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Entrevista

Leonardo Cano: "El sistema judicial español da para varias novelas"

El escritor está logrando lo que sueña cualquier autor: conquistar lectores, cosechar buenas críticas y suscitar interés.

Antón Castro Actualizada 01/04/2016 a las 21:34
Leonardo Cano publica 'La edad media', su primera novela.

Leonardo Cano (Murcia, 1977), Licenciado en Derecho y Máster en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, publica su primera novela y está logrando lo que sueña cualquier autor: conquistar lectores, cosechar buenas críticas y suscitar interés. Presenta su novela en Antígona en diálogo con el escritor, librero y gestor cultural Ángel Gracia.

-¿De dónde viene Leonardo Cano, que aparece como una exhalación, con fuerza y osadía?
De mi casa, en Murcia. De muchas lecturas en una habitación abarrotada de libros, de unos primeros poemas y relatos, de algún premio, de mucho tiempo de escritura para mí y para otros y de varias novelas en la cabeza, postergadas por trabajo y vida, hasta ahora.

-¿Qué le debe a Mario Vargas Llosa, del que tanto se habla estos días y al que tanto se cita al hablar de ‘La edad media’?

Le debo la sensación, durante los primeros años de escritura, de haber encontrado un maestro; porque, con el tiempo, uno se da cuenta de que puede sentirse así: un discípulo de alguien al que no conoce ni conocerá nunca, pero al que ha leído en sus novelas, en sus ensayos literarios y al que también ha seguido en sus conferencias con atención. Cuando le dieron el Nobel, me alegré como si se lo dieran a alguien de mi familia.

-¿Qué le pasó por la cabeza, cómo fue cristalizando esta novela, de qué ideas, imágenes y obsesiones ha partido?
Sobre todo, partí de una profunda verdad: la de las pequeñas ambiciones que todos tenemos en la vida y que, irremediablemente, acaban por verse desbaratadas. Me atraen los libros en los que el autor nos enfrenta con nuestros miedos e incertidumbres, y quería plasmar los que cualquiera puede tener a no conseguir lo que había planeado para sí mismo (o los que otros habían trazado para él).


-¿Por qué tres historias, cómo quería enlazarlas y hacer un todo?
Porque el tema necesitaba de un planteamiento complejo, de varios tiempos (el pasado en el colegio privado y elitista, el presente una vez que se ha accedido al mundo laboral y el interludio que presenta el plano de la pareja estable), y ese tríptico parecía indispensable para dotarlo de vida.

-Antes de entrar en cada una de ellas, hablemos de algo en lo que se insiste mucho al hablar de ‘La edad media’: el estilo, el lenguaje, la fuerza poética, nada convencional, el sello mismo de muchos poetas… ¿Qué buscaba, cómo ha construido su lenguaje, desde qué premisas?
En todo momento intenté buscar una consonancia entre el fondo y la forma, de tal manera que la forma en que se contaba, el narrador o el tono influyeran en la narración, le concedieran un sentido y fueran personaje y caracterización del argumento. De ahí esos tres narradores singulares y disímiles: un “nosotros” que resumiera el clasismo y el salvajismo de la época estudiantil; el punto de vista objetivo, burocrático, de la parte de la oficina judicial; y el chat de la relación sentimental a distancia.

-¿Qué sucede en un colegio tan exigente como el suyo?
Sucede que, desde luego, un colegio privado de curas no parece un “locus amoenus”, ese lugar, idealizado por libros como “Yo fui a EGB”, al que volver. En mi caso, recuerdo pasármelo muy bien, y mis mejores amigos continúan siendo los que hice entonces, pero, a todas luces, un lugar integrado por 1.500 colegiales y adolescentes constituye una pequeña sociedad, una “polis” armada con disciplina, pero que contiene también muchos defectos y transgresiones, y en la que conviene estar alerta.

-Esa primera parte también es la crónica de una amistad con música. ¿Qué significan ambas en su formación, en su manera de ver la vida?
Durante esos años 90 del 'grunge', la amistad se forjaba en torno a grupos como Pearl Jam, Nirvana o Blind Melon, como ahora puede que se haga alrededor de textos en Facebook o en Twitter, de videos en Snapchat o Periscope. Algunas canciones de entonces llegaron a emocionarnos más que la vida.

