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LA RECOMENDACIÓN

Arranz o el ciclo de la vida y del arte

El pintor y escultor se enfrenta a su exposición más importante: ‘Una y otra realidad’, en la Lonja, compuesta por 99 piezas que exploran el lenguaje de la alegoría y los signos.

ANTÓN CASTRO. ZARAGOZA Actualizada 21/10/2011 a las 15:34
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'Niña de agua', de Santiago Arranz

Llegar a la Lonja tiene algo de culminación. O de confirmación de un baremo de calidad, de proyección, de maestría. Recordamos ahora algunos artistas que lo hicieron en el último cuarto de siglo: Natalio Bayo, José Orús, Pascual Blanco, Juan Sotomayor, José Luis Lasala, Jorge Gay, José Luis Cano, Broto o Pepe Cerdá, por citar algunos creadores que siguen aquilatando su obra. Y ahora le ha tocado el turno a Santiago Arranz (Sabiñánigo, 1959) con ‘Una y otra realidad, que consta de 99 obras.

Arranz es un artista que ha desarrollado una travesía estética muy peculiar: ha vivido en París, en Zaragoza, ahora lo hace en Castejón de Sos porque quería recuperar el contacto con la naturaleza. En el fondo, siempre se ha sentido un artista nómada, no solo por sus mudanzas de residencia y de ciudad, sino incluso en la disciplina artística: empezó como pintor, con inclinación expresionista, y luego ha realizado murales, relieves, ha colaborado con arquitectos, ha dado un paso hacia los juguetes y la escultura, sin perder jamás de cerca la pulsión de la pintura. Santiago Arranz es un creador obsesionado por la materia, que funde trabajo e inventiva, y que se siente muy cómodo con la espátula.

Todo ello, esa evolución u obra en marcha, se percibe en su exposición en la Lonja. Ahí están sus distintos caminos: su búsqueda, las diversas series, los ecos literarios, la correspondencia entre realidad e imaginación pictórica, la memoria y el olvido, el interés por los símbolos y los signos, que es su nueva porfía. Santiago Arranz siempre ha sido un pintor refinado y sutil, de pequeños gestos, cada vez más sobrio en el asunto, en el uso de color, en la estructura de la obra: se ha ido depurando y ahora en sus cuadros tiende a la estilización o el esquematismo. A una emoción controlada.

Exponer en la Lonja no es fácil. La Lonja exige una idea, una propuesta, una concepción unitaria, un ritmo. Y Arranz se lo da: presenta sus relieves, su pintura mural, presenta esos ‘planetas’ que tienen mucho que ver con su colaboración con los arquitectos en el Centro de Historias, Casa de los Morlanes, en Capuchinas o en el edificio de Almacenes Gay, que desarrolló en torno a la llave en una amplia superficie de cristal. Presenta esos caballos de hierro, sus esculturas de línea neta. Luego incorpora sus alfabetos de letras e imágenes, con su homenaje a Kafka incluido, repasa sus ‘Las Ciudades invisibles’, basadas en el libro de Ítalo Calvino, donde realiza una pintura que conversa con la arqueología y con las antiguas civilizaciones, con los bestiarios y acaso con la desnuda estética del fósil.

La muestra se cierra en varias salas o dependencias con la pintura de Arranz: las obras de los dos o tres últimos años. Una pintura simbólica y alegórica que está presentada, cuadro a cuadro, casi como un relato o como un retablo. El pintor juega con el soporte, usa el relieve, y resume su percepción del mundo. El cuadro se abre a distintos personajes e historias, y hay como un cuadro-árbol: aquí está la figura central, que no siempre es un hombre o un animal, puede ser un corazón arrebatado, un árbol, una barca. A veces, Arranz parece próximo a Torres-García, a los autores de la vanguardia rusa, pero en realidad siempre está buscando su camino. El camino del silencio, de la precisión, de la delicadeza, del equilibrio y del ciclo de la vida, el sendero de su propia memoria y de su inclinación al sueño y sus industrias.

No es esta una exposición de batalla. Ni siquiera fácil. Ni efectista. Debe verse con calma: llegar a la Lonja no significa haber acabado la travesía. Es un puerto seguro para volver al mar de la creación y recomenzar. Y Arranz acaba de rebasar el medio siglo.








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