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El reflejo de buceo: nuestro recuerdo del agua

Así funciona este nexo común -aunque debilitado- que mantenemos con otros mamíferos marinos.

Jesús Méndez Actualizada 02/08/2017 a las 09:26
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Un buzo en las profundidades del océano.Pixabay

A poco que al agua esté fría, cada vez que se lanza a una piscina o entra en el mar un reflejo ancestral se activa para protegerle. No tiene que hacer nada más que sumergirse o echarse agua a la cara y la evolución actuará por usted sin que apenas lo perciba. Sin que quizás nunca lo haya notado.

Es el llamado reflejo de buceo o de inmersión, una suerte de nexo común ­­—aunque debilitado— que mantenemos con otros mamíferos marinos como las focas o los delfines. O con aves como los pingüinos. Un recuerdo del origen de la vida en los océanos. Una reacción que permite aguantar más tiempo del teórico bajo el agua, que trata de protegernos del ahogamiento. Así funciona:

  • Lo primero: el agua debe estar en principio por debajo de 21 °C, aunque cuanto más baja sea la temperatura mayor será el efecto. Y debe actuar sobre la cara: ninguna otra zona del cuerpo sirve. Esto es así porque la señal que la percibe y lo desencadena depende en un principio del nervio trigémino, un nervio con varias ramas que se distribuyen por toda la cara pero exclusivamente por ella. Además, parte de los efectos parecen potenciarse también por la apnea, la suspensión de la respiración.

Y esto es lo que produce:

  • Bradicardia, o disminución de la frecuencia cardiaca. Para reducir el consumo de oxígeno, el número de latidos por minuto baja entre un 10 y un 25%, según la persona y la temperatura. En algunos casos en que se hizo el experimento con agua helada, la frecuencia disminuyó hasta los 15 e incluso hasta los 5 latidos por minuto (lo normal es que sea superior a 60).
  • Vasoconstricción periférica, o redistribución de la sangre hacia el cerebro y el corazón: el reflejo cierra capilares sanguíneos selectivamente mientras que mantiene abiertos los de los principales órganos vitales. Así contribuye a minimizar el daño y aumentar la supervivencia en caso de falta de oxígeno. Lo hace principalmente por liberación de adrenalina, lo que podría explicar la “sensación de despertar” que nos produce lavarnos la cara con agua fría.
  • Introduce plasma sanguíneo dentro de los pulmones: de una forma más mecánica, cuando se bucea a bajas profundidades parte de la sangre se introduce en los alveolos pulmonares. De esta forma se protegen al aumentar la resistencia contra la presión.
  • El bazo se contrae. El bazo es un órgano situado por detrás y a la izquierda del estómago que funciona, en parte, como reserva de glóbulos blancos y rojos. La contracción provocada por el reflejo libera parte de estos hacia la sangre, aumentando la capacidad de transportar oxígeno. Y la ventaja no es poca: aumenta temporalmente el hematocrito en aproximadamente un 6% y la hemoglobina en un 3%. En sujetos entrenados como las Ama, unas buceadoras japonesas y coreanas que se dedican a la captura de perlas, los aumentos son de alrededor del 10% (no muy lejos de lo que sucede en las focas).

Todo ello, y mucho entrenamiento, ha ayudado a que haya quien aguante más de 10 minutos sin respirar bajo el aguaincluso más de 24 con ventilación previa!), que se haya conseguido bajar sin botella de oxígeno hasta los 294 metros de profundidad. Que todavía haya poblaciones vinculadas al buceo y al mar, como las Ama o también los bajau, una población de las islas filipinas dedicada a la pesca submarina. Pueblos que pasan diariamente unas 8 horas en el agua bajando entre 150 y 250 veces hasta los 20 metros de profundidad.

Que han aprovechado un recurso ancestral pero parcialmente conservado.

Uno de tantos reflejos. Porque no solo está el típico reflejo rotuliano por el que extendemos la pierna cuando el médico nos golpea levemente en la rodilla con su martillo. Hay innumerables: está el pupilar o fotomotor, que contrae la pupila ante la luz; el estapedial, por el que se contrae el estribo y el oído se protege ante ruidos demasiado fuertes; el óculo-cardiaco o de Aschner, que de forma parecida al de buceo enlentece el corazón cuando presionamos los ojos.

Están los que tuvimos al nacer y perdimos: el de succión, que nos permite alimentarnos en un principio; el de apnea, por el que los bebés cierran la glotis al contacto con el agua para evitar que puedan tragarla; el de prensión palmar, por el cual cierran la mano cuando pasamos un objeto por sus palmas, el que nos acerca a ellos al hacernos pensar que se agarran conscientemente a nuestros dedos.  Un reflejo, el de prensión, que en realidad parece un vestigio de los primates en los que las crías se agarran con fuerza al pelo de sus madres cuando estas les transportan. Que desaparece, como muchos de ellos, a los pocos meses. Que de no hacerlo puede indicar un problema. Que pueden reaparecer cuando hay algún tipo de daño cerebral, como cuando progresa una demencia. Que de alguna manera indican un regreso en el tiempo.

Como el de buceo. Un regreso, en este caso, a un lejano origen.

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