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el mirador

Cada vez menos Historia

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 27/02/2022 A LAS 05:00
Cada vez menos Historia
Cada vez menos Historia
Lola García

Un lector se topa con ‘Alfons I de Catalunya’ y tiene dudas sobre la denominación. 

No lo dude: es inapropiada. Y mendaz. En la fecha en que vivió el personaje (Alfonso II de Aragón), la voz ‘Cataluña’, recién nacida, no tenía el significado actual, ni era ninguna clase de titulación política ni jurídica, regia o de otra clase. Los catalanes tuvieron reyes (los de Aragón), pero nunca formaron un reino. La serie de reyes de Aragón y condes de Barcelona (no de Cataluña) se abre con Alfonso II, hijo de una reina aragonesa y un conde barcelonés. Sí se le puede llamar Alfonso II (rey) de Aragón y I (conde) de Barcelona. Su dominio incluía los condados de Berga, Besalú, Gerona, Manresa, Osona (Vich), Cerdaña (norte), Conflent (con capital en Prades) y era señor de Tortosa y Lérida, recién ganadas al islam. Alfonso (hablamos del siglo XII) añadió el Rosellón (hoy francés) y el Bajo Pallars. Pero ni los condes de Barcelona ni las instituciones de Cataluña la llamaron nunca reino, ducado, marquesado o condado. Los condados de Urgel y de Ampurias no fueron del conde de Barcelona hasta que los reyes de Aragón (y condes de Barcelona) los incorporaron a su dominio en el siglo XV. Y el Alto Pallars fue a la Casa de Medinaceli en el XVI.

A partir de Alfonso II, primer soberano común, se va asentado por necesidad la distinción legal y política entre sus súbditos aragoneses y catalanes. La dificultad de definir políticamente el conjunto de condados dependientes de Barcelona hará que, finalmente, se la llame ‘principado’; pero no porque tenga a su frente a ningún príncipe, en el sentido nobiliario del término, sino porque su señor es un soberano (eso significa también ‘princeps’, en latín medieval). La denominación de ‘principatus Catalonie’ la usa el puntilloso Pedro IV en 1350, de quien, por otro lado, también es la frase que hace de ‘Aragón’ su "título y nombre principal".

El lema de la Real Academia de la Historia dice que la Noche huye cuando ante los españoles brilla la luz de la Historia, disciplina necesitada de reglas que la Memoria no requiere

La Academia avisa

Pero estas puntillosas disquisiciones eruditas ¿poseen hoy alguna utilidad? Sí, puesto que el nacionalismo –sobre todo, el separatista– las presenta a los escolares de un modo a la vez sesgado –‘crea’ nación– y simplificado –bajo un solo prisma–. El pasado siempre está presente, porque cualquiera puede intentar ponerlo a su servicio. Frente a eso, el único remedio es adquirir instrucción sólida, así sea poca, en estas materias. En España, gran parte de este caso problemático está en manos de una ministra aragonesa y socialista, Pilar Alegría, a cuyos planes previstos de estudio para bachillerato ha presentado alegaciones la Real Academia de la Historia (RAH), en un escrito de dieciséis folios.

En síntesis, la corporación subraya el valor formativo –y deformante ‘a contrario sensu’, podría añadirse– de la asignatura Historia de España porque, como la Historia en general, en tanto que materia escolar, "proporciona un sentido crítico de la identidad de los individuos y los grupos humanos y promueve la comprensión de las tradiciones y legados" que operan en las sociedades actuales. Todo cuanto ocurre sucede en el seno del proceso histórico: filosofía, literatura, artes, derecho, ciencia, paz, guerra... Por eso la Historia es troncal por esencia.

Los académicos creen que se nos viene encima una marea de ‘presentismo’ unida a un exceso de contemporaneidad, carentes de la visión de las grandes concatenaciones de hechos en series cronológicamente largas, de la que los escolares quedarían privados: los antecedentes son amputados, en pro de una supuesta mejor comprensión de lo reciente. Perjuicio que aumenta por otra vía añadida: se impartirán más sociología, politología y economía, en daño del gran integrador de datos y enfoques que es el método histórico. "Una asignatura de Historia de España tiene contenidos suficientes para completar un programa sin que sus horas lectivas deban ocuparse en esas otras materias, válidas en cuanto tales, pero no intrínsecas a la misma". Es la base histórica la que permite al estudiante integrar esos otros enfoques específicos con cimiento sustantivo.

El proyecto no diferencia bien entre Historia, una disciplina científica que busca el conocimiento objetivo y general del pasado mediante instrumentos adecuados, y Memoria, que es de por sí subjetiva, parcial y cambiante. Ninguna sorpresa: la memoria histórica –en versión ZP– se va a convertir en utillaje educativo.

En fin, se aprecia desconexión con la historia mundial: América, África y el Pacífico no deben suprimirse en pro de la lógica priorización de Europa y el Mediterráneo. Dígase igual sobre nociones del mundo árabe y lo básico de la India y el Asia Central y Oriental.

Otras objeciones, nada leves, se dicen de modo taxativo. Pero con lo apuntado ya se ve por dónde van las cosas. Será difícil enderezarlas y, más, con un bachillerato encanijado de dos años, asunto sobre el que la RAH no opina.

O sea, que puede haber ‘Alfons I de Catalunya’ para rato.

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