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Francia

Cientos de inmigrantes miran con rabia al derribo del campamento de Calais

El trabajo de las excavadora va minando paulatinamente el poblado de chabolas y las tiendas de campaña de 'la jungla'.

Efe. Calais (Francia) Actualizada 01/03/2016 a las 22:45
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Incidentes en el campo de refugiados de Calais.

Ha sido su hogar provisional en los últimos meses y, aunque sabían que no era más que un trampolín para acceder al Reino Unido, centenares de inmigrantes en Calais asistieron este martes incrédulos al segundo día de derribo del campamento francés bautizado como 'la jungla'.

El trabajo de las excavadoras y de decenas de operarios de una empresa contratada por las autoridades francesas va minando paulatinamente el poblado de chabolas y tiendas de campaña que se extiende en una explanada a las afueras de la ciudad portuaria francesa.

Es un punto estratégico para entrar en el Reino Unido, puesto que desde allí parten multitud de ferris y también el tren subterráneo que cruza el Canal de la Mancha.

Introducirse clandestinamente en uno de los camiones que de forma cotidiana hace el trayecto es el objetivo de los miles de inmigrantes que, llegados de todo el mundo, aguardan en Calais su oportunidad.
Hasta ahora, para hacerlo aguardaban en un campamento de fortuna, la 'jungla', donde el Estado y un puñado de organizaciones humanitarias instalaron algunos servicios básicos, agua corriente, reparto de comida y ciertos servicios sanitarios.


Pero las autoridades francesas, espoleadas por una sentencia que les condenó por no respetar los mínimos vitales en el campamento, anunciaron su cierre paulatino.


Y este ha empezado por el sur de 'la jungla', donde sus cálculos situaban algo menos de un millar de inmigrantes, tres veces menos que los que cuentan los organismos humanitarios.

Después de que el pasado jueves se levantaran las últimas reticencias judiciales, las excavadoras comenzaron este lunes el desmantelamiento del campamento, que prosiguió a lo largo de esta jornada.

La primera reacción de los inmigrantes fue violenta, lo que provocó en la noche del lunes al martes enfrentamientos contra las fuerzas del orden, instigados por algunos radicales, dos de los cuales fueron arrestados.

Decenas de antidisturbios fueron enviados por el Gobierno francés para evitar nuevos altercados.
El desmantelamiento del campo prosiguió este martes en medio de un impresionante cordón policial; la violencia del primer día dio paso a la impotencia de los clandestinos. Y a la rabia.

Los inmigrantes no entienden por qué Francia les priva de su precaria rutina. No saben a dónde ir y su ya incierto futuro es ahora algo más sombrío.

"La mayoría se quedan en el lugar, en tiendas cercanas (...) Pero no saben dónde dormirán, están desorientados, no creo que derribar el campo sea una buena idea", narra a Efe el monje Johannes Maertens, un hermano belga que hace cinco meses pidió bula a su congregación para instalarse en "la Jungla" y ayudar a los inmigrantes.

Como la mayor parte de las organizaciones humanitarias, el monje cree que Francia ha cometido un error de apreciación. Ha previsto un millar de plazas en centros de acogida, pero en el sur del campamento de Calais hay, según sus cálculos, más de 3.000.
La mayoría de ellos no quiere saber nada de las camas calientes que les proponen los enviados del Gobierno francés, al que critican con dureza.

Arshim, un iraní de 22 años, dibuja una cruz gamada en un papel. "Lo que está haciendo la policía es fascista, los nazis no hicieron nada así", asegura escudado en un pañuelo que cubre su rostro, mientras el motor de las excavadoras se avecina a la que ha sido durante seis meses su cabaña.

Varios miembros de su familia han sido ya desalojados y apenas retiene las lágrimas cuando ve cómo las chabolas colindantes siguen cayendo.

"En Irán nos decían que Occidente era el infierno. Yo no lo creía. Ahora no lo tengo tan claro", agrega el joven, que huyó harto "de un régimen islámico" pero no por motivos religiosos: "Yo no soy cristiano, soy humano".

A pocos metros, con los restos de algunas cabañas de madera, un nutrido grupo de clandestinos han hecho una gran hoguera con la que calentarse de las bajas temperaturas y el gélido viento del norte. Desde allí presencian el derribo de su jungla.

Han rechazado las ofertas de los enviados del Gobierno francés para ir a los refugios oficiales y algunos se encaraman a los tejados de las cabañas como último gesto de resistencia.

"Vine a buscar la libertad a Europa pero no la he encontrado", reza el cartel que sostiene uno de ellos ante la multitud de periodistas.







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