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Tercer Milenio

José Manuel Sánchez Ron: «La ciencia da más poder que el que ella tiene»

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José Manuel Sánchez Ron participó en Zaragoza en el ciclo 'Conversaciones en La Aljafería'
josé manuel sánchez ron
CARLOS MUñOZ

El suyo es un caso de verdadero mestizaje cultural: un físico que se convirtió en historiador y escritor. Es catedrático de Historia de la Ciencia de la Universidad Autónoma de Madrid y miembro de la Real Academia Española. Ha publicado más de veinte libros sobre la ciencia y su historia. Actualmente prepara su tercera colaboración con Mingote, con quien forma «lo que ya es casi una ‘pareja de hecho’».

PREGUNTA Su discurso de ingreso en la Real Academia Española se titulaba ‘Elogio del mestizaje: historia, lenguaje y ciencia’. ¿Existe ‘racismo’ cultural?

RESPUESTA Aunque la palabra 'racismo' no es muy adecuada, diría que sí existe todavía ese tipo de 'racismo cultural' : el de una cultura que se mantiene apartado de la ciencia, tanto de la historia de esta,como de sus resultados, valores y problemas. Desgraciadamente, aún se escucha esa lamentable frase de «Es que yo soy de letras». En un mundo en el que la ciencia y la tecnología aparecen por todas partes, es lamentable pensar que la ciencia no forma parte de la cultura más básica; o comportarse como si así fuese.

P. ¿Se siente usted mismo en cierto modo un mestizo?

R. Sí, yo me siento un 'mestizo'. Un persona que se esfuerza por ser ciudadano tanto de los mundos tradicionalmente denominados humanísticos, como del científico y tecnológico. Y que piensa que la escritura es un magnífico instrumento para intentar integrar tales mundos, además de para transmitirlos a los demás.

P. Usted ha rastreado la relación histórica entre ciencia y poder –político, militar o económico–. ¿Cómo influye el poder político en la ciencia actual?

R. El poder político influye en la ciencia actual sobre todo en las decisiones que toma para financiar una u otra rama de la ciencia. Un ejemplo paradigmático en este sentido es la decisión que tomó el Congreso de Estados Unidos en la década de 1990, decidiendo no asignar fondos para la construcción de un acelerador de partículas –el Superacelerador Superconductor– que los físicos de altas energías estimaban esencial para progresar en su disciplina. Uno de los argumentos que utilizaron fue que esos fondos eran necesarios para los Institutos Nacionales de Salud; esto es, para la investigación biomédica.

Ahora bien, tal vez sea más importante en la actualidad la influencia que el poder económico ejerce sobre la investigación científica; el poder de las grandes corporaciones industriales (en, por ejemplo, el mundo de los medicamentos y de las comunicaciones) que financian la investigación no sólo de sus equipos de científicos sino también los de grupos universitarios.

P. ¿Cómo afectará la crisis global a la ciencia de dentro de unos años?

R. Es difícil evaluar cómo afectará la crisis global a la investigación científica de futuro próximo. Por una parte, al disponer los países de menos recursos económicos, y tener que destinar una parte importante de estos a, por ejemplo, atender a los parados, es presumible que prestarán menos atención a la ciencia. Por otra parte, también es posible que se esfuercen en fomentar la investigación científica, si es que ven en ella un medio de generar riqueza.

El caso de España es significativo. Las buenas intenciones del Gobierno presidido por el señor Rodríguez Zapatero, que prometió aumentos importantes en el porcentaje del PIB para I+D, parecen haber sucumbido, o casi, ante la crisis. Y es que es muy difícil combatir el paro, pagar los intereses de la deuda pública y también dedicar recursos importantes a I+D.

En cuanto a la iniciativa privada, la casuística ahí es prácticamente infinita, pero también sufrirá.

P. La aproximación actual entre ciencia y empresa, ¿da más poder a la ciencia o se lo quita?

R. Yo sostengo que la ciencia da más poder que el que ella tiene. Y esto vale tanto para la relación de la ciencia con el poder político como el económico-industrial. A la postre son los políticos o los dueños de las empresas los que controlan el poder asociado a los productos científicos. Este es un tema que he explorado en dos libros míos: 'El poder de la ciencia' (Crítica) y 'Ciencia, política y poder: Napoleón, Hitler, Stalin y Eisenhower' (Fundación BBVA).

P. Vivimos un momento -crisis económica, auge del fanatismo religioso, cambio climático en el horizonte...- en que empieza a dudarse de que nuestros hijos vayan a vivir mejor que nosotros. Podemos pensar que la ciencia nos impulsa en una dirección de progreso constante, pero ¿es falsa esa idea de progreso sin fin? ¿Deberíamos ser más conscientes de que esa línea ascendente no es una ley, que depende de nosotros, como sociedad, que avancemos? ¿Qué luz puede aportarnos a este respecto la historia de la ciencia?

