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Premio Cervantes

Un Cervantes catalán

Eduardo Mendoza, cervantino hasta la médula, y su humor ya son Premio Cervantes. Acierto del Ministerio en la adjudicación de la contrata. En España no siempre entendemos el humor y casi nunca a los humoristas.

Víctor M. Serrano Entío. 02/12/2016 a las 06:00
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Eduardo Mendoza y su humor ya son Premio Cervantes. Acierto del Ministerio en la adjudicación de la contrata. En Mendoza hay mucho de humor y neopicaresca española. Los personajes pícaros de Mendoza son los pícaros que quieren vivir de Barcelona, por mucho o por poco que les pueda ofrecer la ciudad. Eduardo Mendoza enlaza el humor con la calle, en la más vieja tradición. Su quijotismo tiene mucho de caballería trotando sobre el urbanismo de Barcelona y de picaresca de barrio marginal. Que el mayor galardón de las letras españolas lleve el nombre de Cervantes le va bien al premiado, porque es cervantino hasta la médula. Cae simpático, pero como siga en la senda del éxito y de los premios ministeriales pronto saldrá algún odiador con sentencia judicial en contra y sillón en la Academia.

Eduardo Mendoza tiene muchos amigos, lo cual no sirve absolutamente para nada. Miguel Mihura decía que los amigos no te matan pero tampoco hacen nada por evitar que te maten otros. Mendoza y su literatura han sabido resistirse al irresistible encanto del tormento y el drama, a la imagen marmórea, desgarrada e icónica del escritor amargado en alcohol y mil tormentos. El humor en Mendoza parece simple, natural, sin ese halo de lejanía a medio camino entre el ser despistado y el ser místico que envolvía a Mihura o a Jardiel Poncela. El humor es una situación límite del alma, un desengancharse de la realidad para deformarla y un reírse del desencanto para encantarse. Mendoza, anglófilo pero no angloaburrido, hace humorismo –aunque no solo– y tal vez lo novedoso está en que parece feliz, como la mayoría de sus penitentes personajes, felices hasta en la desesperación como feliz era el atormentado Don Quijote en su locura o Sancho es su desesperada inteligencia doméstica. Expresar lo feliz que es uno es pura pornografía en España.

España es un país sin humor repleto de humoristas. Nos reímos muy poco de nosotros mismos y sin introspección no hay crítica ni ácidos de los que extraer humor. En España el humor siempre se hace contra alguien pero nunca contra uno mismo. Somos un país ingenioso y de ingeniosos francotiradores. Esta semana, sin ir más lejos, Arnaldo Otegui quería coger un avión, de donde se deduce la enorme expansión de la aviación civil, al alcance de cualquier intelecto. Otegui es un humorista que va a rendir honores a Fidel para que todo el mundo sepa que el finado Castro escondía y financiaba al terrorismo internacional. La casualidad y la indiscreción siempre han estado muy reñidas con el crimen. Los estadounidenses no le dejan sobrevolar. Los estadounidenses han hecho del zootipo de Arnaldo un botafumeiro que expele los inciensos del terrorismo internacional y que no conviene poner a sobrevolar. Aquí, también con humor, los que claman en domingo contra Mercadona le llaman ‘hombre de paz’.

No siempre entendemos el humor y casi nunca a los humoristas. Estos días se ha criticado mucho a un cineasta que justo cuando rodaba una película titulada “La Reina de España” y hacía humor español, pasaba de España, no se sentía español, decía, ni por un minuto de su vida. Humor. Ahora hay gente que incumpliendo la obligación de atender en taquilla a las subvenciones ministeriales no va a verle por aquello. Más humor. Lo que me recuerda que en ‘La aventura del tocador de señoras’ alguien descerraja un tiro contra el famoso protagonista, detective español al que Mendoza no da nombre y que se mueve por los ambientes de la Transición y la marginalidad. Tras salvarse estando apunto de morir, el detective aclara: "Lo único que puedo asegurar es que en ninguna ocasión, ni siquiera en los más críticos bretes, he visto, conforme suele contarse, pasar ante mí mi vida entera como si fuera una película, lo que siempre es un alivio, porque bastante malo es de por sí morirse para encima morirse viendo cine español". Eduardo Mendoza es un barcelonés de Londres que escribe en castellano para que fácilmente se le entienda todo. Lo raro, así, es triunfar en España. Enhorabuena a premio y premiado.







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