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Aquí hay ciencia

“Es un tío”. ¿Se puede (y se debe) determinar el sexo de las deportistas?

Desde 1968 hasta el 2000, las mujeres que participaban en competiciones deportivas tenían que someterse de forma obligatoria a tests genéticos para probar su 'feminidad'. Las pruebas de verificación de sexo han causado mucho sufrimiento a multitud de atletas.

Miquel Tusón 09/09/2016 a las 06:00
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Simone Biles, compitiendo en Río.EFE / EPA

Más de uno se quedó boquiabierto con las gestas de la gimnasta estadounidense Simone Biles en los Juegos Olímpicos de Río, donde se coronó en la cima de la gimnasia artística con cuatro medallas de oro y una de bronce. Gervasio Deferr, gimnasta español, llegó incluso a afirmar, en declaraciones a La Vanguardia, que Biles “es un tío”. Preguntado a qué se refería, Deferr intentó puntualizar sus palabras: “Cuando digo que es un tío, me refiero a sus características. A su potencia. Es un cañón”.

Más allá del prejuicio de considerar que los éxitos de Biles se deben a unas supuestas características 'masculinas' y no a cualidades individuales (que nada tienen que ver con el sexo) tales como el esfuerzo y la constancia en el entrenamiento, o la tenacidad y la concentración en la ejecución de las pruebas, en el pasado, el sexo biológico de algunas atletas ha sido puesto en tela de juicio. Aunque parezca mentira, desde 1968 hasta el 2000, las mujeres que participaban en competiciones deportivas tenían que someterse de forma obligatoria a tests genéticos para probar su 'feminidad'.

Las primeras 'verificaciones' obligatorias se introdujeron en julio de 1950, un mes antes de los Europeos de Bélgica. Las atletas tenían que desnudarse y someterse a un examen médico. Algunas se negaron, como la velocista holandesa Foekje Dillema, que fue expulsada de su selección y no volvió a competir jamás. En plena Guerra Fría, las verificaciones directas se realizaron de forma sistemática en los Europeos de 1966 en Budapest, frente a las sospechas sobre el sexo de varias de las mejores atletas del bloque soviético. Quizás como consecuencia, algunas de ellas no participaron en los campeonatos.

En los Juegos Olímpicos de México, en 1968, se introdujo por primera vez un test citogenético, a partir de un frotis bucal, basado en la detección del fenómeno de inactivación del cromosoma X (la condensación de uno de los dos cromosomas sexuales X, presentes en las mujeres). Aunque pueda parecer que esto suponía una menor intromisión en la intimidad de las deportistas, el test no estaba exento de problemas. Mediante él se vetó la participación en competiciones deportivas de varias mujeres. La primera de ellas, un año antes, fue la corredora polaca y tres veces recordwoman mundial Ewa Kłobukowska.

Este fue el caso también de la española María José Martínez Patiño que, en 1985, no pudo competir en la Universiada de Kobe al no superar el test. Su entrenador le aconsejó que fingiera una lesión para evitar las sospechas. La repetición del test, mediante un análisis cariotípico más sofisticado, no llegaría hasta dos meses después: los resultados indicaron que el cariotipo de la atleta era 46, XY (el que habitualmente caracteriza a los hombres). Martínez Patiño presentaba el síndrome de insensibilidad a los andrógenos (SIA): una condición en la que las células no responden, total o parcialmente, a las hormonas sexuales masculinas, como la testosterona, y en la que, por consiguiente, se bloquea la masculinización de los genitales durante el desarrollo fetal y el desarrollo de los caracteres sexuales secundarios en la pubertad. Las personas con SIA tienen cuerpo de mujer, pero carecen de matriz y de ovarios.

