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Tercer Milenio

La vida de las piedras

Los tiburones que habitaron Huesca: breve historia de un diente

No sabría decir qué es mejor, si la sorpresa de un encuentro casual o si la satisfacción de dar con aquello que largamente buscas. Esta historia pertenece al primer tipo, al hallazgo fortuito de un fósil aparentemente insignificante pero con la capacidad de hacernos evocar geografías ya extinguidas y olor a mar en pleno Pirineo.

Diente de tiburón encontrado, por pura casualidad, en un afloramiento de Sobrarbe y depositado en el Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de Zaragoza.
Diente de tiburón encontrado, por pura casualidad, en un afloramiento de Sobrarbe y depositado en el Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de Zaragoza.
Ánchel Belmonte Ribas

Para los que somos de secano, el mar ejerce una atracción difícil de expresar y que va mezclada con un poco de sana prudencia. El que esto escribe se siente cómodo entre las montañas pirenaicas y libre por las planicies (nunca del todo planas) monegrinas. Pero de reojo miramos al mar, y sabemos que la raíz de nuestro paisaje está en el mar que un día bañó todo y en cuyo fondo se plantó la simiente de las rocas que hoy levantan las infinitas olas de roca que conforman nuestra cordillera.

Invito al lector a que, quizás este mismo verano, busque las evidencias de este pretérito mar. Casi cualquier pueblo del Geoparque Sobrarbe-Pirineos tiene en sus calles y plazas enormes losas de arenisca con pequeñas ondulaciones fruto de un roce amoroso entre el agua y las arenas de las insondables profundidades marinas donde se sedimentaron. Y las marcas de los seres invertebrados que los habitaban, dejando todo tipo de surcos y galerías mientras buscaban alimento o refugio en la eterna noche de los fondos abisales, allí donde jamás llega la luz del sol. Cualquier montaña caliza pirenaica, incluso Monte Perdido, que es la más alta entre las de su estirpe, se ha formado en mares poco profundos y en latitudes que flirteaban con el trópico al norte o al sur del ecuador según la época. Una miríada de tipos de fósiles, bellos en el lugar en que se encuentran y no en nuestras casas, completará la foto de esos ecosistemas pasados tan lejanos de los actuales.

Y entre tanta pista de salitre y marejadas, me quedo con ese pequeño destello azulado –como de porcelana- que atrajo nuestra atención aquella tarde cerca de Boltaña. Para gozo de Kike y mío, lo que de lejos parecía un trozo de cerámica acabó siendo un diente de tiburón de casi 4 cm de longitud. El tiempo había sido benévolo con él, conservando parte de su esmalte y el delicado serraje de su lateral. Desconocemos prácticamente todo sobre él, no solo la especie a la que pertenecía, sino incluso dónde vivió.

Pero la geología, y su portentosa capacidad de permitirnos leer en el paisaje otros tiempos y otras geografías, acuden en nuestra ayuda. El diente estaba en una roca llamada turbidita. Es el resultado de la caída de enormes volúmenes de sedimento a través de cañones que enlazan la plataforma continental y el talud subsiguiente con los fondos abisales. Dichos ambientes ocupaban el dominio pirenaico central durante el Eoceno, hace unos 50 millones de años. Nada es ahora como era entonces, y la plataforma con su mar poco profundo y de aguas cálidas se extendía hacia lo que hoy es Guara. Siguiendo esa línea, el lector familiarizado con el Alto Aragón deducirá que el valle del Ebro era una zona elevada y que la costa campaba por donde hoy está Huesca. Si los seres humanos hubiéramos habitado la Tierra entonces, la capital oscense hubiese disfrutado de playa subtropical, lo que hubiera evitado muchos desplazamientos a Salou.

Probablemente el tiburón habitó esas aguas limpias y cálidas, llenas de vida y de presas. A su muerte sobrevino la caída al fondo, el desmembramiento de sus partes duras y la sepultura entre sedimentos. Las perturbaciones tectónicas que iban levantando –espasmódicamente- el Pirineo, precipitaron al fondo del mar los sedimentos que envolvían al diente en medio de corrientes de turbidez. La colisión entre Iberia y Eurasia, que entonces parecía imparable, le dio la vuelta al relieve como nuestra mano se la da a los calcetines. Los fondos marinos profundos traspusieron a montañas. Por fin la erosión arañó las rocas y sacó a la luz del sol lo que queda del escualo.

Si levantamos los ojos de las pantallas, si dejamos que miren sin prisa al paisaje haciéndose preguntas, nos asomaremos a vistas que jamás habríamos sospechado. Los tiburones que habitaron en Huesca no estaban solos. Un mamífero marino que con el tiempo devino en la leyenda cuyo canto resistió Ulises como buenamente pudo fue una de las estrellas del Eoceno oscense. Pero eso ya es otra historia…

Ánchel Belmonte Ribas Geoparque Mundial de la Unesco Sobrarbe-Pirineos

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