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El mirador de verano

Palafox, hijo del ‘Sol de Milán’

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 17/07/2022 A LAS 05:00
Palafox, hijo del ‘Sol de Milán’
Palafox, hijo del ‘Sol de Milán’
Lola García

El día 30 recordó Pedro Rújula los dos siglos del alboroto militar de 1822, preludio del triunfo absolutista de Fernando VII. 

Este dio entonces a Palafox, ya famoso, el mando de sus alabarderos. Palafox es popular por una sola cosa, pero su biografía trazó muchos meandros. Tampoco es famosa su madre, Paula Melzi, llamada ‘el Sol de Milán’, dama milanesa hija de Gaspare Melzi, conde de Magenta, y de la española María Teresa Eril y Moncayo (pariente de los Pignatelli Moncayo).

Doña Paula era hermosa, según su lindísimo retrato por Francisco Bayeu, que guarda el Museo de Huesca. (Hay quien dice que es de Ferrari, pero este era artista más acartonado). Paula lleva un brazalete con la efigie de la princesa de Asturias, María Luisa de Parma, casada con Carlos de Borbón, luego Carlos IV: los reyes de España que pintaría Goya en su cuadro archifamoso. Ese retrato de pulsera, miniatura de una obra de Mengs, es una declaración de afecto y lealtad a María Luisa, de quien Paula había sido dama en la Corte. Compartían, entre otras cosas, su nacimiento en Italia y una buena educación.

Palafox estaba prendado de su madre, a la que describe con arrobo: "Era hermosísima. Desde su llegada a España se llevó tras sí todas las atenciones y en Madrid mismo, en el centro de una corte tan brillante, fue el asombro de todos por su hermosura y sus gracias". Le había dedicado versos infantiles muy simplones (aunque estaban corregidos por su preceptor, el escolapio Basilio Boggiero). También retrató cuando niño a Don Basilio, a quien dibujó con rostro regordete.

Como a todos los aristócratas de cuna, desde chico le ocupó su ascendencia. Hizo –sigo aquí a Serrano Montalvo– "un árbol genealógico muy grande, con colores verde, sepia y rojo, que lleva esta inscripción: Árbol de la unión de las casas Palafox y Melzi contando 10 generaciones, por José de Palafox. Año 1796". Tenía veinte años cumplidos, pues nació el 28 de octubre de 1775 y había sido bautizado en la Seo.

Su padre, Juan Felipe Rebolledo de Palafox, navarro de Estella, era marqués de Lazán. Palafox presumía de progenitor robusto: su constitución y su vida arreglada le "habían llevado hasta la edad de 75 años sin un dolor de cabeza ni ningún género de sufrimiento".

La delicada belleza de Paula de Melzi y Eril, madre de los hermanos Palafox, la acredita el retrato que guarda el Museo de Huesca y da fe de que su hijo José no la exageró

José García Mercadal

Palafox, en los últimos años, no ha tenido buena prensa historiográfica, pero aquí no se trata de eso, sino de recordar que estos y otros muchos detalles los conocemos gracias al desvelo generoso y a la agudeza letrada del gran periodista que fue José García Mercadal, hermano del excelente arquitecto Fernando.

Fue en el verano de 1919. Don José –Pepe Mercadal, para sus amigos de entonces–, que frisaba los treinta y cinco años y estaba en su madurez primera, supo encontrar en Madrid treinta cajas llenas de papeles, reunidos en doscientos legajos, que identificó como procedentes en su totalidad de la casa del general Palafox en la capital de España. Las encontró durante sus agudas rebuscas, curioseando en un librero de viejo que tenía tienda cerca del Teatro Eslava, junto a la iglesia de San Ginés. La tienda sigue hoy en esa plazuela y expone su mercancía en la calle, bajo unos curiosos tejadillos. Un duque de Zaragoza, descendiente (a lo que parece, poco estimable, por suerte para nosotros) de los Rebolledo los vendió de saldo al librero y este pidió dos mil duros, que Pepe Mercadal no tenía ni de lejos. El escritor, "deslumbrado por tanta maravilla", pero agobiado, pues supo de otros compradores potenciales, contó el caso al alcalde Pablo Calvo, un farmacéutico amante de la historia.

Y, mira por dónde, aquella vez salió bien la cosa: Mercadal dejó como señal cuanto dinero tenía ahorrado; el archivero municipal Manuel Abizanda apreció de inmediato el valor de los documentos; y Zaragoza pagó lo que se pedía, ganando por la mano la jugada al Ayuntamiento de Madrid.

Mercadal recibió, bien ganada, la Medalla de Oro de la Ciudad y acabó publicando, aunque ya pasada la guerra civil, la autobiografía del general que dirigió la defensa de Zaragoza en 1808 y 1809 y estuvo por eso preso de Napoleón en Francia hasta el final de la guerra de Independencia.

Militar de corte, espía, servidor leal del príncipe de Asturias (luego, Fernando VII), conspirador, exiliado, arruinado, senador, político en boga y en desgracia, esos documentos suyos, aún no estudiados por completo ni editados como sería de desear, están cuidados y a disposición de todos en el Archivo Municipal de Zaragoza. Son buenas manos.

Gracias a esos papeles salvados como de milagro conocemos el rendido y tierno amor del general por su madre, Paula de Melzi: "Señora que por sus virtudes, religión, talentos y hermosura era el objeto de la consideración y veneración pública".

Tan entusiasmada adoración de hijo afectísimo diríase que tiene un puntico de caso freudiano.

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