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el mirador

‘Tot per la pàtria?’

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 09/10/2022 A LAS 05:00
El presidente de la Generalitat, Pere Aragonés (c), el vicepresidente y conseller de Políticas Digitals, Jordi Puignero y la consellera de Presidncia, Laura Vilagra, a su llegada a la reunión semanal del Govern este martes en el Palau del la Generalitat, en vísperas de que se reactive la mesa de diálogo.
'Tot per la pàtria?'
Enric Fontcuberta

Un tal Puigneró ha sido destituido, a causa de su deslealtad, por el presidente separatista de Cataluña. 

El tal Puigneró llama a España ‘Españistán’ y dice que Castilla antes y España luego manipularon la historia: "Nosotros los catalanes, descubrimos América". Ese rencor suyo exige una gran capacidad de renuncia al raciocinio. Típica de los nietos políticos de Pujol, hijos de Mas y secuaces de Puigdemont.

Puigneró quiere que el ‘Govern’ del que acaba de ser expulsado se ocupe solo de los asuntos menudos, porque las grandes líneas estratégicas de la República Imaginaria de Cataluña deben quedar para el genio de Waterloo (no me refiero al oxidado milord Wellesley, duque de Wellington, sino al genuino y actual).

Puigdemont y Puigneró lograrán ganar memoria (local) imperecedera, como el estrafalario Francesc Macià, capitán Araña de la risible invasión de España en 1926. Y acabarán venciendo en irrelevancia al desdichado Lluìs Companys. Este, antes de ser heroificado por su inútil y torpe fusilamiento en 1940, le había sucedido lo que a Charlot en ‘Tiempos modernos’: se encontró al frente de un movimiento obrero y revolucionario que le causaba pavor y cuyos dirigentes lo despreciaban... porque lo conocían.

Puigdemont no quiere quedar a la zaga de ninguno de sus predecesores, incluidos Pujol y Mas. Olvida que fue sacado de las sombras por los antisistema para quitarse de encima a los vástagos más torpes del pujolismo y quiere redimirse con gesticulaciones. Hace ahora cinco años llamó golpista a Felipe VI, tras oír su discurso antigolpista del 3 de octubre de 2017.

En esa pieza, sobria y clara, el jefe del Estado subrayó que el ‘Govern’ y su coalición separatista había tensado en demasía el desafío a la legalidad. Hizo diana. Había llegado al máximo una tendencia amagada por los gobiernos tripartitos que inventó el PSC de un Maragall desequilibrado que fue capaz de comprar la voluntad de Rodríguez Zapatero en beneficio mutuo. Caro lo hemos pagado todos.

Felipe VI acusó a aquellos políticos de estar violando la Constitución y el Estatuto catalán "de una manera reiterada, consciente y deliberada" y de venir vulnerando "de manera sistemática" las leyes legítimamente vigentes, con "deslealtad inadmisible hacia los poderes del Estado". Fracasados los golpistas y puesta en evidencia la condición apocada y mojigata del Gobierno, alguien con sentido del Estado tenía que dar cuenta pública de lo que estaba sucediendo, llamando a las cosas por su nombre y enunciando sintéticamente los hechos reales y sus protagonistas.

Puigdemont calificaba esta actitud de golpista. Desde hacía unas fechas, ya era un fantoche político. Por si alguien lo dudaba, el hombre, elegido como relevo del declinante Artur Mas por los decisivos votos de sus enemigos antisistema –los mismos que prohibirían a Torra (¿recuerdan a Torra?) mencionar siquiera al prehistórico Cambó en el ‘Parlament’–, había creado y suspendido, en cuestión de segundos, un estado republicano irreal –ni siquiera de papel–, propio de la Commedia dell’Arte, basada en la repentización y las morcillas actorales. Visto y no visto. Y televisado en directo. Como número de demiurgo prestímano no se recuerda cosa igual. Y alguien así llama golpista al discurso del rey: "Han quebrantado los principios democráticos de todo Estado de Derecho y han socavado la armonía y la convivencia en la propia sociedad catalana, llegando ─desgraciadamente─ a dividirla. Hoy la sociedad catalana está fracturada y enfrentada".

Los líderes del separatismo catalán ganan una fama efímera por su incapacidad comprobable para conseguir sus fines y por lo poco que duran desde hace unos años

Javier Marías lo dijo: "Si yo fuese catalán, tendría pánico. La Cataluña separada de España tendría que optar entre CiU y ERC".

Josep Pla, la mejor pluma catalana del siglo XX, tampoco se quedó corto. Era antirrepublicano de siempre y no varió su posición durante la II República. Pensaba que sus errores acarrearon la horrible guerra civil. Huyó a Francia para salvarse y los separatistas lo calificaron de espía fascista a sueldo del oscuro Juan March. Espada ha dicho de Pla que era un conservador inteligente y partidario del orden y también de la libertad. Pujol y Porcel lo echaron de ‘Destino’, semanario de cuna falangista que, gracias a él, no lo siguió siendo. Pla detestaba los totalitarismos y por eso le fue mal. A este hombre, que fumaba ‘Ideales’, bebía whisky y ayudó a camuflar judíos, la inquisición patriótica llamada Òmnium Cultural le negó el ‘Premi d’Honor de les Lletres Catalanes’: la inquina es su naturaleza histórica. Ridruejo (castellano) y De Ros (su esposa catalana) lo tradujeron al español.

Puede sospecharse que su apego a Tarradellas, bestia negra de Pujol, causó su despido en ‘Destino’. Por lo mismo –ceguera soberbiosa–, se van ahora los tardopujolistas del ‘Govern’, en busca del honor perdido. Sánchez e Illa tenderán con rapidez la mano a Esquerra. Nadie lo dude: els uns i els altres ho fan tot per la pàtria.

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