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Reportaje

Cerro Paranal. El cielo de las estrellas que no titilan

En Cerro Paranal las estrellas no parpadean. Allí se divisan los mejores cielos visibles desde la Tierra. Acompañados por una científica del Observatorio Europeo Austral (ESO), buque insignia de la ciencia del Viejo Continente, nos adentramos en el desierto chileno, que en diez años alojará el 70% de la capacidad mundial de observación astronómica.

Pablo Francescutti / Agencia Sinc 24/11/2016 a las 06:00
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El cielo estrellado, en todo su esplendor, desde Cerro Paranal, donde se ubica el Observatorio Austral Europeo.ESO/B. Tafreshi (twanight.org)

Nunca en mi vida había visto un firmamento tan claro. Queda tan cercano que las nebulosas parecen nubes bajas sobrevolando nuestras cabezas. Y nunca había tenido tal conciencia de pertenecer a esa quinta parte de la humanidad que, según el Atlas Mundial de Luz Nocturna Artificial, no puede divisar nuestra galaxia sin un telescopio. No sorprende que en Atacama el astroturismo se aproxime en popularidad a las excursiones a los géiseres y los volcanes andinos.

La culpa de que las estrellas no parpadeen la tiene la extrema sequedad de la franja desértica al norte de Chile, encajonada entre el océano Pacífico y la cordillera de los Andes. En la región más árida del mundo (con 0,1 milímetros de lluvia anual de media), la falta de humedad reduce a mínimos las turbulencias atmosféricas causantes de su titilar; aparte de resecar la epidermis y las lentillas de quienes vienen a escrutar el Cosmos.

Esas circunstancias han sido un imán irresistible para los astrónomos. De ahí la instalación de los observatorios de Las Campanas (operado por EE. UU.); Cerro Tololo (Chile y EE. UU.); Gemini Sur (EE UU/Brasil/Chile/Argentina/Reino Unido); Tokio Astronomical Observatory (Japón); Atacama Large Millimeter Array/ALMA (EE. UU./UE/Japón); y La Silla y Paranal, del Observatorio Europeo Austral (ESO, por sus siglas en inglés).

Paranal se beneficia además de la inversión térmica causada por la cercanía del Pacífico. El fenómeno genera “una capa de aire que impide que suba la humedad hasta los telescopios”, informa Laura Ventura, la astrónoma del ESO que nos guiará en nuestra visita a este buque insignia de la ciencia europea.

Un viaje fascinante

Laura nos había recibido esa tarde al otro lado del control de acceso a Paranal. Llevábamos horas conduciendo a través de páramos jalonado por animitas -los altares a los muertos en accidentes de tráfico- y fantasmas de las víctimas de Pinochet.

La última etapa la cubrimos en carreteras trazadas en un desierto marciano. Después de aparcar y bajar los bártulos, la seguimos por una rampa abierta en la falda del cerro. La rampa se hunde en el suelo polvoriento y se curva en torno a un oasis subterráneo de vegetación tropical, palmeras y piscina incluida, tenuemente iluminada por una cúpula acristalada, y desemboca en un vestíbulo espacioso, con sofás y mesas pertrechadas con la prensa internacional.
A la izquierda, una cafetería abierta las 24 horas; a la derecha, los corredores a media luz que llevan a los dormitorios. Es la residencia de los más de cien profesionales que trabajan en Paranal.

“Queríamos un hospedaje que permitiese a los astrónomos sentirse humanos después de trece horas de observación y gozar del placer del agua en el desierto”, nos cuenta en la cafetería el italiano Massimo Tareghi, primer director de Paranal, hoy jubilado. En este microcosmos las 'linguas francas' son el inglés y el español; un español trufado con distintos acentos latinoamericanos, como el de Laura, que ha sacado de su mochila su equipo de mate y agrega: “Las plantas y la piscina, además de crear un microclima, tienen efecto terapéutico, pues el color verde relaja la vista y la mente”.

Nos sentimos frente a un escenario de película: un edificio futurista construido bajo tierra para no irradiar luz artificial al exterior, sumido en un silencio protector de quienes cumplen turnos de siete noches seguidas. Y tan exótico, comenta Laura entre mate y mate, que los productores de 'Quantum of Solace' lo escogieron como localización de la vigesimosegunda entrega de la saga de James Bond.

La dirección del ESO, interesada en mostrar sus instalaciones al gran público, permitió que acampara un equipo de rodaje de 300 personas; y que la residencia, convertida en guarida del archienemigo de 007, volase en mil pedazos por la magia de los efectos especiales.



Coreografía de instrumentos

Con nuestra guía subimos en su todoterreno a la cima del Paranal, a 2.632 metros sobre el nivel del mar. Cae el crepúsculo y comienza el espectáculo. Nos ha tocado una de las 340 noches despejadas que se disfrutan anualmente. En la explanada los visitantes se aprestan a capturar este cielo único con sus carísimos equipos fotográficos, entre ellos el propio Massimo.

