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Premios Goya 2012

Blackthron: sin destino, el retorno del western

En 'Blackthorn: Sin destino', Mateo Gil prolonga la leyenda en un 'western' contemporáneo con la amistad masculina incorruptible recortada sobre el crepúsculo

Josu Eguren Actualizada 15/02/2012 a las 13:46
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Cartel de 'Blackthorn'HA

En primer lugar hay que aclarar que 'Blackthorn' difícilmente habría sido posible si George Roy Hill no hubiese congelado el último plano de 'Dos hombres y un destino'. Encabalgando una elipsis sobre la instantánea que cerraba el capítulo más célebre de las aventuras de Butch Cassidy y Sundance Kid, Mateo Gil abre las posibilidades de prolongar una leyenda cincelada a partir de uno de los bloques temáticos recurrentes en los 'westerns' contemporáneos: la amistad masculina incorruptible recortada sobre el crepúsculo.

Puede que esa obsesión se la debamos a 'Sin Perdón' -aunque no habría que olvidarse del legado hawksiano, y menos aún de los 'Hombres errantes' de Nicholas Ray o de 'La noche de los gigantes' de Robert Mulligan- o puede que Mateo Gil, al igual que Andrew Dominik ('El asesinato de Jesse James a manos del cobarde Robert Ford') o Ed Harris ('Appaloosa'), no haya hecho otra cosa que subrayar el tono desencantado que es inherente a casi todos los personajes que han cabalgado sobre carreteras polvorientas y desiertos inhóspitos. En el caso de 'Blackthorn', la utilización de esa figura simbólica multiplica sus efectos cuando aparece en pantalla todo un mito viviente de la carretera para meterse en la piel de Butch Cassidy: la sola presencia de Sam Shepard invoca todos los fantasmas de una generación perdida.

Desde el contraplano, Eduardo Noriega representa una juventud (pasada/presente) huérfana de valores y horrores que viene a barrer un pasado que ya nadie recuerda, como si un Sundance Kid rejuvenecido y desmemoriado quisiese apretarle las clavijas a su eterno compañero de fugas. La química entre Shepard y el desierto boliviano es perfecta, pero se tambalea cuando Noriega invade el espacio y Mateo Gil presume de gestos técnicos que delatan las fuentes de su cinefilia. A pesar de todo, Mateo Gil ha vuelto a abrir de una patada las puertas batientes de un género, en permanente peligro de extinción, en el que aún caben historias escritas con honestidad y sabor a cine clásico.







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