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M.ª Pilar Benítez: "El aragonés es mi compromiso vital con la tierra"

Profesora de Lengua Castellana y Literatura en el IES La Azucarera de Zaragoza, Benítez es investigadora de la lengua aragonesa y coordina su enseñanza en las aulas desde la Dirección General de Política Lingüística del Gobierno de Aragón.

María Pilar Benítez, en la biblioteca del IES La Azucarera, con estudiantes del Aula de Español. La profesora siempre ha compaginado docencia e investigación
María Pilar Benítez, en la biblioteca del IES La Azucarera, con estudiantes del Aula de Español. La profesora siempre ha compaginado docencia e investigación
Oliver Duch

La infancia es el lugar al que siempre volvemos para entender quienes somos. En la infancia de María Pilar Benítez (Zaragoza, 1964) se encuentran los motivos de su compromiso por recuperar la estela silenciosa y silenciada que dejaron algunas mujeres.

¿Dónde jugabas cuando eras niña?

En la placeta, en la era, en la borda, en el huerto de casa de mis abuelos en Javierre de Ara… En las Sísolas de ese río, en la fuente y en los fenales del pueblo… Pero también me gustaban los espacios interiores: el cuarto de costura de mi madre, la cadiera de la cocina, el cobertor de dibujos geométricos que me ponían sobre el suelo de piedras para que no pasara el frío… Son los primeros recuerdos, muy enraizados con el lugar que un día mis abuelos tuvieron que abandonar por ese pantano de Jánovas que, finalmente, no se ha construido, pero que, en su momento, obligó a mucha gente de la ribera del Ara a abandonar sus casas y su forma de vida.

¿Quién te contaba cuentos?

Me contaban cuentos mi abuela y mi madre. Me los leía mi padre. La oralidad de ellas me acercaba a la tradición cercana. La lectura de él, aparentemente, a «esos países lejanos en los que había una vez…».

¿Dónde estudiaste?

En varias escuelas. Mi padre era guardia civil, y mi madre y yo fuimos siguiéndole en sus destinos, en una continua trashumancia, desde la montaña a la tierra plana: Torla, Monegrillo, Broto, Gurrea de Gállego. Me costaba cambiar de lugar, pero siempre encontraba nuevos amigos en cada una de las escuelas.

"Descubrí que María Moliner fue secretaria del Estudio de Filología de Aragón"

¿Por qué decidiste ser profesora?

Supongo que fue creciendo en mí la idea de ser como la señorita Pilarín, que me enseñó a leer y a escribir en Monegrillo. O como don Juan, el maestro de Broto al que tanto respetábamos. O como don Manuel o don Fernando o don Luis, los primeros maestros especialistas que tuve, en Gurrea, o como Elisa o Manolo, también allí y los primeros que nos permitieron tutearlos. Y, sobre todo, ya en el instituto, quise ser como Pepita Callau, la profesora de Lengua Castellana y Literatura que tanto influyó en mi vocación docente, o como José Antonio Labordeta, que me dio clase de Música, de Geografía y de Historia, o como cada uno de los profesores del Pignatelli que me enseñaron a pensar y a cuestionar de forma reflexiva la realidad. Me gusta nombrarlos, recordarlos y reconocer su extraordinario trabajo y vocación.

María Pilar Benítez, en la biblioteca del IES La Azucarera de Zaragoza
María Pilar Benítez, en la biblioteca del IES La Azucarera de Zaragoza
Oliver Duch

¿Cuándo empezaste a dar clase y cuáles han sido tus principales destinos?

Empecé a dar clase en la Escuela de Profesorado de EGB de Logroño en 1989 y ese mismo curso aprobé las oposiciones para ser profesora de instituto. Dejé la universidad y realicé las prácticas en el IES Leonardo de Chabacier de Calatayud. Además, pasé un año en expectativa de destino en el instituto en el que estudié, el Ramón Pignatelli, un auténtico regalo. Mi primer destino fue el IES La Litera de Tamarite. Era un destino lejano, de los que ponías en los últimos lugares. Sin embargo, allí estuve ocho años maravillosos. Buena parte de lo que soy como profesora se lo debo a ese centro, a su profesorado y a su alumnado.

¿Por qué era un centro tan especial?

Fue pionero en la implantación de la LOGSE y de la enseñanza del catalán. Eso hizo que yo empezara a concebir la enseñanza como un proceso mutuo de aprendizaje entre el alumnado y el profesorado. Además, la normalidad con la que se hablaba catalán en la localidad y se enseñaba en el instituto me llevó a desear una situación similar para el aragonés, que no había dejado de estudiar desde que terminé la carrera.

¿Y después de Tamarite?

