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Agricultura

Mucho más que echar el grano

Ha comenzado la siembra y los agricultores se afanan en una labor crucial para el cultivo, una labor que implica mucho más trabajo que esparcir la semilla en la tierra.

Chus García 14/11/2016 a las 06:00
Trabajos de siembra en invierno en un campo aragonés.

Dice la Real Academia de la Lengua que sembrar es «arrojar y esparcir las semillas en la tierra preparada para este fin». Dicho así no parece que esta práctica agraria decisiva para el futuro de la cosecha sea una labor complicada. Pero, diga lo que diga el diccionario, la siembra es mucho más que echar el grano.

Hay que esperar la fecha adecuada. Juega un papel decisivo el clima y sus efectos sobre el suelo en el que se enterrará la semilla y sobre el que se erguirá el fruto. Incluso, sigue siendo una práctica habitual mirar al cielo, de noche, para comprobar que la luna es propicia.

Es imprescindible estar al tanto de las posibles plagas y de las malas hierbas y, en consecuencia, de los tratamientos preventivos a aplicar, estando al día, por supuesto, de las constantes y continuas prohibiciones fitosanitarias europeas. Y no perder de vista las distintas especies cinegéticas que encuentran un suculento bocado en las semillas recién depositadas, de las que, por cierto, hay que tener completa información sobre aquellas variedades que mejor comportamiento tuvieron durante la campaña anterior.

No hay que dejar de pensar en las exigencias europeas, esencialmente aquellas que llegaron con la última reforma de la PAC y que bajo el nombre de ‘greening’ –verdeo, en español– designan toda una serie de requisitos medioambientales que todo agricultor debe cumplir si quiere activar sus derechos de pago básico, es decir las ayudas directas que llegan de Bruselas.

Y todo ello mientras se mira de reojo a los mercados de futuros de Chicago (Estados Unidos) o las previsiones de cosecha en el otro lado del hemisferio, factores de los que también dependerá el rendimiento económico de la futura cosecha.

Esto es lo que se vive estos días en los campos de las tres provincias aragonesas, en los que centenares de agricultores se afanan en la siembra de cereal de invierno, el cultivo con mayor presencia en la Comunidad, que ocupa en torno a las 780.000 hectáreas y del que el pasado año se cosecharon más de 2,7 millones de toneladas de trigo (duro y blando), cebada, avena y centeno.

Las sembradoras ya inundan los campos aragoneses. Lo habitual es hacerlo a partir del 1 de octubre cuando comienza el año agrícola, un periodo marcado por la sementera ya que se estableció precisamente así porque era a finales de septiembre –acabada la recolección– cuando terminaban y se revisaban los contratos entre los propietarios de las fincas y los empleados, una relación contractual que duraba doce meses, entre siembra y siembra.

Este año, sin embargo, el grano está llegando más tarde a la tierra. Así lo ha impuesto el clima, que mantuvo el suelo sin apenas una gota de lluvia desde el mes de mayo y complicó las tareas necesarias para dejar el terreno preparado para recibir la semilla y propiciar su nascencia. Hubo que esperar hasta mediados del mes de octubre para que el cielo regara la tierra «dura como una piedra» –advertían entonces los agricultores– y las lluvias permitieran comenzar la siembra, que también se ha visto aplazada por unas persistentes nieblas que han alargado la recolección del girasol y el maíz de segunda cosecha.

«Ha llovido, sí, pero de forma muy irregular y son muchos los agricultores que han tenido que sembrar en seco, por lo que en esas zonas se prevé que haya mucha pérdida de semilla», señala Javier Langa, responsable de herbáceos de UAGA.

Hay también otro fenómeno, que, no por poco conocido para los foranos del sector, es menos importante para los productores y que, según el secretario general de Asaja en Huesca, Fernando Luna, también explica el retraso que ha sufrido la siembra. Es la llamada luna cuquera, que nace en septiembre, dura unos veintiocho días y según la experiencia agrícola durante su presencia los ‘cucos’ o parásitos se lanzan sobre la semilla y la parasitan, dejándola ‘cucada’.El resultado final será una merma en la cosecha. «Hay mucha creencia entre los productores, que esperan a que esta luna muera para sembrar el cereal», señala el representante de Asaja.

