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Opinión

Martín de Riquer o el tesoro de saber

Construyó una carrera impresionante, llena de hitos: su labor de recuperación, edición y análisis de textos y su rastreo de las existencias de los poetas es impresionante. Su bibliografía es casi inacabable.

Antón Castro. Zaragoza Actualizada 18/09/2013 a las 13:19
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El filólogo Martín de Riquer

Martín de Riquer (Barcelona, 1914-2013) se divirtió estudiando, investigando, escribiendo y dando clases. Decía que eso, en el fondo, para él no había sido un trabajo exactamente sino un placer. A veces estaban tan obsesionado por ahondar en un tema, por esclarecer la vida de un trovador o por intentar discernir si el ‘apócrifo’ Avellaneda era o no Jerónimo de Pasamonte, el soldado de Ibdes, que se le hacía larga la comida. En realidad, este hombre de letras, este humanista que acumulaba saberes y paseos por la literatura y la historia, era un lector insaciable. Estuvo fascinado por la palabra, por la música y, por decirlo así, por las vidas ocultas de los libros, de los documentos. Cuando era muy pequeño, se quedó huérfano de padre muy pronto, descubrió en la colección Araluce aquella serie de ‘Los clásicos al alcance de los niños’, que fue un inolvidable regalo de Reyes. Frecuentaba la Biblioteca de Cataluña y pronto estableció una importante amistad con escritores e intelectuales como Ignacio Agustí –el autor de ‘La saga de los Rius’, a quien le acaba de dedicar una biografía Sergi Doria-, Joan Teixidor o el poeta Salvador Espriu. Al parecer, tal como han contado Cristina Gatell y Gloria Soler, en la biografía que le dedicaron en RBA en 2008, tenía una abuela que solía gobernar sus campos con un ejemplar de ‘Geórgicas’ de Virgilio en el bolsillo de la falda. 

Inicialmente, en la Guerra Civil, combatió con el ejército republicano (trabajó en salvamento de archivos de la Generalitat), pero no tardaría en cambiarse de bando, en concreto en octubre de 1937. “Me resultaba indignante el asesinato de algunos amigos y luego estaba una cierta afinidad con los ideales religiosos y el de orden del otro bando (...) Si había que combatir, prefería el otro lado”. Así se lo dijo a Jordi Llovet en 2008. Estuvo en el Tercio de Requetés de Nuestra Señora de Montserrat, combatió en la batalla del Ebro en 1938 y al parecer llevó un diario: ‘Mi campaña’. Finalmente pasó a Propaganda y recorrió varias emisoras; en una de ellas, fue herido en el brazo derecho.

Estuvo vinculado a Falange en los primeros años de la posguerra. Se licenció en 1941 y logró un puesto de profesor en la Universidad de Barcelona. En 1950 ganó la plaza de catedrático. La enseñanza le ha apasionado siempre y deja grandes y conocidos discípulos. A partir de entonces construyó una carrera impresionante, llena de hitos: se especializaría en Miguel de Cervantes y ‘El Quijote’, al que editaría en muchas ocasiones –alguna vez recordó que descubrió una edición gigante, de muy joven, que le obligaba a leerla tendido, y siempre ha dicho que la segunda parte es mejor, que aborda los temas claves de España-, también editó ‘El Quijote de Avellaneda’ –en su libro ‘Cervantes, Passamonte y Avellaneda’ (Sirmio, 1988), explicaría su teoría de que Avellaneda es el seudónimo del soldado aragonés Jerónimo de Pasamonte, enemigo de Cervantes-, pero también editó ‘Amadís de Gaula’ y ‘Tirant Lo Blanc’. En 1967 hacía una síntesis de sus estudios de este asunto en ‘Caballeros andantes españoles’.

Junto a todos estos estudios, está su gran trabajo sobre ‘Los trovadores’, que apareció por primera vez como ‘La lírica de los trovadores’ (CSIC, 1947) y que ha conocido diversas ediciones y ampliaciones en Planeta, Ariel y Acantilado. Su labor de recuperación, edición y análisis de textos y su rastreo de las existencias de los poetas es impresionante. Su bibliografía es casi inacabable: firmó una ‘Historia de la literatura catalana’. Es un experto en autores como Ausiàs March, Joanot Martorell, Ramon Llull, Jacinto Verdaguer o el trovador Cerverí de Girona, a quienes ha publicado. Con José María Valverde, redactó una ambiciosa ‘Historia de la literatura universal’, que ha sido reeditada muchas veces. Sus estudios cervantinos se compendian en ‘Para leer a Cervantes’ (Acantilado, 2003) y uno de sus últimos trabajos, impresionante, lo firmó en colaboración con su hijo Borja de Riquer: ‘Reportajes de la historia’ (El Acantilado, 2010): toda una historia de la humanidad a través de sus personajes más directos, desde Jesucristo hasta el presidente Bush.

Apasionado de la novela policíaca y viudo de la mujer de su vida, Ysabel Permanyer (se enamoraron cuando ella quería saber el auténtico nombre de la Reina de Saba y se casaron en 1941), ostenta un sinfín de honores: fue profesor del Rey, ingresó en la Real Academia Española en 1965, fue senador real “sin vocación” y en el año 2000 fue distinguido con el Premio Nacional de las Letras Españolas, que recibió al año siguiente en la Lonja de Zaragoza. Pronunció un discurso apasionado e idóneo y recordó la huella de Aragón el Quijote.

En estos tiempos convulsos de tensión independentista, Martín de Riquer pedía que lo llamasen Martín cuando se escribía su nombre en castellano y Martí si se hacía en catalán. Era un catalanista cultural más que un catalanista político. Era tan vitalista y, en el fondo, tan hedonista que creía que “lo principal es el entusiasmo”. En las clases, en el estudio, en la divulgación y en el arte de vivir.







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