemos relacionarlas con el verdadero Himalaya?

Pirineo e Himalaya. No tan lejos, no tan distintos

Pliegues en el macizo de Lardana (Valle de Chistau) formados hace 300 millones de años.

Los restos de esas antiguas montañas se encuentran en el eje central del Pirineo, por ejemplo, en las zonas más altas del Geoparque Sobrarbe-Pirineos. Allí, en las laderas occidentales del macizo de Lardana (3.375 m), podemos observar violentos plegamientos formados hace unos 300 millones de años. Estos pliegues tienen poco que ver con los que mucho tiempo después originaron el Pirineo. Las rocas se pliegan cuando sufren la acción de fuerzas compresivas. Igual que nos pasa si intentamos doblar una barra de hierro, esa deformación es más fácil con calor. En el caso de estos espectaculares pliegues, el calor provenía del granito que hoy forma los cercanos picos de Eriste.

Pirineo e Himalaya. No tan lejos, no tan distintos

Los picos de Eriste, formados por granito, se observan a la derecha del de Lardana, compuesto por rocas plegadas.

Solo el Himalaya es comparable a la cordillera Varisca en dimensiones, aunque es algo más pequeño, y en intensidad de la deformación y otros fenómenos como el plutonismo (que genera granitos) y el metamorfismo (que cambia las características de las rocas mediante altas presiones y temperaturas). Un buen análogo de las montañas sobrarbenses descritas es el macizo del Nuptse (7.861 m), en la cabecera del valle del Khumbu y muy cerca del Everest.

Pirineo e Himalaya. No tan lejos, no tan distintos

El Nuptse está compuesto por un granito muy blanco, recubierto por rocas metamórficas oscuras muy plegadas.

El armazón de esta impresionante montaña está compuesto por granito, rodeado de rocas metamórficas que muestran asombrosos plegamientos. La erosión aún no ha retirado la cobertera que corona el granito y nos ayuda a imaginar cómo eran las montañas variscas que hoy componen esta parte del valle de Chistau. El valle del Khumbu se convierte así en una ventana por la que asomarnos a paisajes aragoneses de hace 300 millones de años.

Hielo blanco y glaciares negros

También en el Geoparque de Sobrarbe-Pirineos, bajo las cimas de las peñas de las Once y del Mediodía en el macizo de Cotiella, encontramos dos enormes acumulaciones de rocas de distintos tamaños. Su forma de lengua saliendo de un circo glaciar hizo que se interpretaran como glaciares rocosos. Sin embargo, el caos reinante en su superficie no es propio de ellos.

Pirineo e Himalaya. No tan lejos, no tan distintos

El glaciar fósil negro de la Peña de las Once, en el macizo de Cotiella.

¿Cómo se originaron estas acumulaciones? Nuevamente el Himalaya nos ayuda a encontrar la respuesta. Tanto en el Karakorum (Paquistán) como en el valle del Khumbu (Nepal) abundan los glaciares de hielo blanco que están recubiertos por una gruesa capa de rocas sueltas. Estas morfologías se denominan glaciares negros y suelen formarse entre montañas que sufren una intensa erosión en sus escarpadas laderas. Alguno, como el del Khumbu, es blanco en su primer tramo y se transforma en negro algo más abajo del campo base del Everest. Otros, como el de Chola o el del Ama Dablam, están recubiertos de derrubios desde su mismo origen, al igual que lo estuvieron los glaciares negros sobrarbenses.

Pirineo e Himalaya. No tan lejos, no tan distintos

Glaciar negro de Chola.

Esta capa de roca que tapiza el glaciar lo protege de la insolación y le permite alcanzar mayores longitudes que los glaciares blancos vecinos. Una vez que el hielo finalmente desaparece, el resultado es una topografía caótica llena de elevaciones y depresiones. De nuevo en el Himalaya encontramos elementos geológicos activos que, hace ya unos once mil años, lo fueron en el Pirineo.

¿De qué está hecho el Everest?

Sí, puede que no sea el pico más bonito pero sin duda sus dimensiones hacen del Everest y sus 8.848 metros una de las montañas más conocidas por todos y más codiciadas por los montañeros. Verlo por primera vez, durante la segunda jornada del ‘trekking’ a su campo base, produce una gran emoción. Lo conocemos por el nombre del coronel y topógrafo británico Sir George Everest, aunque sus nombres auténticos son Sagarmatha (en Nepal) y Chomolungma (en el Tíbet).

