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Tercer Milenio

Desafíos globales

Darse cuenta, eliminar distancias y actuar ante la emergencia climática

¿Por qué no nos decidimos a actuar y a tomar las medidas necesarias ante los cada vez más evidentes y recurrentes efectos del cambio climático –sequías persistentes, olas de calor cada vez más intensas y extensas, inundaciones, deforestación…?–. Tal vez sea porque aún no nos hayamos dado cuenta de lo que implica. O tal vez la respuesta tenga que ver con la distancia –física, emocional y material– entre estos eventos y nosotros. O quizás es porque hemos activado la alerta equivocada.

[[[HA ARCHIVO]]] Id: 2022-3446353 Fecha: 19/11/2022 Propietario: EFE AGENCIA Autor: EFE AGENCIA descri: Sharm El Sheikh (Egypt), 18/11/2022.- Youth activists hold signs during a demonstration encouraging world leaders to maintain policies that limit warming to 1.5 degrees Celsius since pre-industrial times and provide reparations for loss and damage at the 2022 United Nations Climate Change Conference (COP27), in Sharm El-Sheikh, Egypt, 19 November 2022. The 2022 United Nations Climate Change Conference (COP27), runs from 06 to 18 November, and is expected to host one of the largest number of participants in the annual global climate conference as over 40,000 estimated attendees, including heads of states and governments, civil society, media and other relevant stakeholders will attend. The events will include a Climate Implementation Summit, thematic days, flagship initiatives, and Green Zone activities engaging with climate and other global challenges. (Egipto) EFE/EPA/SEDAT SUNA E
Jóvenes activistas durante la COP27 celebrada este año en Egipto.
SEDAT SUNA / EFE / EPA

¿Por qué no actuamos –de verdad, en serio– para poner freno al calentamiento global? En su ensayo ‘Darse cuenta’, Belén Gopegui plantea una posible respuesta a esta cuestión al argumentar que son necesarias tres etapas para reaccionar: primero es necesario saber que se está haciendo algo mal; después darse cuenta de que no se quiere seguir haciendo; y finalmente está el paso adicional, el más difícil de dar y que plasma citando a Bernard Shaw: "Nadie acepta nunca verdades incómodas hasta que la posibilidad de una escapatoria le ilumina". Es decir, que, además de saber y darse cuenta, es necesario encontrar una alternativa hacia la que virar. Sin embargo, en este contexto no parece el caso: conocemos la escapatoria –minimizar las emisiones de gases invernadero– y cómo llevarla a cabo. Y aun así, seguimos sin reaccionar.

Otra posible respuesta, menos condescendiente con nosotros mismos pero seguramente más apegada a la realidad, es la que ofrece un reciente estudio efectuado por expertos en comunicación de la Universidad de Boston según el cual, pese a que cada día somos testigos a través de los medios de comunicación de huracanes, pavorosos incendios, desastres naturales, migrantes obligados a abandonar su hogar por culpa de riadas o lluvias torrenciales, muertos a consecuencia de intensas olas de calor y todo tipo de trágicas manifestaciones del cambio climático, no tomamos medidas porque no sufrimos las consecuencias de forma directa, en primera persona. Todo eso sucede al otro lado de la pantalla y existe demasiada distancia –física, pero también emocional y hasta material– entre los devastadores efectos del calentamiento global derivado de nuestros actos y nosotros, privilegiados habitantes del primer mundo, donde si aprieta el calor, podemos refugiarnos en un centro comercial con aire acondicionado, tomarnos un helado o refrescarnos en la piscina. Una distancia –ficticia– que tiene mucho que ver con que expertos, políticos, activistas y medios de comunicación estamos mandando una señal de alarma equivocada.

Un trabajo efectuado por investigadores del MIT acaba de confirmar algo que los climatólogos ya sospechaban, que el planeta cuenta con un mecanismo regulador del clima intrínseco que le permite mantener la temperatura global dentro de un rango que garantiza su habitabilidad y con ello la existencia y pervivencia de vida en él. 

Un mecanismo de naturaleza geológica basado en el proceso geoquímico de la meteorización del silicio: a lo largo del tiempo los silicatos, las rocas más abundantes de la corteza terrestre, son erosionadas por efecto de agentes externos como el viento o las precipitaciones, que desprenden pequeños fragmentos de roca con una gran superficie de contacto sobre la que se adsorben moléculas de CO2 atmosférico que en presencia de humedad reaccionan con el silicato transformándose en carbonato (según la reacción química: SiCO3- + CO2 (g) + H2O (l) -> HCO3- + SiO2). 

Un proceso que retira el CO2 de la atmósfera y lo secuestra, almacenándolo en depósitos terrestres y sedimentos marinos –y que actúa en los dos sentidos, lo que justifica la recuperación de la temperatura tras un periodo de glaciación–. Pero este mecanismo, dada su naturaleza geoquímica, opera a escala geológica, es decir, que se manifiesta en plazos que se miden en milenios. O, tal y como lo resume uno de los autores de la investigación, "por un lado es una buena noticia, porque ahora sabemos que el actual calentamiento global será corregido a través de este mecanismo, pero, por otro lado, será necesario que pasen cientos de miles de años para que suceda, demasiado lento para solucionar nuestros actuales problemas".

Así pues, ya no se trata de salvar el planeta –que como acabamos de ver es muy capaz de hacerlo por sí mismo– ni de salvar la biodiversidad –que eso también corre a cuenta del planeta–. Se trata, simple y llanamente, de salvarnos a nosotros, a nuestros hijos, a nuestros nietos. Si no como especie –pues el género Homo ya ha demostrado una tremenda capacidad de supervivencia en condiciones climáticas muy adversas– sí como sociedad tal y como hoy nos entendemos. Así que, desaparecidas las distancias, ya estamos tardando en actuar. Sabemos que tenemos capacidad para hacerlo y que merece la pena. La reciente pandemia con sus confinamientos, distancias sociales, restricciones y sacrificios varios que han permitido llegar a la situación actual son la mejor prueba.

Vulcanismo desenfocado

La reciente y violenta erupción del Muna Loa ha vuelto a poner sobre el tapete mediático una controversia surgida hace ya una década a raíz de un estudio que postulaba que el calentamiento global podía provocar una mayor actividad volcánica. En suma, si somos los causantes de una actividad volcánica más intensa o si esta atiende solo a fenómenos naturales. Una cuestión también planteada para otros eventos extremos como los ciclones, tormentas eléctricas o huracanes. Y con ello, de nuevo, volvemos a equivocar dónde poner el foco: porque la verdadera cuestión no es quién o qué es la causa, sino quién paga las consecuencias. Y mientras el planeta ya ha demostrado en el pasado que es muy capaz de sobrellevar largos periodos de intenso vulcanismo –y otro tanto puede decirse respecto a la biodiversidad–, para el ser humano cada erupción supone una tragedia. Desde Pompeya hasta el reciente y cercano ejemplo de La Palma. Repito, no se trata de salvar al planeta sino de salvarnos nosotros.

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