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A fondo

"Promocionarse exige salir"

Cada vez son más las multinacionales que apuestan por la movilidad internacional de sus directivos y técnicos. BSH Electrodomésticos España o Schindler son ejemplos de esta práctica que para los expatriados –los que se marchan a trabajar fuera por tres o cinco años– supone una vía de enriquecimiento profesional y personal y de promoción interna, ya que estrecha los lazos de pertenencia a una determinada cultura de empresa.

M. Llorente 21/01/2015 a las 02:00
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Expatriados de BSH, en Zaragoza por Navidad: Jesús Romeo, que trabaja en Múnich; Isabel Oses, en París, y Juan Franco, en San Petersburgo.Daniel Salvador

El mundo es cada vez más global y los negocios también. "Hoy en día si te quieres promocionar dentro de una multinacional tienes que salir. No queda otra", asegura Sara Bendito, abogada del despacho Cuatrecasas en Zaragoza. "Es cada vez mayor el número de empresas que nos piden asesoramiento para mandar a directivos y a sus técnicos a trabajar fuera", añade. Si a comienzos de la década, en el año 2000, "los ejecutivos se iban a países como Emiratos Árabes por el plus salarial que representaba, desde que empezó la crisis se marchan no tanto por el incremento en la nómina sino por la oportunidad de ascenso que supone", apunta. Los destinos más frecuentes están en Europa (Alemania, Francia, Polonia) así como en el norte de África (Marruecos y Argelia para el sector de la automoción), China y Sudamérica (Brasil, Perú, Chile o Colombia).

Es la cuestión mercantil –el tipo de contratos que tienen que suscribir y el hecho de que sus empleados puedan seguir cotizando en España–, lo que más preocupa a las empresas, según la letrada de Cuatrecasas: "Es muy importante comunicar a la Seguridad Social que el trabajador se va ya sea para unos meses o varios años porque hay convenios internacionales con bastantes países que te permiten mantener la cotización, por eso hay que avisarlo". "La expatriación es siempre más fácil que la repatriación", reconoce, ya que es difícil que la multinacional pueda guardar el mismo puesto de trabajo tres o cinco años después.

No obstante, el expatriado cuando decide irse en lo que menos piensa es en volver. Isabel Oses, trabajadora de BSH desde 2002, con estudios de Empresariales y especializada en marquetin, lleva un año y siete meses en París en calidad de directora de Comunicación. "Llevaba tiempo pensando en tener una experiencia profesional en el extranjero y llegó un momento en BSH que buscaban un perfil muy parecido al mío y me lo propusieron. Así que me decidí. Me fui sola y la principal pega fue no hablar francés. Me di seis meses para aprenderlo y mientras tanto los compañeros se esforzaron por hablar en inglés", relata. Ahora, visto con cierta retrospectiva, asegura que "es una superexperiencia a nivel profesional muy enriquecedora; claro que hay momentos muy duros que te irías a casa, pero lo que aprendes no tiene precio". Además, dice, "la empresa me ayudó muchísimo tanto en la búsqueda de la vivienda en París como en la firma del contrato y a la hora de abrir una cuenta bancaria, que no es tan fácil cuando estas en el extranjero".

El ingeniero industrial Jesús Romeo, también expatriado por BSH hace dos años, trabaja desde 2012 en la central de esta multinacional en Múnich. "Llegué entonces para apoyar a un responsable del departamento de compras que estaba enfermo. Fui para tres meses, pero se fue alargando y me ofrecieron quedarme. Ahora dirijo el equipo de compras del grupo en acero inoxidable", señala. En su caso, ya tenía experiencia previa en el extranjero porque a los 29 años ya lo enviaron a trabajar a Baviera, pero la experiencia actual ha sido muy distinta. "Entonces me fui solo y ahora estoy casado y con dos hijos. Tras llevar tres años peleándome con el alemán, la decisión más difícil fue traerme a la familia, pero todo ha ido bien: mi principal preocupación, la integración de mis dos hijos de 4 y 8 años ha ido perfecta, los niños son muy flexibles, y mi mujer, que tuvo que dejar su trabajo de profesora para venirse, se lo ha tomado como un reto profesional", señala.

