Despliega el menú
Viajes
Suscríbete

aragón es extraordinario

Castellote es mucho más que su castillo, pero... ¡qué castillo!

La fortaleza templaria, inexpugnable por el tipo de orografía en la que se asienta, sólo cayó por asedios y cañonazos a lo largo de la historia

Castellote es todo un festín para los amantes de la historia y el patrimonio. Disfrutar con calma de todos sus argumentos tangibles al respecto requiere una jornada completa, como mínimo. De todos ellos, la subida al castillo brilla con luz propia; la cuesta es de aúpa, pero no se lleva tanto tiempo.

1899 fue un año clave para Castellote con la construcción del túnel, que permitió un acceso franco y llano para las caballerías. Agustín Planas Sancho lo amplió en 1960 para el paso de vehículos, evitando los subsiguientes rodeos. Hasta entonces se entraba al pueblo por un paso elevado, contiguo al castillo; la población, por cierto, fue declarada Conjunto Histórico el 1 de julio de 1982 y Bien de Interés Cultural en 2007. Sus habitantes siempre se las ingeniaron para sacar adelante sus economías; en el agro, limitados por la orografía, aprovechaban los bancales del monte (que se llaman garricas en Castellote) para plantar árboles en los cantos y el cereal (o el huerto) en medio de la parcela. Luego llegaría la minería, activa hasta 1990.

Castellote es un pueblo de cuestas. La primera desde la plaza es también el inicio natural del ascenso al castillo; se topa nada más empezar con la casa de Don José, una de las más señaladas del pueblo. El peirón de la Virgen del Agua está en plena subida; la ascensión se bifurca en un punto para elegir entre el camino de abajo, la vuelta a la Atalaya y al castillo por el PR-53 hacia el acueducto de las Lomas o de los Gigantes –sito 300 metros desde la bifurcación– o subir ya al castillo por la última cuesta, las escaleras y, finalmente, la pasarela de entrada. Desde allá pueden divisarse los retos de las ermitas de San Lázaro, San Macario, San Cristóbal y San Pedro, que ofrecían protección por las cuatro esquinas al pueblo, pero que fueron devastadas entre las guerras carlistas y la civil

El acueducto tiene su atractivo; recientemente reformado, en diciembre de 2010, presenta once arcos ciegos de mampostería. Muy cerquita está la ermita del Llovedor, sujeto de romería cada 1 de mayo y que cuenta con un llamativo aguallueve. Ese día peregrinan hasta quienes nunca van a misa.

Antes de llegar al castillo puede disfrutarse del Mirador de la Sabina, que ofrece una vista panorámica del pueblo; sorprende la vista de la plaza de toros y unas naves pertenecientes a la familia ganadero Teodoro Adell Royo; esta ganadería salen los toros de lidia que llevan a Teruel en la Vaquilla. La última restauración estructural del castillo se consolidó el 22 de marzo de 2011, con el impulso del Ayuntamiento y el Ministerio de Fomento.

La historia

Rita Pereira, guía turística de Castellote, recuerda que el Temple estuvo en el castillo desde 1196 hasta 1308. “Luego pasó a los hospitalarios hasta 1769. Somos lugar de frontera, que siempre estuvo bajo el mando de órdenes militares, y este castillo era inexpugnable por la orografía en la que se asienta. En 1308, Jaime II mandó un ultimátum a Guillem de Villalba, el último comendador templario, quien decidió resistir en el castillo desde enero al noviembre de ese año. Fue el hambre la que ganó la batalla, porque sí había agua; se contaba con hasta tres aljibes en el castillo”.

Tras varios cambios de poder, en 1840 llegó un golpe de mala suerte para Castellote. “La primera guerra carlista –recuerda Rita– acabó en 1839 con el abrazo de Vergara, pero aquí no terminó así; Cabrera siguió en la porfía, porque el abrazo se interpretó como la traición de Vergara. En 1839 se hicieron fuertes en el castillo cuatro batallones carlistas, y en el pueblo había 32 isabelinos con Espartero al mando; mandaba emisarios al castillo y los recibían a tiros, así que resolvió la cuestión a cañonazos”.

Los carlistas quemaron el puente levadizo y se atrincheraron en la torre del homenaje. Finalmente claudicaron, y Espartero da orden de dinamitar el castillo, quiso que no quedase piedra sobre piedra. Había una torre vigía de 15 metros de alto, que cayó con todo lo demás.

“El castillo –explica Rita– quedó abandonado; de hecho, muchas edificaciones del pueblo están realizadas con sillares del Castillo. En los años 70 se decidió venderlo, junto con las escuelas y el horno de pan cocer, a un particular; el Ayuntamiento decide recuperarlo, a pesar de su estado ruinoso, pero hubo que demolerlo todo. Ahí empezó la restauración; se desescombró y consolidó hasta que aparecieron la factura templaria en los sillares y la carlista en mampostería; se aprecia en el cambio de color de la piedra”.

Desde lo alto del castillo se ven varias de las pedanías locales, Morella y sus aerogeneradores ya en Castellón, Jaganta y las Parras de Castellote... una vista de fábula que, en un punto concreto, permite además apreciar las diferencias en el paisaje y las zonas de cultivo, además de admirar en su indudable atractivo el caserío de Castellote, uno de esos sitios que embelesan a la primera.

Vídeo del Castillo de Castellote en 'Aragón es extraordinario'

La presa de Santolea

Data de 1932, y su construcción supuso que se anegasen todos los campos de labor, en los que destacaban sus ricos campos frutales. En los años 70 se hizo un pequeño recrecimiento y se decidió dinamitar los restos del pueblo para que no se repoblara de nuevo. Los habitantes asaron a localidades de colonización, en este caso Puigmoreno y Valmuel. La asociación Santolea Viva mantiene el recuerdo de este enclave.

Iglesia de San Miguel

En otros puntos del Maestrazgo, las iglesias fueron utilizadas como graneros o refugio de tropas en épocas bélicas. La hermosa iglesia de San Miguel (gótico levantino, siglo XV) sufrió un incendio de tal magnitud que se quemó todo lo que había dentro del templo; la propia edificación quedó reducida a escombros, al caer toda la bóveda. Tiene cierta semejanza con la iglesia de Molinos. Además, conserva el escudo de la Virgen del Carmen.

El lavadero

Su recuperación es un orgullo para muchos pueblos aragoneses. El de Castellote, por su magnificencia y planta, es uno de los más llamativos.

El torreón templario

Será cárcel hasta 1960; ahora sirve además como privilegiada oficina de turismo. En la placeta donde se alza se hizo vaquilla y toreo popular hasta hace cuatro décadas. Tiene cinco plantas; en su día se comunicaban por agujeros y escaleras de palo, y fue torre albarrana hasta la edificación en la zona contigua. Fray Guillem de Villalba, el último comendador templario, tiene su rincón de recuerdo en las instalaciones. Data del siglo XII, y tiene metro y medio de anchura en el muro. Hay una pequeña y hermosa iglesia adosada: la Virgen del Agua.

Artículo incluido en la serie 'Aragón es extraordinario'.

Etiquetas
Comentarios
Debes estar registrado para poder visualizar los comentarios Regístrate gratis Iniciar sesión