Aunque Martínez Patiño era una mujer, siguieron más sugerencias para que simulara una lesión y se retirara progresivamente, pero ella se negó. Participó en el Campeonato de España de Atletismo de 1986 y quedó primera en 60 metros vallas. Después de su victoria, su historia fue filtrada a la prensa. Como consecuencia fue descalificada y sus marcas fueron eliminadas; perdió amigos y pareja. Aun así, luchó para que se revisara su caso y, finalmente, en 1988 fue la primera atleta recalificada como mujer para participar en competición. Entre los apoyos que recibió se encontraba el del genetista finlandés Albert de la Chapelle que, en un artículo en 'JAMA' ese mismo año, había afirmado que la prueba era “inexacta y discriminatoria”. Por un lado, daba negativo en atletas que eran indiscutiblemente mujeres, pero con insensibilidad a los andrógenos. Por otro lado, paradójicamente, podía dar falsos positivos en hombres con el síndrome de Klinefelter (que presentan un cariotipo XXY) u hombres XX que contenían el gen SRY, presente normalmente en el cromosoma Y, y responsable de la iniciación de la determinación del sexo masculino en el embrión humano.

Los esfuerzos de Albert de la Chapelle y otros llevaron a la Asociación Internacional de Federaciones de Atletismo (IAAF) a suprimir, en 1992, la realización sistemática de test genéticos para verificar el sexo de las atletas. Algunas instancias, como el Comité Olímpico Internacional (COI), habían sustituido las pruebas citogenéticas por un test basado en la detección del gen SRY (iniciada en 1992 con los Juegos de Invierno de Albertville). En Atlanta 1996, ocho de las 3.387 participantes dieron positivo. Después de verificarse que eran mujeres con insensibilidad total o parcial a los andrógenos, pudieron competir. Finalmente, el COI suprimió las pruebas sistemáticas en 1999. Actualmente, los test son obligatorios únicamente en el caso que el sexo de la atleta sea puesto en duda por sus competidoras.

Curiosamente, en treinta años, estas prácticas nunca desenmascararon un hombre que pretendiese competir como mujer, pero sí que han servido para dañar la privacidad, el honor y la autoestima de muchas atletas. En algunas instancias nacionales e internacionales los test se siguieron manteniendo y siguen causando daño. Es el caso de la corredora india Shanti Soundarajan, plata en los 800 metros en los Juegos Asiáticos de 2006, en Doha, Qatar, que se intentó suicidar un año después de dar positivo en el test de SRY, y de que el jefe médico del Comité Olímpico Indio afirmara erróneamente que su sexo “no era femenino sino masculino”. O el de la velocista sudafricana Caster Semenya: después de su victoria en los 800 m en los Mundiales de 2009 se filtró que la IAAF tenía sospechas sobre su sexo. A Semenya se la sometió al escrutinio público hasta que, en julio de 2010, la IAAF dictaminó que podía volver a competir.

Aunque no hay evidencia de que el hiperandrogenismo (altos niveles de testosterona endógena) en las mujeres deportistas de élite confiera una ventaja en el deporte, después del caso de Semenya, la IAAF introdujo en 2011 un test de testosterona y una nueva normativa según la cual las mujeres con niveles elevados (según criterios arbitrarios) no podían competir a menos que se sometieran a una intervención, para reducirlos, de tipo farmacéutico o quirúrgico (eliminando los testículos no descendidos presentes en la cavidad abdominal). Esta normativa ha sido contestada en el Tribunal de Arbitraje Deportivo (TAS) por otra atleta injustamente testada y perjudicada, la india Dutee Chand. Finalmente, en julio de 2015, el TAS dictaminó que la ventaja que los niveles altos de testosterona endógena pueden aportar no es más significativa que la derivada de las numerosas variables que afectan al rendimiento deportivo, como la nutrición, el acceso a instalaciones de entrenamiento especializadas u otras variaciones genéticas y biológicas. También se consideró que el requerimiento de intervenciones farmacológicas o quirúrgicas para competir era injustificadamente discriminatorio y se obligó a la IAAF a suspender la normativa sobre hiperandrogenismo.

Después de la decisión del TAS aún hay quien, en contra de la ética y de la evidencia científica, aboga por la reintroducción de las pruebas de verificación de sexo, que tanto sufrimiento han causado a multitud de atletas en el último medio siglo. ¿Por qué los éxitos de los hombres son celebrados y los de las mujeres son puestos en tela de juicio? ¿No podemos, simplemente, disfrutar del fantástico espectáculo de ver competir a atletas excepcionales como Simone Biles?







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