Las obligaciones

Las condiciones climáticas –y astronómicas– no son las únicas preocupaciones de los cerealistas en época de siembra. Hay que planificar cómo hacerla. Y no tanto porque de ello dependa la cantidad de producción que se cosechará ocho meses después, sino porque así lo imponen las obligaciones diseñadas en los despachos de Bruselas y recogidas en reforma de la PACpara acceder a las ayudas directas.

«Hay que cumplir el ‘greening’», recuerdan desde los servicios técnicos de las organizaciones agrarias, que destacan que las exigencias comunitarias han obligado incluso a los agricultores a organizar sus siembras «casi con calculadora». Desde la campaña de 2014 existe un pago ‘verde’ (equivalente al 51,7% del valor de los derechos de pago básico), que ha llevado la diversificación al campo.

Dicho de otro modo, aquellas explotaciones de herbáceos que tienen entre 10 y 30 hectáreas deben de contar, al menos, con dos cultivos diferentes. De ellos, el principal tiene que ocupar menos del 75% del total. Cuando la explotación supera las 30 hectáreas, tiene que alojar tres cultivos diferentes. De ellos el principal debe ocupar menos del 75% de la superficie y la suma de los dos principales juntos no puede suponer más del 95% del total.

No hay que olvidarse además, recuerdan los servicios técnicos, de las «áreas de interés ecológico». O lo que es lo mismo, hay que tener en cuenta que si la explotación tiene una superficie mayor de 15 hectáreas, hay que dejar, como mínimo, el 5% de esa superficie bien en barbecho (sin cultivar durante nueve meses consecutivos), bien con cultivos fijadores de nitrógeno como las leguminosas grano para consumo humano o animal o las leguminosas forrajeras (alfalfa, veza forrajera, esparceta, etc).

Aún más, recuerda Teo Largo, técnico de UAGA, «desde que se cobran ayudas desacopladas (no vinculadas a la producción), éstas están ligadas al cumplimiento de la condicionalidad». Esto significa, detalla, que todo agricultor que reciba pagos directos debe cumplir requisitos legales de gestión –medioambiente, bienestar animal, sanidad pública, zoosanidad y fitosanidad– de acuerdo con el calendario establecido y las buenas condiciones agrarias y medioambientales. Hay consecuencias si no se hace así. Si se trata de una negligencia, la ayuda puede reducirse hasta un 10%, porcentaje que se eleva al 20% si la conducta se repite. Si el incumplimiento es deliberado la reducción alcanza el 50% e incluso puede llevar a la exclusión total de uno o varios regímenes de ayuda.

Las semillas

Una vez tomada la decisión de cuándo, cuánto y cómo, hay que decidir qué sembrar. «Aragón mantiene una superficie estable en cuanto a cultivos herbáceos se refiere», recuerda el secretario general de UPA en Aragón, José Manuel Roche, que reconoce que incluso la falta de disponibilidad de agua no supone grandes variaciones en la superficie ocupada por el cereal de regadío porque «estos cultivos son más rentables, por lo que los productores que han realizado importantes inversiones tienen que seguir apostando por estas producciones».

De cualquier modo y para tomar este tipo de decisiones, los cerealistas no están solos. El Centro de Transferencia Agroalimentaria (CTA), dependiente de la Dirección General de Desarrollo Rural, publica cada campaña los resultados de los diferentes ensayos realizados con las distintas variedades de cada especie de cereal. Destaca aquellas que mejor comportamiento tuvieron el año anterior. Y alerta sobre problemas sanitarios «que han venido para quedarse».

Los especialistas de este centro se refieren así a plagas como la roya amarilla, causada por el hongo Pucciniastriiformisf. sp, que afecta esencialmente al trigo y que se ha convertido, en lo que va de siglo XXI, en una de las enfermedades más devastadoras de los cereales a nivel mundial, en los que está causando pérdidas millonarias.
«En el caso de este hongo, una mayor incidencia temprana de la enfermedad, la baja resistencia de las variedades más cultivadas de trigo blando en nuestra región, así como la falta de experiencia en la buena aplicación de productos fitosanitarios acordes en un momento temprano de la infección, pueden hacer disminuir en gran medida no solo la producción sino también los aspectos de calidad del grano», advierte el centro, que explica que en la pasada campaña el comportamiento varietal más productivo estuvo ligado al nuevo material existente en el mercado con resistencias a esta enfermedad.

