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Historias de innovación, en carne y hueso

El velcro, aprendiendo de la madre naturaleza

Copiar buenas ideas funciona. Y si la naturaleza ha dado con una solución que perdura en el tiempo, emularla es ir por buen camino. Así lo hizo Georges de Mestral, quien, para inventar el velcro –dos tiras de tela que se adhieren por contacto–, se inspiró en unas semillas pegadas a la piel de su perro tras un paseo por los Alpes de su Suiza natal.

Ángel Gavín 01/12/2018 a las 05:00
Arctium lappa, especie denominada comúnmente lampazo o bardanaPethan

Una de las formas más antiguas que tiene el ser humano para innovar es copiar a los demás. Alguien tiene una buena idea y a otro se le ocurre adaptarla a otro contexto que no ha sido explorado. Así, John Shepherd-Barron inventó el primer cajero automático inspirado por las máquinas dispensadoras de chocolatinas. ¿Por qué no copiar entonces a quién más tiempo lleva inventando cosas que funcionan: la madre naturaleza? Cuatro mil millones de años dan para mucho. Un paseo por el campo con su perro y unas semillas adheridas a la piel del animal inspiraron a Georges de Mestral en la invención del velcro. Bienvenidos a la biomimesis.

Paseo, caza y curiosidad

Georges de Mestral nació en Suiza en 1905. De mente despierta, de pequeño ya apuntaba maneras como inventor. Con tan solo 12 años inventó y patentó un avión de juguete. Al finalizar sus estudios, empezó a trabajar en una empresa de ingeniería.

Su gran afición era salir a pasear y cazar con su perro. En 1941, al regresar de uno de esos paseos por los Alpes suizos, observó los frutos de bardana adheridos a la piel de su perro y de sus pantalones. La inmensa mayoría de la gente se hubiera limitado a quitarlos de ropa y animal, pero Georges de Mestral sintió curiosidad por saber cómo era posible que la bardana quedara de manera tan efectiva pegada a la piel del perro.

En algún momento, hace millones de años, la madre naturaleza decidió que una buena forma de polinizar y dispersar las semillas de las plantas era hacer que estas se adhirieran a la piel de los animales por contacto, haciendo que estos las transportaran de un lugar a otro (seguro que te ha pasado alguna vez paseando por el campo). Unas de esas bolas de bardana no consiguieron su fin, pero terminaron bajo el curioso microscopio de Georges de Mestral.

Efectivamente, De Mestral observó en las bolas miles de pequeños ganchos que se agarraban de manera muy eficiente a casi cualquier tejido (y a la piel de los animales). Enseguida se dio cuenta del enorme potencial de este mecanismo: reproducir esta idea en algún tejido sintético permitiría otra forma de abrochar cosas, como alternativa a cremalleras, botones o a coser.

Su idea consistía en disponer, por un lado, una tira de tejido con minúsculos ganchos (como los de la bardana) y, por otro, de otra con pequeños lazos para conseguir la adhesión deseada. Dio a su invento el nombre de velcro, combinación de las primeras sílabas de las palabras francesas ‘velour’ (terciopelo) y ‘crochet’ (gancho).

El difícil camino de la innovación

Si tener la idea puede ser complicado, llevarla a la práctica lo es aún más. ¿Cómo conseguir dichos tejidos?

Para empezar, como suele suceder con las grandes ideas, la gente no tomó en serio la De Mestral. Llevó su idea a Lyon, por entonces ciudad referencia en la producción de tejidos. Allí consiguió la ayuda de un tejedor que, usando dos tiras de algodón, resolvió el problema. Sin embargo el algodón se desgastaba muy rápidamente, y no era una opción válida. Optó entonces por el nailon tras observar, por ensayo y error, que este forma los deseados ganchos cuando se trata con luz infrarroja caliente.

Todavía le quedaba saber cómo mecanizar el proceso y, por supuesto, hacer el lado de los lazos. Descubrió que el hilo de nailon, cuando se teje en bucles y se trata térmicamente, conserva su forma y es elástico. El proceso no estaba exento de dificultades y, cuando ya estaba a punto de rendirse, encontró la solución.

Astronautas al rescate

¿Prueba superada? Todavía no. Lograr el proceso que le permitiría mecanizar todo el proceso le llevó ¡10 años! Finalmente registró la patente del velcro en 1951, quedando concedida cuatro años más tarde.

Georges de Mestral estaba plenamente convencido del éxito de su invento. Fundó una empresa para fabricarlo y comercializarlo en diferentes ciudades de Europa y Estados Unidos. Sin embargo no obtuvo el éxito esperado. Las industrias textiles y la moda no acogieron con entusiasmo la idea, en parte porque su aspecto visual no era el más adecuado (parecía hecho de retazos de tejidos baratos).

El espaldarazo vendría del sector espacial, ya que se empezó a usar en los trajes de los astronautas (permitiéndoles una forma más sencilla de desenvolverse con ellos). Rápidamente, y por los mismos motivos, se adoptó en las vestimentas de esquiadores y buceadores. Y de ahí a la fama internacional.

La patente expiró en 1978, pese a los intentos infructuosos de De Mestral en renovarla.

Lecciones aprendidas

Inspiración Observar cómo resuelve la madre naturaleza los problemas a los que se enfrenta es una fuente inagotable de inspiración que ha llevado a inventar la cinta adhesiva reutilizable o los bañadores de alta competición.

De la idea a la producción Pasar de la idea al laboratorio y de este a la mecanización no es una labor sencilla. Requiere de muchos años y esfuerzo y es parte de la innovación misma.

Nichos inesperados El éxito de las ideas puede venir por su adopción en nichos de usuarios no esperados (como los trajes de los astronautas), que pueden servir de catalizador del éxito del producto.

No rendirse Persistencia y fe en lo que uno hace. Diez años pasaron desde que Georges de Mestral concibió la idea hasta que fue capaz de fabricarla. Muchos se hubieran rendido por el camino.

Ángel Gavín Autor del blog ‘El Miracielos’ 

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