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Sociedad

¿Por qué dejamos para mañana lo que podemos hacer hoy?

En ocasiones, retrasamos tanto en el tiempo esa tarea pendiente que, cuando tenemos que hacerla, nos genera un auténtico estrés por la necesidad imperiosa de terminarla.

Es conveniente ponernos una fecha límite para realizar el trabajo.
Es conveniente ponernos una fecha límite para realizar el trabajo.
Pixabay

Si tenemos que hacerlo… ¿por que nos ponemos una y mil excusas para retrasar lo inevitable? O, en otras palabras: ¿por que dejamos para mañana lo que podemos -y tenemos- que hacer hoy? Esta actitud se denomina procrastinación, que consiste, según explica Blanca Laguna, graduada en Psicología, “en postergar o posponer aquellas actividades que requieren de nuestra atención, sustituyéndolas por otras que nos resultan más entretenidas o agradables, de forma que evadimos nuestra responsabilidad de realizar esa determinada tarea al hacer otras totalmente ajenas y diferentes”. “Lo que suele ocurrir normalmente en estos casos -continúa Blanca- es que retrasamos esa tarea pendiente hasta el último momento y, claro, cuando tenemos que llevarla a cabo nos supone un auténtico estrés realizarla por la necesidad que tenemos de terminarla a tiempo”. Es lo que sucede, por ejemplo, cuando decimos: “Tengo que entregar un trabajo de literatura, pero... ya lo haré mañana” o “es importante que hablemos sobre esto, sin embargo... ya quedaremos algún que otro día”. Laguna insiste en que existen dos tipos de procrastinadores: los eventuales y los crónicos. “Los primeros -aclara Blanca-, tienen esta actitud procrastinadora de vez en cuando; sin embargo, los segundos, procrastinan constante y repetidamente en el tiempo; para ellos procrastinar es algo habitual y, por lo general, suelen ser personas que presentan adicciones a las redes sociales, a la televisión o al ordenador”. Si el problema es crónico, Blanca aconseja tratar esa adicción; y si es eventual, a continuación, nos propone unas pautas o consejos para superarlo.

Conocernos a nosotros mismos. En primer lugar, debemos conocernos bien a nosotros mismos, saber qué tipo de tareas solemos dejar para el final, cuáles son las que menos nos gustan y ser conscientes del porqué. Metas y fechas límite. Es conveniente establecerte una meta de lo que queremos conseguir y ponernos una fecha límite para llevarlo a cabo. Girar el pensamiento. Sería interesante que comenzáramos a cambiar nuestro pensamiento. En vez de pensar: “Qué aburrimiento, tengo que fregar los platos», podemos girar ese pensamiento a: "Quiero fregar los platos cuanto antes para no tener que pensar más en ello y acabar pronto". Ahora, siempre, ahora. El momento perfecto siempre es: ahora. Lo mejor es realizar -o al menos comenzar- la tarea cuanto antes. Muchas veces, lo que más nos cuesta es empezar a ponernos a hacer algo; sin embargo, una vez que nos hemos metido en faena, nos resulta mucho más sencillo acabarlo. Eliminar las distracciones. Tenemos que eliminar cualquier distracción que nos pueda tentar a dejar de hacer esa tarea o a no empezarla. Apagar la televisión, el ordenador y poner el móvil en silencio son pequeños gestos que pueden evitar que nos ‘perdamos’ en lo que tenemos que hacer. Y al final... la recompensa. Y cuando hayamos terminado la tarea: una recompensa. No hay que ser demasiado autoexigentes con nosotros mismos; aunque sean labores cotidianas, como lavar los platos, una vez terminadas, podemos agradecérnoslo pensando: "Qué bien... ya he terminado". Además, también podemos combinar las tareas más tediosas con cosas que nos gusten, como, por ejemplo, acompañándolas con  música.

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