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el mirador

‘Nada va a cambiar, pero va a cambiar mucho’

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 15/05/2022 A LAS 22:00
‘Nada va a cambiar, pero va a cambiar mucho’
‘Nada va a cambiar, pero va a cambiar mucho’
POL

Nada va a cambiar, pero va a cambiar mucho". Gran frase de la ministra Robles. 

Si hablase con sinceridad, podría pensarse en el obsequio retórico de una paradoja a sus oyentes forzosos, en la evocación de la famosa expresión que Giuseppe Tomasi puso en boca de Tancredi Falconeri, sobrino del príncipe de Salina, y que traduzco a mi manera: "Si no estamos en el ajo, estos te montan la república en un santiamén. Si queremos que todo siga como está, todo tiene que cambiar". Es la astucia de los grandes terratenientes aristocráticos que, en lugar de enfrentarse a la revolución, se adaptan a circunstancias que les desbordan para usarlas en beneficio propio. No se guían por principios morales, o por una ética patriótica, sino por el afán, muy humano, de sobrevivir a hechos fatídicos, esto es, que están determinados por los hados y que probablemente acarreen desdichas y sucesos funestos.

Quienes no participamos de la admiración de otros por la ministra Robles sabemos que su frase es hija, a la vez, de la torpeza (habla mucho sin decir nada) y la opacidad (no se atreve a decir lo que piensa). Fue enrolada en la política por el ministro doble que fue Juan Alberto Belloch y ha colmado la teoría de Peter sobre el ascenso hasta el nivel de incompetencia. Parece creer que los problemas pueden desinflarse o maquillarse mediante expresiones categóricas y asertos tajantes. Ha convertido esta creencia en un automatismo pavloviano.

En su noticiero del día 10, Vicente Vallés dijo que esa mañana, en la Moncloa, Robles, enfrentada al morlaco Pegasus, había expresado ‘orgullo’ una docena de veces. No: lo mencionó en treinta y tres ocasiones, treinta y tres, marca nacional en materia de autoafirmación descomedida y huera. Porque ¿cuál es el valor político del orgullo que sienta esta señora de modo tan repetido?

Cogida en falta, y desmentida al día siguiente de forma directa e inconsiderada por su principal, Robles no supo por dónde lidiar. Aquello no fue como defender a España con grandilocuencia, faena fácil cuando se opone a una voz separatista, ardid que le ha ganado voluntades ingenuas. No. Eludió la pregunta en cuatro ocasiones, incluida la última, muy directa, a cargo del periodista J. E. Monrosi: "¿La sustitución de la directora del CNI ha sido decisión suya, o se lo ha pedido expresamente el presidente?".

Robles le largó un discurso de más de seiscientas palabras (este artículo, lector, no tiene novecientas) sin contestar ni un poquito. Ni sabe ni puede. Dice que es un cambio de equivalentes: una mujer leal, competente y eficaz por otra mujer eficaz, leal y competente. ¿Por qué, pues, cambiar? No se atreve a decirlo: porque, en contra de su parecer, se lo ha exigido el presidente, para calmar –lo que no logrará– a sus aliados separatistas y al socio de gobierno que vocea exigencias crecientes a causa de su gran pérdida de votantes. Por eso ha sido.

El caso Pegasus ha derivado su foco de interés que ya no está en el espionaje a políticos relevantes o no,
sino en la conducta trapacera de Sánchez y Robles

¿No debería Robles, tan orgullosa de sus altos principios, acatar ese mandato y, acto seguido, dimitir? Ha decapitado a quien ella misma califica como servidora pública ejemplar sin darse cuenta de que, al mismo tiempo, se ha dado con eso un tajo en el cuello. (En las redes ha habido un inspirado que mordazmente la llama por este motivo ‘Roblespierre’). Desde hoy, Robles es la encarnación de la irrelevancia.

El más claro y contundente de los debeladores de Sánchez en el caso Pegasus ha sido Edmundo Bal. Sangra por su herida. El Gobierno también lo decapitó por no plegarse a calificar de sedición lo que era un delito de rebelión de los separatistas catalanes. Esa jauría política fabricó un ilegal remedo de referéndum y proclamó por su cuenta una república ficticia en perjuicio del conjunto de España. Bal, mártir laico, habla con su cabeza letrada entre las manos, como san Lamberto, e interpela por su condición prepotente al Doctor Sánchez Pérez... que se mofa de él porque no le vota mucha gente. Argumento miserable ‘ad personam’ que no tiene que ver con el asunto, pero sí revela la condición moral de quien recurre a él en lugar de contestar a la sólida acusación que se le dirige. Y le aplauden los suyos, ‘orgullosos’ de su líder.

Sánchez ha tenido que ser rescatado esta semana de las manos de sus socios. Los votos de Cs, Vox y PP en la Ley de Seguridad lo han librado de ser víctima de los aliados con los que gobierna, lo cual incluye a los partidos que trabajan –con gran ruido y poco fruto– para acabar con el régimen democrático de 1978 y con la unidad de nuestro país.

Y son achulados: uno sale raudo a fingir que revela lo tratado en la comisión secreta de las Cortes. Otro habla de Guernica. Sabe y calla que en su bombardeo hubo cincuenta y cuatro aviones del ejército de Mussolini (y no solo alemanes) en abril de 1937. Y que en agosto, a esos mismos italianos se entregaron ‘orgullosamente’ los ‘gudaris’, con datos sobre las tropas de la República. Se ve que eso no es memoria histórica. Nada va a cambiar, diría Robles.

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