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Un lugar para regresar

Por
  • Mariano Gállego Palacios
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 27/01/2022 A LAS 05:00
Veladores en la plaza Biscós de Jaca.
Un lugar para regresar.
Laura Zamboraín

Harto de cenizos que anuncian el inminente fin del mundo, agotado por la presión psicológica de la pandemia y asfixiado por la grisura de la gran ciudad en un invierno de frío y nieblas, he aprovechado unos días de asueto para escaparme al "pueblito", que diría la compañera de un famoso futbolista. 

Hacía meses que no subía y la nostalgia se había convertido en pura necesidad. Hay que tener la suerte de disponer de un lugar al que regresar cuando la negrura aprieta y en ese sentido me considero afortunado. Jaca nos recibió esplendorosa en su solana, con la peña Oroel firme en su empeño por sobresalir al sur con su poliédrica magnificencia. El Pirineo nevado al fondo del valle acabó de aliviar rápido la desazón. El urbanita constreñido recuperaba la libertad del campo abierto... y soleado.

El aplazado reencuentro con la familia tanto tiempo después de lo inicialmente previsto se reveló vivamente terapéutico. Los abrazos curan, doy fe. Tras los saludos de hermanas, sobrinos y cuñados, el corazón estaba preparado para vibrar con los sobrinietos. El alborozo de Diego y Dani en el parque infantil junto a los glacis y la placidez de Lola en su capazo después de tomar el pecho de la felicidad me reconciliaron ya con todo. En el vermú, en una terraza de la plaza de Biscós, los gorriones se acercaron a la mesa a picotear las migas que caían al suelo y me maravillé. No tanto por su osadía –casi se dejaban tocar y revoloteaban rozándote la oreja– sino porque también hacía mucho tiempo que no coincidía con estos simpáticos y traviesos pajarillos. En Zaragoza solo veo palomas y prefiero no comentar lo que opino de ellas.

Al final el reloj marcó la hora de la vuelta a la dura capital. Como anticipo, una larguísima caravana de esquiadores que bajaban de las estaciones colapsaba el centro de la localidad. Sorteada esta primera traba gracias a la generosidad de un amable conductor que me cedió el paso, enfilé hacia el Monrepós para unirme en Sabiñánigo a un nuevo atasco que se fue disolviendo en la autovía. Llegué como nuevo.

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