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la columna

Pavesas

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 26/07/2022 A LAS 05:00
Pavesas
Pavesas
Pixabay

Nada más llegar a Arándiga compruebo que mis geranios han soportado los últimos calores. 

Luego me pongo a barrer las cenizas que llegaron volando procedentes del pavoroso incendio de Ateca. Imaginaba que encontraría cenizas pues sé por mi amiga Elena que llegaron hasta La Almunia, donde vive su madre. He leído que una pavesa incendiaria puede volar varios kilómetros y propagar el fuego a gran velocidad. La palabra ‘pavesa’, tan hermosa y terrible, me ha rondado por la cabeza en los últimos días. Despliego un mapa de la comarca para situarme mejor. Es probable que las cenizas provengan de Moros, cuyo término municipal ha ardido casi al cien por cien. Estuvimos allí el pasado noviembre y subrayé la preciosa descripción de Severino Pallaruelo en su guía de Aragón: "Después de regar la vega de Villalengua, el Manubles describe un meandro muy cerrado para rodear el espolón rocoso sobre el que se alza Moros. Aquí no son la fortaleza ni el templo quienes dotan a la estampa de un atractivo especial y único: son las casas, cientos de casas, altas, apretadas, terrosas, hermosísimas, arracimadas en la vertiente soleada del monte, sobre la vega estrecha de huertos y de frutales bien regados". Da la casualidad de que mi amigo Jesús es de Moros, donde vive parte de su familia. Me cuenta lo que oyó por boca de su hermano, que ha perdido su medio de vida y no sabe cómo afrontar el futuro. Y del relato visualizo con horror las colmenas que "ardían como cerillicas". Miro el montón de cenizas acumuladas en el badil, y no sé si debería guardarlas en un frasco.

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