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Pensamiento

Montaigne: el filósofo intemporal

Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores ofrece, en bilingüe, sus espléndidos ensayos

Pedro Bosqued 22/01/2015 a las 02:00
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Uno de los retratos más conocidos de Michel de Montaigne(1533-1592).

Lo normal es que se tarde menos en leer un libro que en viajar hasta el lugar donde el autor lo ha escrito. Pero si el lector se encuentra leyendo este artículo en Aragón, a ciencia cierta llegará antes a la torre donde Montaigne escribió sus ‘Ensayos’ que acabar de leerlos. Podría, en principio, desalentar a hincarle el diente al libro, pero si se es un mínimo sagaz, sabrá que lo normal no es encerrarse en una torre en la Dordoña -en Saint Michel de Montaigne, a pocos kilómetros de Burdeos-, para redactar desde el lado más modesto; aquí sí, nada normal, su obra. Hoy se mantiene y se puede visitar el lugar donde escribía, con la máxima de Terencio inscrita en la viga de su biblioteca, visible, reconocible, incitadora y compromiso de voluntad discreta. "Homo sum, humani nihil a me alienum puto", es decir, "Hombre soy y nada humano me es ajeno".

A raíz de ese nada humano me es ajeno, escribe sin pausa, con denuedo, pulso y buena caligrafía e innumerables correcciones y comentarios a posteriori, todo. Todo, porque nada le resulta ajeno, es ahí donde anida su modestia, en la capacidad para ponerse en la piel de quién le circunda, de quién se habla en los no normales libros que ha leído o de quién ha conocido en la Roma que lo nombró hijo adoptivo antes de aceptar la alcaldía de Burdeos, o de quién pensó en nombrar a un hombre justo y se encontró con uno de los más cuerdos que en las letras ha habido.

Espléndido trabajo, como es norma en Acantilado, el de Bayod Brau que ha alcanzado la séptima edición. Encuentra ahora su complemento en la que Galaxia Gutenberg sacó en otoño del 2014. La edición bilingüe de Yagüe Bosch permite por primera vez cotejar al unísono lo escrito y corregido por Montaigne sin tener que buscar en otro lugar. A este acierto práctico, y exigente al que se arriesga el traductor al ofrecer la versión original al alimón, se suma como se indica en la introducción, el haber elegido frente a la edición póstuma [EP] en la que el autor nada podía retocar, la edición de Burdeos [EB] que el propio Montaigne corregía y aumentaba. De esta forma nos encontramos en la EB un texto más fresco de lo que era de esperar en la EP. No es baladí, pues si alguna idea reitera Montaigne en sus líneas es la de buscar que su texto ayude al lector. ¿Cómo? De la forma que cree más honesta, hablando de él, desde su yo para acabar siendo universal y alumbrar al lector en el camino de su vida.

Michel de Montaigne escoge con su último lugar en la Gironde, como luego harían en sus cabañas de retiro temporal, Heidegger o Wittgenstein, el lugar donde poder escribir sin distracciones involuntarias.
Trabaja sin descanso ni hartazgo para terminar dejando un texto que respira siempre, insufla las más de las veces y libera de pesares por sorpresa. Puede acompañar en cualquier mesilla de noche sin que el lector se olvide de él ni sus Ensayos aunque se levante cariacontecido. Libro mundo como podría ser ‘Memorias de ultratumba’ de Chateaubriand, ‘Vida de Samuel Johnson’ de James Boswell o ‘Tristam Shandy’ de Laurence Sterne que tan acertadamente tradujera Javier Marías, sin embargo los ‘Ensayos’ de Montaigne son raíz de los otros y por ello, tienen un halo que a los otros no alcanza.


El riesgo de ser pionero en el empeño extenuante, el retiro absoluto desde el que los generó para dejar ahí -en el apacible y bucólico paisaje, como define el escritor chileno Jorge Edwards en ‘La muerte de Montaigne’ (Tusquets)-, el sello que aunque pasen una gavilla de siglos seguirá alumbrando a la conducta humana que demuestra que ya pueden pasar manadas de siglos que siempre está presta a descarrilar. Por eso no se apure el lector que ni aún yendo al ritmo del Canfranero se le acabará la lectura. Pues este es libro vital, al margen de capital, por lo que encierra por todos los tiempos, o porque no tiene tiempo.


Porque si algo tiene este libro, y que ahora Javier Yagüe, con las precisas notas que jalonan el texto francés establecido por André Tournon, al escoger la EB ha logrado, es que se pueda resumir todo en una palabra. Puede que no sea precisa, pero es valiosa. Llamémosle, sustento.







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