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Sánchez rejonea a Argelia

Por
  • Inocencio F. Arias
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 27/06/2022 A LAS 05:00
El giro español sobre el Sáhara ha ofendido a Argelia.
El giro español sobre el Sáhara ha ofendido a Argelia.
HERALDO

En tiempos de Zapatero viajó a Argelia la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega. En su entrevista con altos dirigentes del país solicitó que aceptasen la repatriación de un número importante de personas entradas en España ilegalmente.

 Su interlocutor fue cortés pero divagó: las relaciones hispano-argelinas marchaban bien, España tenía una historia común con los árabes, el Mediterráneo nos unía, el cielo era bello y azul en los dos países y en Argelia había muchos seguidores del Real Madrid. En definitiva, no se comprometió en absoluto.

Dos días más tarde, sin embargo, un barco español cargado con argelinos solicitó por sorpresa atracar en Orán y desembarcarlos. Aquel gobierno no daba crédito. Nos comunicaron que el buque no podía entrar en ningún puerto y hubo de regresar a España. Bastante más tarde, un diplomático argelino me comentaba que la conducta española había causado estupor, que en su ministerio se decía que los socialistas españoles eran osados, «¿por quién nos toman?, ¿por una colonia?».

Comparado con el leve incidente del barco, el giro de Sánchez en el tema del Sáhara ha caído en Argelia como una bomba, algo grave y que, además, al ser pregonado, deja en evidencia a los argelinos.

Lo que nos lleva al enigma de la decisión repentina de Sánchez, manifestando que la absorción por Marruecos es la solución más útil y viable del problema del Sáhara. ¿Por qué lo ha hecho? Nadie lo sabe. La tesis que ve -¿cómo no?- la presión de Estados Unidos es atractiva, pero no convincente como factor determinante. ¿Tanto le debemos a Washington en estos momentos -Biden aún no ha recibido a Sánchez- para que una sugerencia suya baste para cambiar medio siglo de política española, abrazando algo que está al margen la ONU y que choca con el programa del PSOE? No es creíble que haya sido decisivo.

Uno se vuelve conspiranoico y está tentado de concluir, dada la ausencia de explicaciones, que los marroquíes, por escuchas telefónicas o por otro conducto, tienen agarrado a Sánchez por algo que es nocivo para España o, más probablemente, para su imagen personal y política. Que Sánchez no explique los motivos del cambio lleva además a deducir que él ha hecho a Marruecos el regalo inmenso del Sáhara a cambio de calderilla.

Si los interrogantes son cruciales -por qué el cambio y cuánto nos han dado por ello-, no menos capital es la convicción de que nos va a costar caro no percatarnos de las implicaciones funestas y duraderas que la decisión tendría en Argelia. Aun conocedores de la improvisación de que intermitentemente hace gala nuestro Gobierno en política exterior, resulta inaudito que ni el ministro Albares, sin ser un genio de la diplomacia, ni todos los encargados del Magreb en Exteriores ni las decenas de asesores de Sánchez le advirtieran de que favorecer en ese tema a Marruecos sería un cataclismo en Argelia.

Es inconcebible que nadie le apuntara que conseguir el Sáhara es algo trascendental para Marruecos, pero que, simultáneamente, que el territorio no sea marroquí es una obsesión para Argelia. Igualmente trascendental. Era seguro que Argel reaccionaría con ímpetu y cólera. El propio Sánchez, que va de estadista, pudo intuir que la respuesta no sería simbólica. ¿Le advirtieron y no escuchó? Otra incógnita.

A los desmemoriados de la Moncloa se les puede recordar que cuando, con Franco en estado agónico, dejamos del Sáhara entregándoselo a Marruecos y Mauritania, los argelinos, muy irritados, replicaron amparando al fantasmagórico MPAIAC, movimiento de independencia de las Canarias, al que con muy poco gasto pasearon por África, calentando la cabeza de los dirigentes africanos con la fábula de que los canarios eran otra etnia, otra lengua y que se sentían africanos sojuzgados por España. No fue una broma. Multiplicó el trabajo de Exteriores y el ministro Oreja hubo de hacer bastantes periplos por África para deshacer la patraña.

El talante no ha cambiado. La cúpula argelina quiere que el Sáhara sea cualquier cosa menos marroquí. Y se siente herida y traicionada con el giro de Sánchez, al que tachan de poco ético y, en lo que llevan razón, contrario a la doctrina de la ONU que propugna que los saharauis opinen sobre si desean o no unirse a Marruecos.

Los argelinos no son buenos enemigos. Y son, según la ONU, ‘parte concernida’ en el tema del Sáhara. Sánchez los engaña ‘regalándoselo’ al enemigo y dando a entender que Argelia ha actuado espoleada por Rusia. Un insulto para los orgullosos argelinos.

No creo que Argelia, cumplidora, nos corte el gas. Pero se acabaron las compras de obras públicas y productos españoles. Y Sánchez, sin dignarse explicarlo a sus súbditos.

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