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Zaragoza se descifra

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 28/11/2022 A LAS 05:00
Las cuatro esquinas del Tubo el miércoles 9 de marzo a las 13.30 prácticamente vacías.
Zaragoza se descifra
Toni Galán

A veces cuesta explicar Zaragoza. 

Llegamos por la autovía de Madrid y como le pasó al centro comercial Plaza, fue a su altura cuando un vendaval casi nos arrasa y se nos lleva el coche. A veces da la sensación de que a Zaragoza no se llega, se aterriza. Los foráneos un día de cierzo te miran todo el rato extrañados, como esperando que les respondas en qué momento se va a caer la ciudad. Pero para eso está el Tubo, que por estrechas callejuelas y bares parapeta el viento y las preocupaciones. Tiene, eso sí, hora límite, y en uno de los garitos de cuyo nombre no quiero acordarme, recién pedido el condumio se gritó: "Cerrar la puerta y que no entre nadie más". Eran casi las cuatro de la tarde y comimos embutido mientras nos barrían los pies como si aquello fuera un exceso de estrella Michelín. Son esos detalles que alejan a los forasteros de la educación y buen humor que solemos tener los maños; lo bueno es que en la balanza siempre salimos ganando. En fin, que como nos iban a barrer, nos fuimos al Picadillo de la calle Manifestación porque resiste como bar de toda la vida y con más horario de atención al cliente que algún punto de Urgencias; condensando quizá, quién sabe, la evolución patria de un sistema donde se prefiere al cliente que al paciente.

Hay enfrente una cafetería de la que oí maravillas pero que no pudimos catar porque es de estos lugares donde la clientela no se sienta, se asienta; costumbre muy atribuida al jubilado tipo pero que ha arraigado con fuerza en el ‘hipster’. Eso nos forzó a iniciar antes el turismo, que nos llevó al Pilar y al puente de Piedra, donde la ventolera forzó la petición de clemencia y un interior. Tuvimos fortuna porque acabamos en el Sanpedro que acaba de abrir el musical Pedro Vizcaíno en comandante Repollés; un bar alegre y céntrico con una atención excelente. Antesala perfecta para visitar una Romareda que recibía al Málaga, que tuvo la generosidad de jugar con 10 y aun así, costó. Un señor, en la cola del taxi, nos habló de Los Magníficos para regatear la desazón y enviarnos al centro, donde terminamos un día feliz, helador, ventoso, de fútbol regular, embutidos, champis, vinos, cerveza, pipas con sal, ríos, puentes, callejuelas y la Virgen del Pilar. Y la certeza definitiva de que viviéndola, Zaragoza se explica sola.

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