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Cartas: El chorlitejo patinegro en Comarruga

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  • Cartas al Director
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 25/08/2022 A LAS 05:00
Playa de Comarruga.
Playa de Comarruga.
José Carlos León / HERALDO

Si no conocen la playa de Comarruga, imagínense un extenso arenal de varios kilómetros; por un lado, el más cercano al paseo, crecen juncos entre hierbas y matas pinchosas que cada año se apoderan de más espacio de arena, nada preocupante ante el inmenso terreno que aún queda para las sombrillas.

 Además, el marjal es un sitio de cría del chorlitejo patinegro o ‘corriol camanegre’, avecilla amenazada, de la que se nos avisa en carteles que solo quedan un centenar de parejas en la costa catalana. Los turistas cargados de nuestras hamacas vemos la curiosa indicación y seguimos acercándonos a la orilla con cuidado de no pisar el espacio del susodicho pajarito, lleno de puntiagudas semillas. Este año, y pegadito a ese marjal, han levantado en la playa una carpa para un evento musical, con todo el trajín que esos macroconciertos acarrean: puestos de bocadillos y bebidas, wáteres portátiles, decibelios y luz desde las 5 de la tarde a las 3 de la madrugada durante un fin de semana. Añadan además el ambiente que quienes acostumbramos a levantarnos temprano encontrábamos por las aceras y en la playa. Tres días de descanso perdidos por las resonancias que tales ritmos dejaban en todo el litoral de Comarruga. Imagino que el chorlitejo no anidará por esas fechas, ni el búho de orejas grandes ni el charrán dormilón ni el murciélago orejudo, ni cualquier especie sensible al ruido o a la luz. Esta anécdota muestra la hipocresía de muchas actitudes ecológicas: el ayuntamiento se verá atraído por el dinero que las carpas de estos festivales dejan, y aunque dicen asegurar el control del espectáculo, se saltan a la torera cualquier compromiso ecologista y me temo, por lo que vi, de seguridad, pero en la placidez del verano es difícil que ocurran desastres. Eso debieron de pensar quienes realizan y permiten esos festivales.

Javier Fatás Cebollada zaragoza

Patinete en ristre

He salido en defensa de una señora de edad avanzada que ha cometido la gran imprudencia de llamarles la atención a tres niñatos con patinete en ristre, velocidad excesiva e infracción de tráfico por circulación prohibida, ya que a la entrada por ambos lados de la pasarela peatonal que une las calles Matías Pastor Sancho con Adolfo Aznar se quedaron muy panchos, colocaron la señal de prohibido circular a estos malditos inventos y ya está, que la cumpla el que quiera. Pues bien, la pobre señora se ha oído todas las barbaridades que se puedan imaginar. La más curiosa y menos ofensiva, «señora si le molestamos se joda y se queda en casa que es donde debería estar». Al intervenir yo, los insultos han sido para mí, con alguna amenaza de pegarme. La señora, con un enorme disgusto, me ha dado las gracias y me ha dicho, «he pasado miedo, si no es por usted creo que me hubieran pegado, muchas gracias». Todo esto me ha recordado que desde el Ayuntamiento me respondieron en una ocasión, ante una queja por este mismo motivo, lo siguiente: «Indicarle que, en lo que respecta a la actuación policial, se corrigen por parte de los agentes las infracciones que observan y cuando son requeridos para ello. Actualmente se está realizando una campaña de vigilancia de este típo de vehículos, se insta a los ciudadanos a que llamen al 092 (de pago, esto lo pongo yo) en el momento que observen cualquier infracción para, en la medida que el servicio lo permita, enviar una patrulla e intervenir según corresponda». Yo les invitaría a ustedes a que enviaran a un reportero a realizar un control de paso tanto en el lugar descrito como en el Puente de Piedra con Echegaray, donde hay una placa a derecha e izquierda que obliga a echar pie a tierra en 45 metros, verán cómo les salen las cuentas. Y eso, en este mes de agosto, que en cualquier otro el resultado sería con toda seguridad muy superior.

Luis Antonio Vallés Gascón

ZARAGOZA

Los cazadores también leen

Publicó HERALDO una carta firmada por un ciudadano que, por vivencias personales, había llegado a la conclusión de que las mujeres leen más que los hombres, según él. Y a continuación pasaba a imaginar que los hombres éramos todos cazadores y jugadores de cartas, lo que para él suponía que todos éramos unos ignorantes y energúmenos que resolvíamos las discrepancias a tiro limpio. Pues bien, yo no me imagino a pacíficos guiñoteros, por el hecho de tener afición a ese noble juego, liándose a mamporros más allá de los dialécticos admitidos en el susodicho juego. Y tampoco me imagino a los cazadores, que por cierto somos aproximadamente setecientos cincuenta mil, y de ellos trescientos treinta mil federados, utilizando la escopeta o el rifle para apoyar nuestras opiniones. Digo esto porque, a pesar del elevado número de ciudadanos cazadores, con muchas armas en sus domicilios, a penas, por no decir ninguno, se dan casos de violencia por parte de estas personas, así que ya está bien de ponernos etiquetas falsas e injuriosas con cualquier motivo. Además, los cazadores no solo leemos –yo, modesto lector, es posible que tenga más de mil libros repartidos por mi casa, con títulos que pueden ir de Kafka a Ramón y Cajal, pasando por Melville o Conrad, para llegar a nuestra fantástica Irene Vallejo–, sino que escribimos: nuestro Miguel Delibes, premio Miguel de Cervantes, es un inmejorable ejemplo; y también, el maestro Juan Mateos, Adelardo Covarsí, Juan L. Berenguer (‘El mundo de Juan Lobón’), Eduardo Figueroa, Alfonso Urquijo, Jaime de Foxá, etcétera. Por favor, dejen de demonizarnos a los cazadores, que, aunque probablemente seamos una especie a extinguir, somos también, en una sociedad abducida por nuevas costumbres, lo más próximo a un hombre libre que hoy se puede ser.

Mario Giménez Casado

Zaragoza

Los incendios y el medio rural

Han sido noticia los incendios que hemos sufrido. Al ver las noticias sobre ellos he observado al personal encargado de apagarlos, a los habitantes que han tenido que abandonar sus casas, a los voluntarios que colaboran en la logística, a los agricultores y ganaderos con sus máquinas tratando de contener las llamas y a algún político haciendo declaraciones. En mi opinión, visto lo anterior, los mejores defensores del campo, los más eficaces ecologistas, son los propios habitantes de las zonas rurales, no en vano es su vida. Por eso me sorprende que en el momento de dictar normas que les atañen se dé más valor a los que defienden un elemento rural desde la ciudad, o argumentando en la distancia doctrinas protectoras de fauna y flora. Los urbanitas no podemos imponer nuestro concepto del campo a los que en él y de él viven, de igual modo que los de las ciudades no accederíamos a que los de los pueblos nos fijaran el modo de construir nuestras calles o parques, o cómo pasear a nuestras mascotas.

Luciano Ibáñez Dobón

ZARAGOZA

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