Los últimos rayos de sol sacan reflejos a la piel metálica de los cuatro cilindros abovedados que contienen a los Very Large Telescope (VLT), cada uno identificado por un nombre mapuche, la lengua de los aborígenes chilenos: Antu (Sol); Kueyen (Luna); Melipal (Cruz del Sur) y Yepun (Venus). Los apoyan otros tantos telescopios auxiliares, blancas estructuras esféricas con un aire de familia a las cápsulas de salvamento de '2001: Una odisea del espacio'.

Los domos empiezan a girar discretamente en su sitio.  Accedemos al interior de Melipal y asidos a una barandilla presenciamos la coreografía de los instrumentos previa a la apertura de la bóveda. Automáticamente se apretujan a un costado, y Laura nos explica que “de este modo se busca evitar que les caiga encima cualquier objeto que se haya depositado sobre la cúpula cuando ésta se abra”. Cumplida la operación sin incidentes, los aparatos apuntan a la oscuridad que se cuela por la abertura.

Cada VLT cuenta con un espejo de 8,2 metros de diámetro y 17 centímetros de grosor, pero cuando trabajan juntos configuran una superlente virtual de 130 metros de diámetro. Las sinergias hechas por el cuarteto al coordinarse le convierten en el mayor telescopio óptico del planeta, capaz de distinguir los faros de un vehículo moviéndose por la superficie de la Luna. Súmese un emisor de rayos láser que minimiza cualquier resto de turbulencia en el aire, y los equipos adicionales que permiten captar imágenes en una longitud de onda que va del ultravioleta profundo al infrarrojo medio.

Dentro de Melipal el procedimiento se ejecuta en medio de un impresionante silencio. En algún lugar se esconde el invisible técnico que orquesta la maquinaria y velará por ella a lo largo de la noche. Imposible no pensar en los astrónomos de antaño con el ojo pegado al ocular; hoy, la mayoría de quienes observan a través de estas lentes se hallan a miles de kilómetros de esta localidad ubicada en el medio de la nada.

Salimos fuera. La noche estrellada se exhibe en su esplendor. Por aquí y por allá se desprenden estrellas fugaces; contra un fondo azabache refulgen racimos de diamantes; en la plataforma Massimo se afana por fotografiar una espectacular alineación de planetas. Dicen que el firmamento del Hemisferio Sur es el más bonito. A mí, acostumbrado al empañado cielo de Madrid, me parece simplemente maravilloso.

Distingo con claridad objetos imposibles de apreciar al norte del Ecuador, como la Cruz del Sur, la galaxia de Andrómeda y las Nubes de Magallanes, o el sistema de Alfa Centauro y la Nebulosa del Saco de Carbón. “Únicamente desde estas latitudes –susurra Laura a nuestro lado– se puede observar el centro de la Vía Láctea, una ventaja decisiva a la hora de estudiar el funcionamiento de las galaxias espirales”.

Astronomía en la distancia

Seguimos a Laura cerro abajo por una senda que ilumina con una linterna. Abre una puerta en la ladera, subimos una escalera y accedemos a la sala de control que centraliza los datos enviados por los telescopios. Los biombos separan mesas cubiertas de ordenadores, portátiles y monitores con nebulosas, gráficas y tablas de datos. Reina una atmósfera distendida pero de alta concentración. Parejas formadas por un operador de telescopio y un astrónomo gestionan las investigaciones solicitadas. Entre ellas se incluye Yara Jaffe, una astrofísica chilena muy orgullosa de trabajar en este paraíso astronómico: “Además -nos confía- en mis horas libres puedo llevar a cabo mis estudios en astronomía extragaláctica”.

La rutina sigue dos pautas, nos indica José Velásquez, un operador con formación en informática. Una es el modo servicio: el astrónomo de plantilla comunica al operador las coordenadas enviadas por un investigador externo y, cuando el telescopio está orientado, aquel le pasará el testigo a su colega para que este controle el instrumento y la recogida de datos. “En este instante -ejemplifica- con mi compañero estamos observando por cuenta de un alemán del cual no conocemos más que los papeles que nos han dado”. La otra opción -el modo visitante- se reserva a estudios complejos que demandan la presencia del investigador para la toma de decisiones en tiempo real.

Un inmenso laboratorio

La construcción de nuevos telescopios está ya proyectada. ¿Qué deparará el cielo sureño a las colosales máquinas? Mucho, sin duda; la próxima generación de astrónomos no dará abasto con "la caracterización de planetas extrasolares, el estudio de las poblaciones estelares de otras galaxias, la evolución de las galaxias desde las primeras etapas del Cosmos hasta hoy o la identificación de cambios en las constantes físicas a lo largo del tiempo, para lo cual el Universo entero se puede considerar un inmenso laboratorio", conjetura Comerón. Pero sabiendo que lo sorpresivo es el don de la ciencia, juzga «más probable que se aborden cuestiones que no podemos siquiera prever u otras tan ambiciosas como la búsqueda de vida fuera de nuestro planeta o del Sistema Solar».

Y con esas grandiosas perspectivas abiertas en nuestro horizonte mental, nos retiramos a dormir, no sin antes alzar la vista a ese firmamento que satisface como ningún otro el derecho a un cielo puro proclamado en la Declaración Universal de Derechos de las Generaciones Futuras.
 
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