Sea cual sea la variedad que utilicen, los agricultores están autorizados a reemplear como semilla el grano que obtienen en su propia explotación, pero esa simiente no puede en ningún caso comercializarse ni intercambiarse entre agricultores. La única semilla que puede ser comercializada es la certificada, «fruto de la investigación en la mejora genética y de la tecnología y futuro de una agricultura más competitiva», señalan desde la Asociación Nacional de Obtentores Vegetales (Anove).

Esta organización detalla que la utilización de semilla certificada ahorra costes «ya que se utiliza menor dosis de siembra»; produce mejores rendimientos «puesto que las semillas están seleccionadas y tratadas para garantizar una buena implantación del cultivo», y además disminuyen las malas hierbas y garantizan la calidad «porque su trazabilidad y pureza varietal están aseguradas». Lamenta, sin embargo, que pese a estas cualidades solo un 35% de la semilla de cereal de invierno que se siembra en Aragón es certificada y un 20% corresponde a grano acondicionado y un 5% a reempleo del agricultor. «Eso implica que el 45% es de origen desconocido, en muchos casos clandestino e ilegal, y sin ninguna clase de control», advierte Anove, que insiste en que «este tipo de semilla no cumple con los estándares oficiales que garantiza la semilla certificada, tales como la germinación mínima, pureza varietal o sanidad».

Los precios

Tras todas estas cábalas y con el grano ya en la tierra, solo queda esperar, especialmente a que el clima sea un aliado de la producción. Pero incluso entonces no habrán terminado los cálculos. Si el volumen de la cosecha preocupa al sector, no menos incertidumbre generan los precios, que este año han vivido la peor campaña de los últimos años con una caída media estimada en un 40% respecto a 2013, cuando se obtuvo una cosecha récord. La gran producción en España y en el exterior, el incremento de las exportaciones de terceros países y el descenso de la demanda china explican esta situación, que los agricultores confían en que no se dilate durante la próxima campaña. Pero esos son cálculos para 2017.

 

La siembra que cuida el suelo y ahorra costes

La siembra directa es aquella en la que el gano penetra en una tierra en la que no se ha practicado trabajo de laboreo alguno. Es la práctica agraria realizada por aquellos productores que optan por la llamada agricultura de conservación, que incluye además la rotación de cultivos o la utilización de rastrojos para crear una cubierta vegetal que protege hasta el 30% de la superficie.

Importada de Estados Unidos, existen en el mundo más de 107 millones de hectáreas que se cultivan con estas técnicas, que llegaron a Aragón en los años 90 del siglo pasado de mano de un inquieto y pequeño grupo de agricultores que entendieron la necesidad de buscar fórmulas que devolvieran la vida a muchos de los secanos aragoneses, muy maltratados por medio siglo de intensas labranzas.

Desde entonces, esta práctica no ha dejado de avanzar en la Comunidad, liderada por la Asociación Aragonesa de Agricultura de Conservación (Agracon), y ya ocupa, según los últimos datos del Gobierno de Aragón relativos a la pasada campaña, más de 107.000 hectáreas. No se tienen cuantificados datos de la siembra actual. «Estamos realizando un estudio», señala, María Videgain, técnico de Agracon.

La organización está convencida de que existe un notable aumento de las hectáreas así cultivadas y de los profesionales que utilizan esta técnica. «Se ha detectado un incremento de compra de maquinaria para este fin y además son muchos los expedientes de incorporación de jóvenes que se decantan por este tipo de agricultura», señala Videgain, que matiza que la asociación cuenta actualmente con 160 socios, 15 más que el pasado año.

La siembra directa es una apuesta medioambiental, pero también tiene ventajas económicas para los productores. No solo mima el suelo. Según diferentes estudios disminuye entre tres y seis las horas de trabajo por hectárea, reduce los costes entre 18 y 72 euros por hectárea y, no menos importante, propicia un ahorro de combustible que puede llegar a alcanzar hasta los 50 euros por hectárea.

Más información en HERALDO DEL CAMPO




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