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Aquí hay ciencia

Mascarillas, virus, viajes y dudas

Miquel Tusón 10/08/2016 a las 06:00
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Las mascarillas se usan hoy más allá del entorno médico.Amio Cajander

La generalización, en las últimas décadas, de los viajes en avión ha hecho que cada vez más personas de todo el mundo utilicen un medio de transporte que nos permite llegar al otro extremo del planeta en menos de un día de viaje. Turistas de todas partes del mundo visitarán nuestro país este verano para pasar unos días de vacaciones. Y centenares de miles de españoles lo harán en destinos de lo más variopinto. Allí donde vayamos o de regreso a casa, podríamos traer con nosotros a compañeros de viaje inadvertidos: virus, bacterias u otros patógenos transportados largas distancias, de forma rápida, mediante el avión. Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades de los Estados Unidos disponen de una guía que proporciona a la tripulación de cabina métodos prácticos para proteger a los pasajeros y a los miembros de la tripulación cuando se detecte alguien con una posible enfermedad contagiosa.

En los últimos años también han empezado a aparecer en nuestros aeropuertos turistas asiáticos con mascarillas quirúrgicas que les tapan nariz y boca. Podríamos pensar que, tal vez sensibilizados por los brotes del virus SARS o de la gripe aviar de las últimas décadas, estos viajantes asiáticos intentan protegerse de la hipotética transmisión de algún patógeno en el entorno cerrado de la cabina del avión o entre la multitud de gente en la terminal del aeropuerto.

Los asiáticos no llevan las mascarillas (conocidas también como barbijos o cubrebocas) únicamente dentro de los aviones y, en Japón, por ejemplo, es frecuente encontrarse un sinfín de personas que las usan a diario en sus desplazamientos en transporte público por las grandes ciudades e incluso en su lugar de trabajo. ¿Por qué este llamativo uso social de las mascarillas más allá del entorno médico? ¿Existe un temor generalizado a las pandemias exclusivo de los países asiáticos?

Parece que la relación de amor de los japoneses con las mascarillas quirúrgicas podría tener su origen remoto en la gran epidemia de gripe de 1918-1920, la conocida como gripe española, que afectó 500 millones de personas en todo el mundo (23 millones en Japón) y mató entre 50 y 100 millones (390.000 en Japón). Cubrirse la cara con pañuelos o mascarillas para evitar la infección, aunque ineficaz, se convirtió en una costumbre, que acabaron de cimentar el gran terremoto de Kantō, de 1923, que llenó durante días el aire de humo y de cenizas de los incendios resultantes, y, en 1934, una nueva epidemia de gripe. Así, es común en Japón y un signo de cortesía, sobre todo en los meses de invierno, cubrirse la cara con una mascarilla si se padece un resfriado o un catarro para no transmitirlo al resto de personas, y no lo contrario, como podríamos pensar. Su uso también se ha extendido a la temporada primaveral entre los que padecen alergia al polen y por razones relacionadas con la creciente contaminación, especialmente en las grandes urbes de China, Corea o Malasia.

¿Pero son realmente eficaces las mascarillas? Están hechas de papel o de algún otro material no tejido y deben desecharse siempre una vez utilizadas. Su función en el entorno sanitario es la de proteger a quien las lleva de ser salpicado en la boca y la nariz por fluidos corporales de los pacientes y recordarle también que no debe tocarse la boca o la nariz con las manos si estas han estado en contacto con una superficie potencialmente contaminada. Por lo tanto, su uso como protección a terceros sí sería indicado. Los estudios realizados indican también que, en el entorno sanitario, el uso de mascarillas podría reducir la transmisión de la gripe, pero no se ha demostrado con certeza que su uso social, especialmente en espacios abiertos, sea efectivo. Aun así, en 2009, la Organización Mundial de la Salud, ante la aparición de brotes de gripe A, tampoco descartaba su uso en casa o cerca de personas que presentasen síntomas gripales, siempre que este fuera correcto y que se adoptasen también otras medidas de carácter general para evitar la transmisión de la gripe.

Más allá de la salud respiratoria, en Japón el uso de mascarillas se ha convertido en todo un fenómeno social e incluso económico. Los japoneses compran mascarillas por valor de más de 200 millones de euros al año y entre sus funciones podemos citar el hecho de ocultar una cara sin maquillar, como escudo protector para los más tímidos, o como barrera para evitar interacciones no deseadas con desconocidos en los transportes públicos. Es tal la extensión de su uso, que se venden incluso estampadas con adornos o personajes populares de dibujos animados. Y hasta existe una impregnada de aroma de frambuesa, que su fabricante afirma que ayuda a perder peso. Esto último, más que afrutado, huele a aroma de pseudociencia...







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