Me trasladé al IES Cabañas de La Almunia de Doña Godina en el año 2000 y, dos años después, comencé a trabajar en el que hoy es el Centro de Profesores Ana Abarca de Bolea de Huesca. Enrique Satué, su director, nos animó a que sembráramos semillas de aquello en lo que creíamos y le tomé la palabra. Desarrollé varios proyectos sobre el aragonés, pero los que han tenido un recorrido más largo han sido, el ‘Seminario ta profesors/as de luenga aragonesa’, que comenzó en el curso 2005/06, y el ‘Proyeuto d’animazión arredol d’a luenga e a cultura aragonesa’, que se inició en el 2006/07 y que en 2010 propuse que se llamara Luzía Dueso, en honor a la escritora fallecida ese año. Ambas iniciativas han continuado desarrollándose y casi siempre he estado vinculada a ellas, incluso cuando me incorporé en 2008 a mi actual destino, el IES La Azucarera, de Zaragoza, un centro muy activo, innovador y humano.

De tus investigaciones, ¿cuáles destacarías?

Siempre he compaginado las clases en el instituto con la investigación en torno a la Filología Aragonesa. Al terminar la tesis doctoral sobre el aragonés del valle de Ansó, que me dirigió José M.ª Enguita, me di cuenta de que, en la bibliografía, nunca aparecían autoras antes de los años 70 del pasado siglo. Esa ausencia me llevó a investigar si hubo estudiosas de las lenguas propias de Aragón antes de esa fecha. En cierta manera, necesitaba explicarme a mí misma y encontrar referentes femeninos anteriores. Y, así, fui descubriendo a Josefa Massanés –con ayuda de Óscar Latas–, redactora de un ‘Diccionario de voces aragonesas’ y quizá la primera lexicógrafa del mundo hispánico; a Áurea Javierre, la primera doctora aragonesa; a María Moliner, la autora del mejor diccionario de la lengua castellana; a la propia Luzía Dueso, la primera escritora en aragonés desde el siglo XVII…

"Siempre he compaginado las clases en el instituto con la investigación en torno a la Filología Aragonesa"

¿María Moliner supuso un antes y un después en tu manera de entender la investigación?

María Moliner fue para mí un referente desde muy joven. Recuerdo con cariño que su ‘Diccionario de uso del español’ fue el regalo que me hicieron mis padres al terminar el primer año de Filología Hispánica. Descubrir que trabajó como secretaria del Estudio de Filología de Aragón, dirigido por Juan Moneva y patrocinado por la Diputación Provincial de Zaragoza, y que colaboró en la formación del ‘Diccionario aragonés’ de aquella entidad fue una de las mayores alegrías que he tenido como investigadora.

Actualmente trabajas en la Dirección General de Política Lingüística. ¿En qué consiste tu trabajo?

No es tanto un trabajo individual como un trabajo compartido con los compañeros y compañeras que la forman, bajo el incansable tesón y la ilusión del director general, José Ignacio López Susín. Ahora bien, como docente, me ocupo con otro compañero de las cuestiones relacionadas con la educación y la enseñanza del aragonés.

¿Cómo empezó tu compromiso con el aragonés?

Empezó con aquellas primeras palabras en aragonés que escuché en Javierre de Ara, en Sobrarbe, y que me llevé, junto con todos los recuerdos a los que no pude volver, cuando mis abuelos marcharon de allí. Es un compromiso vital con la tierra y con su patrimonio, en especial, con ese patrimonio material y lingüístico.

Mujeres contra viento y marea

Hay una forma de investigar que no tiene que ver con la carrera profesional, con el currículum personal, con las acreditaciones ni con ningún otro sentido práctico o utilitario de la vida. A veces alguien hace de la investigación parte de su existencia y entonces estudia y trabaja como respira, como pasea o como bebe agua fresca cuando tiene sed. Necesita investigar para entenderse y para explicarse, para encontrar su sitio en el mundo. Para tener referentes, para pensar que no está solo, que antes que él otras personas tuvieron afanes parecidos. Entonces, uno trabaja, investiga y piensa como parte de un compromiso libremente asumido con la tierra, con la historia y con la gente. Es simplemente una manera de estar en el territorio en el que uno ha nacido, en el lugar en el que descansan las personas que amó y que sigue amando todavía. Cuando descubrimos que somos en un paisaje, en unas palabras, en nuestra manera de jugar cuando éramos niños, en nuestro modo de relacionarnos y de encontrarnos es imposible no amar y no defender lo que tenemos más cerca.

Quizá hay cosas que se entienden mejor cuando se es mujer porque es necesario ser paciente como solo lo son las mujeres. Es preciso tener fe, esa fe con la que creían en nosotros nuestras abuelas. Es necesario reunir la calma de quien sabe que el tiempo todo lo cura, menos lo que no tiene remedio, claro, y de eso no hay que preocuparse demasiado. Ser mujer contra viento y marea, defensoras del mundo pequeño en el que vivían. Mujeres en mundos de hombres. Mujeres fieles a sí mismas. Mujeres silenciosas y silenciadas. Mujeres que, sin embargo, no callaron, que rompieron el cerco del miedo. Mujeres que nos guardaron las palabras y la memoria, que siempre se deposita en ellas. Mujeres de férrea voluntad. Mujeres que sostienen el mundo. Mujeres que contaban cuentos para para suavizar la vida. Mujeres que hicieron diccionarios. Mujeres de setenta veces siete. Mujeres solidaridad. Mujeres memoria. Mujeres mañana. Mujeres esperanza. Mujeres patria. Mujeres.

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