En cuanto a las diferencias en el modo de trabajar, Romeo echa de menos "el ambiente tan familiar de la planta en Zaragoza frente a la seriedad que domina la central alemana de BSH, donde hablamos de muchos millones y toneladas y en la que una decisión mal tomada puede tener graves repercusiones". En ese sentido, para dejar atrás tanta tensión, le gustaría en ocasiones volver a Zaragoza. Pese a lo que se diga de la productividad de los españoles, "la planta de BSH en la capital aragonesa está muy bien valorada, es una de las que mejor funciona sobre todo a raíz de la crisis, años en los que se ha trabajado el doble y muy bien".

Otro expatriado de BSH, Juan Franco, que cursó Administración y Dirección de Empresas, asegura "sentirse enganchado a la movilidad internacional". Es la tercera vez, trabajando para esta multinacional, que se marcha fuera. "Primero se fue a Fráncfort un año a aprender alemán; después en 2006 se volvió a ir para trabajar tres años en la fábrica de BSH en Berlín; y ahora, tras llevar cinco años en la capital aragonesa, la compañía le planteó en julio de 2014 elegir entre Marruecos o San Petersburgo (Rusia) y se decantó por este segundo destino. "Llevo varios meses allí, desde septiembre, y con el nuevo año me llevaré a mi mujer, que es de Taiwan, y mi hijo recién nacido. He buscado un piso en condiciones y espero que puedan adaptarse. A veces no es fácil. A mí se me hace muy duros pocas horas de luz. Amanece a las 10 y a las 15 horas ya es de noche y el carácter ruso no es fácil", cuenta. Trabaja en el departamento de compras con un alemán, dos turcos y un polaco. "Hablamos casi siempre en inglés y en cuanto a la forma de trabajar, hay algunos rusos muy buenos pero hay que estar muy encima de ellos y necesitas tiempo para que confíen en ti". Pese a estar acostumbrado a vivir en el extranjero, Juan Franco confiesa que Rusia es otro mundo, pero acepta el desafío. "No me gusta lo aburrido, así que profesionalmente esta va a ser una gran experiencia.
Lo mejor que me ha aportado BSH es conocer que hay más vida fuera de España. Me quedan dos años y medio por delante y después no sé donde estaré. Mi sueño era ir a China por conocer más a fondo el país de mi mujer".

Sobre su futuro, el ingeniero Jesús Romeo admite que le gustaría volver a Zaragoza, aunque "nunca sabes si vas a seguir moviéndote; está claro que todo lo que vale la pena cuesta un esfuerzo y que es una experiencia que te cambia a nivel personal y profesional".

"La incertidumbre de dónde vas a vivir los próximos años se convierte en parte de tu vida", añade Isabel Oses. "Me queda año y medio de trabajar en París. La verdad es que ahora estoy contenta. Podría quedarme más tiempo, hasta cinco años, aunque mi objetivo primero es volver a casa", apunta.

Un esfuerzo que vale la pena

"Desde luego, no encuentras voluntarios para marcharse a trabajar al extranjero", asegura Juan Carlos Fernández, director de Recursos Humanos de Schindler, empresa que utiliza no la figura del expatriado al uso sino la del montador que está fuera entre cinco o seis meses. Desde que empezó la crisis, como en España apenas había trabajo, la empresa empezó a enviar a sus técnicos fuera para la instalación y mantenimiento de obras en Europa, Sudamérica y Asia. "Los ascensores del aeropuerto de Nueva Delhi los han montado profesionales españoles, en 2014 salieron al extranjero unos 70. Este año, espero que menos", dice. "All principio de esta práctica, en 2012, costó convencerles, ahora se han acostumbrado: saben que es una situación coyuntural", dice. Además, añade, van con toda la infraestructura solucionada y con un equipo. "El supervisor sí habla idiomas y les despeja bastante el camino. Entiendo que a nivel personal tiene su precio, pero también su recompensa en valía profesional y gratificación por parte de la empresa", concluye.







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