R. Históricamente, la investigación científica siempre ha terminado abriendo posibilidades que permitían 'progresar”' vivir mejor, más tiempo, tener más posibilidades de acceder a bienes de muy diversa naturaleza. Ahora bien, desde mi punto de vista es un error pensar que la ciencia puede resolver todos los problemas que surgen. Posiblemente no pueda, por ejemplo, encontrar fuentes de energía suficientes para que continuemos despilfarrándola. No es ocioso recordar que el avance de la ciencia es también descubrir límites: no podemos viajar más rápido que la luz, existen límites de tamaños y de localizaciones (principio de incertidumbre de Heisenberg), la energía es constante, pero su 'calidad' se degrada (principio de crecimiento de la entropía). Si nos empeñamos en continuar con el modo de vida que los países más desarrollados llevan, si la población mundial continúa creciendo, entonces no miremos a la ciencia como la panacea universal. En otras palabras, el crecimiento puede ser infinito, el progreso tiene un tope. Más que en continuar creciendo, en ser cada vez más ricos, lo que habría que pensar es en distribuir la riqueza que ahora existe.

P. Estamos en el Año Internacional de la Química. Como autor de una biografía de Marie Curie, ¿qué rasgo de su carácter destacaría?

R. De Marie Curie yo destacaría sobre todo su voluntad. Como científica no tuvo la talla no ya de un Einstein, sino ni siquiera de otros como, por ejemplo, Pauli, Bethe o Feynman. Sin embargo, su contribución a la ciencia fue importante, porque identificó problemas interesantes (la radiactividad), dedicándose a ellos con entusiasmo y fuerza de voluntad (también, evidentemente, con inteligencia).

P. El español como lengua de comunicación de la ciencia tiene, a día de hoy, poco que hacer frente al inglés. ¿Tiene remedio? ¿Es culpa del sistema? ¿Deberían las Administraciones tener en mayor consideración los artículos publicados en revistas científicas de referencia en español?

R. Es difícil combatir la omnipresencia del inglés en el mundo científico. Es el vehículo universal para que los científicos, sean de país que sean, se puedan comunicar entre sí. Por ello, la presencia del inglés constituye un beneficio para el avance de la ciencia. Ello no debería impedir, sin embargo, que la Administración favoreciese también la existencia de medios de comunicación científica para, al menos, el consumo interno (esto es, para la sociedad nacional). Por ejemplo, revistas de alta divulgación. Asimismo, las sociedades profesionales no deberían renunciar a mantener revistas de cierto nivel en las los artículos se publicasen en nuestro idioma, el español.

Habría, asimismo, que favorecer publicaciones de este tipo de ámbito panhispánico. En este punto, creo que se debería imitar la política que ha seguido la Real Academia Española (RAE) desde hace ya bastantes años: aunque la RAE desempeña un cierto liderazgo, sus publicaciones son fruto de la colaboración con las restantes Academias de la lengua hispanoamericanas.

P. ¿El diccionario de la RAE recoge bien el lenguaje científico y tecnológico o las novedades se suceden demasiado deprisa?

R. El Diccionario de la RAE procura seguir la evolución del lenguaje científico y técnico, incorporándolo a él. A tal efecto, existe una Comisión de Vocabulario Científico y Técnico (de la que yo formo parte, junto a Margarita Salas y Pedro García Barreno, los otros científicos de la Academia), que se reúne todas las semanas. La tarea es, no obstante, inmensa.

P. ¿Cómo surgió la colaboración con Mingote? ¿Preparan un próximo trabajo?

R. Un día, en la Academia, me atreví a decirle a Mingote: «Antonio, se me ha ocurrido una idea, que colmaría también un deseo mío, que te admiro mucho: ¿Querrías que hiciéramos un libro juntos?». Y Antonio contestó enseguida: «Para mí sería un honor». El honor, claro, era para mí. Pero así surgió lo que ya es casi 'una pareja de hecho'. Primero fue ¡'Viva la ciencia!', hace poco 'El mundo de Ícaro', y sí, estamos preparándonos para un tercer libro (del que me reservo decir el tema). Lo pasamos tan bien que queremos 'tripitir'. Yo, desde luego, creo que esta colaboración es uno de los regalos que me ha hecho la vida. Antonio Migote no solo es un extraordinario dibujante, sino también un hombre bueno, cariñoso y extremadamente inteligente.

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