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Inés Arrimadas

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 03/11/2022 A LAS 05:00
Inés Arrimadas
Inés Arrimadas
Efe

Recuerdan ustedes ‘El Piyayo’, aquel poema-monólogo de nuestros tiempos escolares que dedicó Juan Carlos de Luna a un pintoresco personaje del flamenco malagueño?

Recordarán el estribillo con que terminaba cada rimero de versos: "A mí me da pena… y me causa un respeto imponente". Eso es lo mismo que me ocurre a mí cuando me pongo a pensar en la persona de Inés Arrimadas, una de las figuras políticas a mi juicio más valiosas que han pasado por el escenario político español en los últimos años, a la que la maledicencia de los cenáculos, los medios y las encuestas están condenando a la desaparición: que me da pena y me causa un respeto imponente.

Inés Arrimadas ha sido esa mujer valiosa, aguerrida, valiente y preparada que tuvo la desdicha de heredar el partido liderado por el espantadizo Albert Rivera. Ciudadanos cautivó a millones de españoles y españolas sensatos, moderados y centristas; gente joven, de perfil urbano y con evidente función más de bisagra que de mayoría gobernante, lo que no supo entender Rivera. Supo reunir excelentes personalidades a su alrededor a las que defraudó su posiblemente inexperto y evanescente liderazgo y, tras su fuga, dejó aquel prometedor partido en las manos de una dama de apariencia delicada pero dotada de una fortaleza personal y humana y de unas cualidades políticas de primer orden, de modo que ha sabido mantener bien alta la bandera y el discurso del desfalleciente partido que en su día fue Ciudadanos. Por eso Inés Arrimadas me da pena y me causa un respeto imponente.

Inés Arrimadas, que heredó el liderazgo de Ciudadanos cuando Albert Rivera
dio la espantada, tiene unas cualidades políticas de primer orden, y sería
una pena que se quedase fuera del Congreso de los Diputados

Las encuestas no le son precisamente favorables, relegando a su formación bien a la desaparición bien a una mínima e irrelevante presencia en el parlamento. Y cuando pienso en la calidad guerrillera de Inés y en la potencia dialéctica de alguno de sus colaboradores inmediatos, como el abogado del Estado Edmundo Bal, me parece que su ausencia, si se produce como consecuencia de las próximas elecciones generales, va a dejar huérfano a un Congreso de los Diputados tan necesitado de sentido común, de valor de denuncia, de claridad de ideas y de discursos atemperados, exigentes y críticos. Por eso me da pena.

No sé si podemos permitirnos el lujo de perder a estas gentes tan valiosas, arrojándolas al ostracismo político por la mala cabeza de quienes han desprestigiado a sus formaciones políticas. Por lo que, al menos a mí, me gustaría que encontraran el caladero de votos suficientes para mantenerlos en la primera línea de la acción política o que encuentren acogida en alguna otra formación a la que sin duda aportarían frescura y aires liberales.

Me descubro ante la energía y los valores positivos de esta señora que es Inés Arrimadas, a la que me gustaría seguir viendo y oyendo en un parlamento tan lánguido y aburrido. Por eso, por la viveza de su discurso, la señora Arrimadas me produce también un respeto imponente. Mucho más que el de esos otros portavoces chamarileros e hipócritas que pueblan lamentablemente nuestro Congreso de los Diputados

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