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Gastronomía
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'La cocina del inconsciente', el recetario de Sigmund Freud

Segismundo Freud fue el padre del psicoanálisis, pero no se negó al arte culinario, en parte practicándolo y  en parte describiéndolo.

Francisco Abad Alegría 26/04/2015 a las 06:00
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El psiquiatra Sigmund Freud, en una fotografía tomada en 1929.Reuters

Segismundo Freud, judío austriaco (1856-1939) comenzó su trabajo médico como neurólogo, probó los efectos anestésicos de la cocaína, a la que sucumbió como dependiente, profundizó en el estudio de la histeria con el francés Charcot y progresivamente evolucionó al campo de la psiquiatría a través del método catártico de Breuer y acabó estableciendo las bases del método psicoanalítico sobre la asociación libre y la interpretación de los sueños como sustitutos de la sugestión hipnótica. Su pretendido pansexualismo le valió la enemistad de una buena parte de la sociedad científica de su tiempo, pero globalmente sus aportaciones son cimiento de la psicoterapia, aunque ya ampliamente superada por corrientes menos reduccionistas –salvo en Argentina, claro–.

En su vida privada, además de ser trabajador infatigable, era un auténtico epicúreo, aficionado a la colección y contemplación del arte oriental y de todo tipo de lujos domésticos. La excelencia en la cocina era uno de sus campos de placer procurado, que no cultivó suficientemente, porque, como dice uno de sus editores, "la publicación de las recetas de cocina del Dr. S. Freud habría sido su máximo legado si no se hubiera distraído con sus pacientes, ansiedades y artículos profesionales"; la ironía está bastante clara.

La obra

El libro de cocina de Freud, realmente, nunca ha existido. Parece que se trataba de un trabajo en preparación, para el que no se dispone de suficiente información por parte del autor como para pensar que pretendiese editarlo como obra diferenciada concreta. Las notas sí estaban ordenadas y recogidas en el Archivo Freud, que reúne una ingente cantidad de material del profesor, y fueron sistematizadas y compiladas por James Hillman y Charles Boer, que se congratulan de que la fundación de los archivos de Freud "no hubiera considerado el manuscrito lo suficientemente importante como para haberlo guardado bajo llave, impidiendo así que se pudiera leer". La primera edición vio la luz en Inglaterra en 1985 y en España en 1988 (‘La cocina del inconsciente’, Gedisa, Barcelona).

Es muy interesante escuchar, porque nos habla al oído, las expresiones de Freud sobre la comida, no sobre la nutrición, que ya sabemos que es otra cosa: "El yo vive una vida de indigestión, una sencilla vida con sencilla comida. Por eso, la mayor parte del arte culinario se dedica a apaciguar los ataques de ansiedad y el sentimiento de culpa, desplazando el efecto controlador e inhibitorio del superyó".

Nos encontramos con la regresión en la práctica a lo más elemental del humano, el reconfortante experimento de la vida agradable que supone todo lo que se organiza alrededor de la comida, del placer primigenio de la nutrición pero con nombre y apellidos: el guiso de mi mamá, la papilla de mi abuelita, la comida con mis amigos, la cenita romántica con mi mujer, allá en Bayona de Galicia…

La comida así considerada es algo liberador; por eso nos encanta la experiencia de comer, por eso nos gusta revivir el aroma y el sabor, la ingesta de la vida en forma de amorosa entrega a las sensaciones, sin la cortapisa de lo impuesto, de la limitación de las normas. Por eso lo sencillo nos enamora y nos libera.

Pero Freud no es sencillo al escribir sus recetas. En no pocas ocasiones hace juegos de palabras con la onomástica, como Salsa Mornay de Bernheim, Kraepelin suzettes, Doble-Bleuler, Hans Sachertorte o Frinkfurters, aludiendo a personajes importantes y deformando un poquito los nombres propios de las recetas, que al fin y al cabo no son más que mornay común, crêpes Suzette, pudin de dos colores, tarta Sacher y salchichas de Frankfurt.

Otras veces se concentra en la atribución de rasgos psicológicos o mecanismos inconscientes con la ocasión de la descripción de un plato, como el lapsus linguae con salsa Madeira, la ternera neurastenia, el recuerdo encubridor, los escones erógenos, los fetuccine libido, el tarro dejá-vu, o la salsa Narciso, que son descripciones simples de productos perfectamente asequibles al lector medianamente ilustrado en las artes culinarias.

Muchas de sus recetas recogen su respeto por determinados psiquiatras y pensadores, sobre la base de fórmulas perfectamente estandarizadas, como ocurre con los cereales orgónicos de Reich, los buñuelos Ferenczi, la carne asada Breuer o el pescado Putnam a la parrilla.

También censa recetas que anotó en sus viajes por América y Europa, aunque eso ya es otro asunto, porque los dislates de Dumas al describir las cocinas españolas en su viaje del siglo XIX son pequeños al lado de las anotaciones de Freud, de los que veremos un pequeño ejemplo.

Recetas hebreas

No son pocas las recetas que recogen su ambivalente sentido hebraico. Efectivamente, judío con todas las consecuencias, sentía una vehemente repulsión por algunos aspectos del ser judío, además de vivir con nitidez la sensación de raza proscrita, antes de que el III Reich declarase la persecución, y vive el destino que siguió la judería europea en el caldo de cultivo del sionismo de Herzl desde un punto de vista psicoanalítico en su último tratado sobre ‘Moisés y la religión monoteísta’, donde da auténticos saltos lógicos para apoyar sus indemostrables tesis. Algunas de las recetas que recoge son inequívocamente judaicas, como pueblo, no como familia: así la carpa Karl Köller, el anhang, los riñones Abraham, el ‘pan milagroso de una ilusión’ o el matzel de Moisés.

Acoge en sus anotaciones comidas familiares, de tierno recuerdo, a las que pone apostillas, como las de la cena de Navidad de los Freud (de Navidad, sí), los mastelitos, la anguila macho a la cerveza, la torta anillo de Martha, el pastel de carne de Minna o los pajarillos a la Lovrana.

Y, en fin, no se priva de lanzar su ira contra algunos opositores, especialmente su antiguo discípulo Jung, además de Adler, donde el papel de 'pére menaçant o de vigilante de la ortodoxia se revela como un aspecto miserable de la personalidad del genio.

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