-¿Qué es más necesaria para crecer la música o la decepción? ¿Qué grupos le han marcado a usted?
Se crece a través de la derrota, pero también de los logros. Somos, imagino, el resultado de un proceso de ensayo y error a lo largo del tiempo. Los grupos que me marcaron son los de la novela y muchos otros (Led Zeppelin, The Doors, Radiohead, Bjork...). Los errores musicales en la vida sólo se pagan con olvido.

-La segunda historia tiene que ver, también, con la frustración. ¿Por qué tiene esa mirada tan crítica sobre la justicia?
El sistema judicial español da para varias novelas. Y a nadie se le escapa que es un sistema arcaico, anquilosado y al que urge modernizar y dotarlo de una gran cantidad de medios físicos, humanos y tecnológicos. A nadie, al menos, que se haya visto obligado a caer por allí.

-Desde dentro, ¿qué significa ser funcionario de justicia? ¿Es real ese modelo marcial, tan intolerante y jerárquico?
Es tan real como en cualquier otro trabajo de oficina o empresa. Si bien la posición casi endiosada de algunos jueces favorece en mayor medida ese absolutismo. Sin embargo, lo que quería contar era algo más extendido: las dinámicas de poder que se dan en cualquier trabajo entre jefes y subalternos y el sometimiento de cualquier trabajador a ellas.

-La tercera historia es una historia de amor con sordina. O con ralentí… ¿Qué ha querido probar?
Quería mostrar una relación convencional, a distancia y a través de un chat, casi de manera impúdica. Intenté que pareciese tan inquietante y obsceno como leer los mensajes de whatsapp de alguien al que le hubiéramos robado el móvil. Y que en ellos se pudiera encontrar una verdadera historia.

-No sé si ha querido hablar del distanciamiento brechtiano con el chat de fondo…
Quizás sí apelar al extrañamiento en un principio, con los primeros capítulos, para pasar a involucrar al lector en una historia de amor más parecida a cualquiera de las que todos tenemos de lo que en un principio se pudiera pensar.

-¿Cómo es el amor virtual, el amor a través de las redes? El poeta, San Juan de la Cruz, decía que “la dolencia de amor no se cura sino con la presencia y la figura”?
Y lo decía con razón. La distancia es un arma cargada de infortunio. Pocas relaciones son las que consiguen superarla e, incluso éstas, quedan señaladas de por vida.

-¿Se siente un extranjero en el mundo? ¿Iría de eso, en realidad, su novela, del extrañamiento general?
“Hoy me gusta la vida mucho menos, pero siempre me gusta vivir: ya lo decía”, aseguraba el poeta peruano César Vallejo. Y yo, como todo el mundo, también tengo mis días. La novela en verdad muestra una realidad cruda y, a veces, desalmada. Si es insólita o acostumbrada, queda deliberadamente a gusto del lector.

-¿Cómo ha influido la crisis en su novela?
De manera decisiva, seguramente. Las aspiraciones desbaratadas, los anhelos que tarde o temprano se empeñan en quedar frustrados pertenecen, seguramente, a la historia del ser humano. Pero la crisis ha venido a potenciar su devastación y a provocar en gran parte la escritura de este libro.

-¿Cómo sueña o se imagina su carrera, por dónde querría avanzar?
Sueño, como le leí a Christopher Hitchens, con llegar a poder escribir durante todo el día con la seguridad de que por la noche disfrutaré de compañía interesante. Una sólida carrera, con libros que la gente pueda recordar durante años, no me parecería tampoco una fatalidad.

-¿A qué autores españoles, jóvenes o no tan jóvenes, sigue?
En general, me interesa todo lo que se publica. Luego, por supuesto, uno tiene sus inclinaciones. Las mías van más enfocadas hacia la literatura que tiene un estilo o un lirismo intrínseco, la que cuenta con tramas y estructuras arriesgadas, con ideas inteligentes, rompedoras. De ahí que, entre los jóvenes, puede que siga con mayor atención la obra de Belén Gopegui, Alberto Olmos, Unai Elorriaga, Álvaro Colomer, Miguel Ángel Hernández, Sergio del Molino, Javier Gutiérrez o Ángel Gracia.

LA FICHA

'La edad media'. Leonardo Cano. Candaya. Barcelona, 2016. 318 páginas.







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