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Tercer Milenio

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Política, mentiras y la ciencia del engaño

Probablemente, nuestra especie empezó a mentir poco después de que apareciera el lenguaje. ¿Aprendemos a mentir o es una capacidad innata?

Nuestra especie es social y mentir es un comportamiento humano inseparable de esta característica
Kygp

Los recientes casos de dirigentes políticos con currículos inflados o másteres de dudosa existencia son un ejemplo más de un tipo de engaño más habitual de lo que podríamos imaginar, pero que no es exclusivo de nuestra clase política. Este tipo de mentira tiene como objetivo para su emisor obtener un beneficio, ya sea en forma de más poder, dinero o de una mejor percepción por parte de aquellos que les rodean. Y podría tener un sustrato biológico.

Nuestra especie es social y mentir es un comportamiento humano inseparable de esta característica. Mentimos para acceder al poder dentro del grupo, para protegernos, para promocionarnos, ganar notoriedad, para tener acceso a más recursos o a más bienestar… pero también mentimos, de forma altruista, en beneficio de otras personas.

La mentira está arraigada en las sociedades humanas desde hace decenas o centenares de miles de años. Probablemente, nuestra especie empezó a mentir poco después de que apareciera el lenguaje. Las mentiras permitían manipular la voluntad de otros miembros del grupo sin necesidad de usar la fuerza física. De manera análoga a lo que ocurre en nuestras sociedades modernas, en las que el engaño mediante el uso de 'fake news', o noticias falsas, permite a determinados individuos asaltar el poder o mantenerse en él sin recurrir al ejército.

Puestos a especular, podríamos suponer que para nuestros ancestros las mentiras representaban una ventaja adaptativa —tanto para el individuo como para el grupo— y que, por ello, los mecanismos neuronales que utilizamos para el engaño se debieron de seleccionar positivamente de la misma forma que, en otras especies animales, se han seleccionado estrategias de engaño como, por ejemplo, el camuflaje. Puede que quien hubiera perfeccionado la capacidad de mentir tuviera un mayor acceso al alimento y a parejas reproductivas, y que eso redundara también en tener una mayor descendencia.

¿Aprendemos a mentir o poseemos esta capacidad de forma innata, codificada en nuestro ADN? Posiblemente la respuesta se encuentre a medio camino: por selección natural se han fijado en nuestro ADN las instrucciones para que, durante el desarrollo de nuestro cerebro, se puedan establecer unas determinadas conexiones neuronales que son las que nos permiten que aprendamos a mentir. Aún así, más allá del sustrato biológico, este comportamiento tiene un componente cultural y, como tal, se puede aprender e incluso perfeccionar.

¿A qué edad comenzamos a mentir?

Empezamos a mentir entre los 2 y los 5 años. Y la aparición de este comportamiento forma parte del desarrollo cerebral y cognitivo normal de los niños, del mismo modo que lo son el hecho de andar o el desarrollo del habla. El equipo del psicólogo Kang Lee de la Universidad de Toronto ha estudiado cómo se originan las mentiras en los niños y cómo se van sofisticando a medida que crecemos.

Lee y sus colaboradores usan un experimento de resistencia a la tentación. Ocultan un juguete y les piden a los niños que adivinen de qué se trata a partir de una pista sonora; las primeras son evidentes: un maullido para un gato, un ladrido para un perro. Después, las pistas ya nada tienen que ver con el objeto: por ejemplo, música clásica para un coche. En ese punto el psicólogo abandona la habitación con la excusa de responder a una falsa llamada, pero antes indica a los niños que está prohibido que echen un vistazo al juguete. Una cámara registra como la mayoría de los niños no pueden resistirse a la tentación de mirar y, cuando el investigador vuelve, les pregunta si lo han hecho o no.

Con experimentos este tipo se ha visto que solo un 30% de los niños de 2 años mienten, mientras que el porcentaje aumenta al 50% en los de 3. Y es a partir de los 4-5 años, que la mayoría (el 80%) mienten y este porcentaje se mantiene hasta la mitad de la infancia. Con la edad las mentiras también se sofistican: los más pequeños se delatan enseguida porque cuando se les pregunta por el objeto fácilmente se les escapa de qué juguete se trata. En cambio, los de 8 años tratan de enmascarar su engaño con una respuesta falsa o pretendiendo que su respuesta correcta sobre la naturaleza del objeto se basa en una buena conjetura.

Las mentiras se hacen más complejas a medida que se produce el desarrollo cerebral del niño; es importante el desarrollo de la función ejecutiva del cerebro: el conjunto de procesos cognitivos necesarios para el control de nuestro comportamiento y para la planificación. Los psicólogos consideran que las mentiras son un acto de habla que se rige por componentes como la intencionalidad y la convencionalidad. El primero se refiere a la capacidad que adquirimos para comprender nuestro propio estado mental y el de otras personas (creencias, intenciones, deseos, emociones, conocimientos). Es lo que se conoce como teoría de la mente. Mientras que el segundo hace referencia a las normas sociales que rigen la conversación y que pueden ser distintas según la cultura. Por ejemplo, existen mentiras piadosas que son aceptables en determinados contextos, como ser cortés al recibir un regalo aunque no nos haya gustado.

Los mentirosos compulsivos ¿nacen o se hacen?

Y ¿qué pasa con los mentirosos compulsivos? ¿Son sus cerebros distintos a los de las personas honestas? Yaling Yang y colaboradores de la Universidad de Southern California compararon mediante resonancia magnética los cerebros de 12 mentirosos patológicos, 16 personas con trastorno de personalidad antisocial y 21 personas que no pertenecían a ninguno de los dos grupos anteriores, y vieron que los mentirosos presentaban un aumento del 22-26% de materia blanca en el córtex prefrontal. Este estudio relacionó por primera vez este área del cerebro con el hecho de mentir compulsivamente.

Otros estudios, que emplearon resonancia magnética funcional, llevados a cabo por Nobuhito Abe y Joshua Greene, de las universidades de Kioto y de Harvard respectivamente, mostraron que el comportamientos como la honestidad y la deshonestidad se relacionan con otra estructura cerebral, el núcleo accumbens, que está implicado en los circuitos de premio-recompensa.

Más allá del posible sustrato neural, la mentira puede inducir ciertos cambios fisiológicos transitorios como un aumento de la temperatura de la nariz o cambios en la frecuencia con la que se contrae la musculatura del estómago. Aún así, los detectores de mentiras, los polígrafos que de forma tan llamativa se emplean en populares programas de televisión, y que registran cambios en la presión arterial, la frecuencia cardíaca o la de la respiración, entre otros parámetros, carecen de validación científica.

A partir de los estudios científicos de los últimos años en relación a las bases biológicas de la mentira, podríamos imaginar un futuro distópico en el que se examinara a la clase política no solo por sus currículos (que ya hemos visto que a menudo pueden estar inflados) sino con escáneres cerebrales y otros artefactos. Con todo, seguro que apoyándose en la ciencia y la técnica algunos tramposos seguirían saliéndose con la suya.

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