Geológicamente, el Everest ilustra de manera espléndida algunos aspectos de la gran teoría que nos explica cómo funciona la Tierra: la tectónica de placas. El Himalaya es el resultado de la colisión entre las placas india y euroasiática, que empezó hace 60 millones de años. Esta colisión continúa en la actualidad, como evidencian los numerosos terremotos que sacuden la cordillera y hacen que siga creciendo. El choque entre placas provoca que las rocas situadas entre la India y Asia, muchas formadas en el fondo del mar, hayan quedado ‘pinzadas’ entre ambas, plegadas, rotas y elevadas miles de metros.

Pirineo e Himalaya. No tan lejos, no tan distintos

La base de la montaña, situada sobre el glaciar del Khumbu, está compuesta por gneises y granitos. Sobre ellos, un gran espesor de esquistos sustenta la pirámide cimera. Esta se halla formada por las famosas ‘bandas amarillas’, unas capas de mármol amarillento muy visibles no solo en el Everest sino en el Lhotse (8.516 m), el gigante vecino. Por último, y para sorpresa de los primeros geólogos que lo estudiaron, coronando la montaña encontramos unas rocas sedimentarias de más de 400 millones de años de antigüedad. Se trata de unas lutitas y calizas que contienen fósiles de crinoideos, seres conocidos popularmente como lirios de mar. Un poco antes de la cima afloran unas rocas llamadas trombolitas, un arrecife formado por cianobacterias en una zona próxima a la costa en un mar tropical poco profundo.

En definitiva, el techo del mundo se formó en el fondo del mar. La fuerza de la Tierra es capaz de mudar los paisajes de manera radical. Incluso las rocas de nuestro planeta, a su ritmo, viven y cambian.

Trabajar a 5.000 metros

La inmensa mayoría de los geólogos donde realmente disfrutamos es trabajando en el campo. Allí están las rocas, el libro donde leemos la historia de la Tierra, y allí recogemos la información necesaria para reconstruirla.

El trabajo de geología en montaña conlleva una serie de incomodidades que compartimos con otros colectivos que trabajan a la intemperie. A lo climático hay que añadir la dificultad técnica que opone a veces el terreno y, particularmente, el peso de la mochila. Es preciso cargar con el martillo, cuaderno, mapas, material variado de escritura y dibujo, brújula, estereoscopio, cinta métrica, bolsas para recoger muestras de roca… y, de vuelta, acarrear también las muestras, claro. La mochila del geólogo carga unos cuantos kilos de más respecto a la del mero montañero.

En el Himalaya hay que añadir un factor más: la altitud. A medida que ascendemos, el aire es más pobre en oxígeno y eso puede pasar factura a las personas mal aclimatadas en forma de mal de altura. Los síntomas son variados, siendo los más frecuentes el dolor de cabeza y la fatiga. En casos extremos, la cosa puede empeorar cuando aparecen náuseas y vómitos, agotamiento y hasta edemas pulmonares o cerebrales que pueden causar la muerte.

El trabajo de campo implica moverse cuesta arriba, cargar peso, recorrer grandes distancias... y todo ello acompañado del trabajo intelectual: el geólogo tiene que localizar elementos, medirlos, interpretarlos, plasmarlos en el cuaderno de campo. Por debajo de tres mil y pico metros el trabajo es más fácil. Por encima de cinco mil las cosas se complican. Una adecuada aclimatación es esencial para moverse con soltura y mantener la mente fresca.

Obviamente esto no solo es válido para los geólogos. Cualquiera de los muchos montañeros que visitan la zona ha de aplicárselo. El trayecto que se recorre en los dos últimos días del ‘trekking’ al campo base del Everest es conocido por algunos como ‘la senda de los muertos vivientes’. Hordas de senderistas mal entrenados caminan muy despacio y tambaleándose como si fueran zombis. La falta de costumbre de caminar en montaña y de hacer actividad en altitud pasa factura, aunque levantar la vista y contemplar los auténticos pilares de la Tierra quita cualquier mal. Incluso el de altura.

Ánchel Belmonte Ribas, autor del texto y fotos de este reportaje, es coordinador científico del Geoparque Mundial de la UNESCO Sobrarbe-Pirineos





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