Lobotomía electoral

Lobotomía electoral
Lobotomía electoral
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Es un rumor de fondo. Una suerte de música de ascensor. Un acompañamiento que no se cuestiona porque está ideado para que pase desapercibido. 

Cada vez hay más cosas diseñadas para que no se les preste atención: todo aséptico, aburrido, uniformado, ‘beige’... Incluso crece la nómina de boberías catódicas que se pueden seguir entre siestas, mirando el móvil o haciendo repetidas excursiones a la nevera. No pasa nada. No hay sobresaltos. A la vuelta, la trama no ha avanzado un ápice.

Parecido sucede con las campañas electorales. Siempre están presentes bajo esa ilusión de ausencia. Cuando aún faltan tres meses para las elecciones, ya se ha filtrado la salmodia de la segunda línea del tranvía y a diario recibo en el móvil 3.714 fotos de plantaciones de arbolitos.

¿Se puede permanecer ajeno a una campaña electoral? Seguro que hay fórmulas. A bote pronto se me ocurre el exilio, infalible pero inviable. Pienso en que también puedo taparme los oídos y cantar ‘lalala’ como hacen los niños caprichosos. Quedan noventaytantos días hasta los comicios, quizá se me hiciera largo.

Fantaseo con una buena lobotomía. Entiendo que perforar el cráneo tiene sus riesgos, pero la recompensa de olvidar eslóganes machacones y pegadas de carteles resulta tentadora. Como no tengo una broca a mano, se me ocurre la opción de imitar al avestruz y enterrar la cabeza bajo la tierra. Tengo curiosidad real por saber cómo lo hace y compruebo con decepción que tal imagen no es sino cliché de los dibujos animados. Esta vez, respiro aliviado. Mi flexibilidad poco tiene que ver con las de estas aves zancudas.

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