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Ver o boicotear, ese es el dilema

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 25/11/2022 A LAS 22:00
Ver o boicotear, ese es el dilema
Ver o boicotear, ese es el dilema
Krisis'22

Albert Camus, premio Nobel de Literatura y autor de obras icónicas (desde ‘La peste’ a ‘El extranjero’), es uno de los intelectuales más influyentes del siglo XX. 

Dejó ideas memorables como que "hay causas por las que vale la pena morir, pero ninguna por la que vale la pena matar". También otras más autobiográficas: "Todo cuanto sé con mayor certeza acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol".

Es ya un clásico denostar al deporte del balón como el ‘opio del pueblo’ (con reminiscencias marxistas) y el ‘circo narcótico’ (según el ‘panem et circenses’ de la Roma clásica). Pero numerosos intelectuales como Camus o García Márquez han alabado sus virtudes y sus valores educativos. En el contexto de esta vieja disyuntiva hay que enmarcar el intenso choque argumentativo que estos días está generando el Mundial de Catar.

Fútbol es deporte, juego, épica, emoción… y es también dinero, corrupción y debate
ético

Hay consenso sobre dos hechos centrales. Primero, que el emirato es una autocracia sin libertades (ni siquiera para tomar una cerveza), en la que los partidos y sindicatos están prohibidos, en la que la religión es ley y que ha empleado mano de obra en condiciones de semiesclavitud para la construcción de los estadios. Segundo, que la adjudicación de este campeonato es una muestra más de la corrupción que reina en el plutocrático organismo que gobierna el fútbol a nivel mundial, reconocida por la propia FIFA, y de la falta de ética del fútbol profesional. A partir de ahí surgen dos posturas opuestas sobre si hay que seguir o no el Mundial. ¿Es moralmente reprobable ver los partidos?

Por una parte, están los que consideran que, aunque los aficionados no son responsables de la violación de los derechos humanos en un país, cuando siguen la competición dan una ‘aprobación tácita’ a los abusos y participan así en el blanqueo del régimen. Por otra, están aquellos que, aun rechazando la corrupción y la miseria moral del sistema, creen que no hay que mezclar la política con la diversión de ver un encuentro junto a los amigos. Además, piensan que un gesto aislado no va a tener ningún efecto sobre las autoridades cataríes; solo tendría fuerza un boicot masivo.

El debate ha adquirido un gran eco porque vivimos en un mundo globalizado e inmerso en la ‘civilización del espectáculo’ (Vargas Llosa). Eso hace que muchos millones de telespectadores en todo el mundo ignoren la controversia ética porque solo les mueve el entretenimiento. Sin embargo, una parte de la ciudadanía sí que se siente interpelada por los dictadores que intentan normalizar sus tiranías organizando grandes eventos deportivos. Por eso tienen tanta repercusión algunos gestos como la foto de la selección de Alemania con los jugadores tapándose la boca en señal de protesta contra la FIFA.

El Mundial de Catar aviva la polémica sobre si es correcto seguir espectáculos
organizados por dictaduras que sistemáticamente violan los derechos de las personas

Dentro de 23 días terminará el Mundial sin que la discusión se haya dirimido, pero al menos quedará el debate y las reprobaciones al régimen catarí y la corrupta FIFA. La deliberación en torno a cuestiones éticas mantiene vivo el objetivo de intentar crear estructuras socio-políticas mejores, más libres y más justas para todos.

Seguir el Mundial, tanto los partidos como lo que ocurre alrededor del torneo puede ser moralmente positivo si se mantiene una actitud crítica. Observar los encuentros no supone justificar la autocracia catarí. Lo explicó Hannah Arendt al presentar una de sus obras mayores, ‘Los orígenes del totalitarismo’ (1951): "Este libro es un intento por comprender lo que, en un primer vistazo, e incluso en un segundo, parecía simplemente afrentoso. La comprensión, sin embargo, no significa negar la afrenta".

Observar, sea cómo se origina un régimen autoritario o cómo se desarrolla una competición deportiva organizada por una feroz dictadura, ayuda a comprender lo que ocurre. Pero comprender no es asumir esa barbarie ni legitimar el blanqueamiento deportivo.

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