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Broto

Broto: un pueblo que se despereza cuatro décadas después

El empresario de Sarvisé Antonio Sanz esta recuperando varias casas de Ayerbe de Broto, el pueblo que enamoró a su padre; también ha acondicionado un albergue. Su idea es que el enclave mantenga los códigos vitales y socioculturales de hace medio siglo.

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Antonio Sanz es un empresario de Sarvisé que ha incursionado en diferentes sectores, con especial hincapié en la trata de ganado y la hostelería. Desde hace unos años está empeñado en recuperar –sin prisa, sin pausa– el enclave de Ayerbe de Broto, un pequeño despoblado en la actualidad, que su padre compró casi al completo en los primeros años setenta.

"Soy de Sarvisé –comenta Antonio– el tercero de cuatro hermanos. Mi padre llegó al pueblo sin nada, pero era trabajador y espabilado; poco a poco destacó como tratante y yo, que al parecer era el que más se le parecía en carácter, le acompañaba desde los siete u ocho a comprar ganado; a los doce o trece ya iba con un chófer a negociar yo, y me recorrí todo el Pirineo, casa por casa. Mis hermanos asistieron al colegio, yo no; cuando me fui a la mili ya no volví, mi padre se enfadó y me desheredó, así que tuve que empezar de cero. Seguí viniendo por estos lados, aunque hacía negocios en Zaragoza, Barcelona, Madrid. En América Latina pasé mucho tiempo comprando carne, como técnico de El Corte Inglés; he hecho de todo".

Ayerbe de Broto, arriba de la ladera, accesible a pie o por un camino imposible para el común de los utilitarios, le tiraba a Antonio como le tiró a su padre mientras pudo seguir subiendo. "El murió hace diez años, y yo cogí el relevo con lo de limpiar y retejar aquí. Todo esto, menos una pequeña casa y su finca, es de la familia, de mis hermanos José Luis y Adolfo, que siguen como ganaderos de vacuno, y un sobrino, Ignacio, aunque la faena es más cosa mía. Empecé a traer albañiles, a trabajar más… hace cuatro años arreglé esa borda –señala una– para tener un sitio en el que invitar a mis amigos. Luego otra, ahora otra… mi idea es dejarlo como era antes, a la forma en que se hacían las cosas antes, sin otro objetivo que el de llevar adelante algo que me apasiona, y hacerlo todo aquí, sin subir prefabricados de nada: reutilizamos y transformamos, aunque luego se usen los mejores materiales para aislantes y acabados".

Alfonso, apasionado de la montaña que viene de Valladolid, está trabajando en Ayerbe de Broto desde hace nueve meses. "Quiero que siga coordinando obras, está a gusto con la idea­ –apunta Antonio– e incluso se queda a dormir a menudo. Yo sigo trayendo aquí a amigos a comer: preparamos una excursión por los altos y luego comemos un rancho de carne con patata y arroz. Todo el mundo te da consejos, eso sí, yo digo que sí, pero yo solo los acepto con dinero –ríe Antonio– y sin salirse de lo que quiero".

Antonio no quiere disfrazar la idea, ni pervertirla un ápice. "Si finalmente se convierte en un pequeño complejo turístico, será con un retroceso de cuarenta años, no se tratará de un retiro con spa; habrá que arreglar más el acceso, traer un huerto solar para tener luz, traer agua del barranco cercano a peso, fosas sépticas individuales para el vertido… todo autosuficiente casi al cien por cien. Eso es mucha inversión. Tampoco tengo prisa ni objetivos marcados. Esto será Ayerbe siempre, pase lo que pase. De momento tendremos el albergue de dieciocho plazas, a ver si tiene demanda, y luego será hora de arreglar más bordas pequeñas, hasta veinticinco o treinta".

Tradicionalmente, en el pueblo comían de la caza y la pesca; solamente compraban la sal, el aceite y el vino, y lo pagaban en corderos. Antonio, además, considera el peso del alimento espiritual. "Lo hago por que me llena, con el corazón, y y ya está. No soy el único: este verano vino una señora de Sarvisé que llevaba más de medio siglo sin pasarse por aquí. Fue plantarse en Ayerbe y se le caían los lagrimones de la emoción", revela Antonio.

El empresario tiene un hijo, pero todavía no le ha cuestionado si querrá continuar con el empeño paterno cuando llegue el momento. "No sé si querrá seguir cuando no esté, pero no pasa nada, esto lo hago por convicción propia, a pulmón. Si la vida me deja tiempo, puede que sea algo importante. La mejora de la carretera para subir es cosa mía; el Ayuntamiento sí ha preparado un circuito más arriba, a cota 2.300, con vista de 360 grados que abarcan el Vignemale, Monte Perdido, Mondarruego, el sobrepuerto, Monrepós... impresionante".

Como en casa, en ningún sitio

Hasta el pasado febrero, Antonio era el propietario del hotel Azul, en la plaza de España de Barcelona. Lo vendió para seguir emprendiendo en su valle. "Barcelona me ha servido como ventana al mundo, y después de visitar muchos sitios, prefiero Ayerbe de Broto a cualquier otro. En una feria hice un amigo japonés; cuando le conté lo que hacíamos aquí, me dijo que quería traer a grupos de compatriotas suyos que apreciarían esa vuelta al pasado como turismo. Quiere venir el año que viene y firmar contrato antes de que acabe 2017, pero prefiero no forzar, hay que poner las cosas en condiciones. La idea es que cualquier rendimiento que deje esto se reinvierta automáticamente".

La cascada de Sorrosal, un paseo sencillo para el no iniciado y una gran vía ferrata añadida

Desde el aparcamiento situado tras el Centro de Salud de Broto comienza este paseo por un sendero señalizado que, amén de exhibir algunas caídas menores de agua y en muy pocos minutos, lleva al paseante a una de las cascadas más bonitas del Pirineo: Sorrosal. Sus aguas hacen de afluente del río Ara.

La formación rocosa que baña la cascada es de origen turbidítico; se formó bajo el mar. Las turbiditas son rocas sedimentarias depositadas durante una avalancha submarina; esa es la razón de algunos hallazgos sorprendentes a la hora de remontarla en clave de vía ferrata. Así, al poco de iniciar la ascensión aparecen flutes y trazas de fósiles marinos con forma de gusano. Siguiendo la subida, se puede apreciar en la cascada la Brincona y la Playa un canal con conchas de organismos unicelulares pertenecientes al reino protista. Más arriba, en el sector llamado la faja gris, hay fósiles de animales comedores de fango que vivían a menos de cien metros de profundidad en el mar. El tope de la ascensión es el mirador del Pueyo, que regala una magnífica vista del sur del valle de Broto.

LOS IMPRESCINDIBLES 

El Balcón del Pirineo

La gastronomía local es variada y rica en opciones, pero a la hora de la carne todos los caminos llevan al establecimiento que regenta en Buesa el chef Jorge Rabal junto a Korinne. Las carnes a la brasa de roble son extraordinarias.

La arteria comercial

En la avenida de Ordesa, desde el puente, hay una variada oferta de tiendas, cafeterías, restaurantes y hoteles. Entre los nombres clásicos sobresale La Cantera, el lugar idóneo para la última copa y, eventualmente, la música en vivo.

La cárcel

La prisión local es una torre defensiva que funcionó como cárcel desde el siglo XVI hasta el XX; es famosa, sobre todo, por los numerosos grabados que hicieron los presos en sus muros, con mención especial para uno del siglo XVIII.

-Ir al especial 'Aragón, pueblo a pueblo'.





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