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El juego de los Juegos

Por
  • Luis Perales Navas
Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 26/01/2022 A LAS 05:00
El juego de los Juegos.
El juego de los Juegos.
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Esperar que los Juegos Olímpicos puedan cambiar fundamentalmente un país, su sistema político o sus leyes, es una expectativa completamente exagerada. Los Juegos Olímpicos no pueden resolver problemas que generaciones de políticos no han resuelto"

Estas afirmaciones, que en España pasaron totalmente desapercibidas, fueron hechas por Thomas Bach, presidente del Comité Olímpico Internacional, el pasado mes de diciembre a la agencia de noticias alemana DPA y recogidas, entre otros medios, por el portal especializado en el movimiento olímpico Around the Rings.

Durante los últimos meses, en España asistimos a un debate acerca de la posible candidatura a organizar los Juegos Olímpicos de Invierno en 2030. Públicamente, la intención del Gobierno de España es construir un proyecto de país que incluya en términos de igualdad a Aragón y Cataluña. A nadie se le escapa el entorno político en el que ha de construirse ese modelo, con un Gobierno de Cataluña que tiene como principal objetivo lograr la independencia de esa comunidad autónoma y utilizar los Juegos "para construir país". La afirmación de la consejera de Presidencia de la Generalitat, Laura Vilagrà, no deja lugar a dudas del objetivo del proyecto.

Aunque los espectadores y gran parte de los medios lo vean de otra manera, organizar unos Juegos Olímpicos es mucho más que organizar una serie de competiciones deportivas en quince días. "Además de todo, hay deporte", solemos decir los que trabajamos en ello. Un buen modelo organizativo y una buena gestión de los recursos pueden convertirse en un excelente motor que acelere el desarrollo de una ciudad, región o país que, en otras circunstancias, tardaría décadas en llevarse a cabo. En este caso, hablaríamos de un excelente legado fruto de una buena gestión. El caso contrario también existe y se conocen varios.

Bien organizados y gestionados, los Juegos Olímpicos pueden ser un excelente motor de desarrollo

Sin embargo, pensar desde el inicio de la idea que los Juegos van a ser la solución de los problemas políticos locales choca frontalmente con la visión del propietario del acontecimiento. Las afirmaciones del presidente Thomas Bach, que se hacían en referencia a los problemas derivados de la desaparición de la tenista china Peng Shuai y al papel del Comité Olímpico Internacional, son una prueba de ello.

En el mundo occidental, el producto Juegos Olímpicos lleva unas décadas sufriendo el ataque injustificado de ciertos movimientos anti-Juegos. Así como hace años las ciudades y los países daban cualquier cosa por organizarlos, en las últimas ediciones apenas han surgido candidatos. Las críticas no siempre justificadas a los requisitos, a los recursos necesarios y al impacto medioambiental han disminuido el interés de las ciudades que han ido abandonando la idea de acogerlos. Ser anfitrión de unos Juegos ya no se ve unánimemente como un privilegio. Para cuidar y proteger los Juegos, el Comité Olímpico Internacional ha cambiado el sistema de selección de sedes y ha puesto en marcha un procedimiento que contribuya a un mejor conocimiento de cómo organizarlos sin riesgos, sostenibles y con éxito. Los Juegos Olímpicos son un producto tan importante que no pueden dejarse al albur de riesgos innecesarios que perjudiquen su organización, su imagen, al interés de los ciudadanos y patrocinadores y a su propio futuro.

Se pone mucho en juego al otorgárselos a una ciudad o país.

Pero no sirven para resolver problemas políticos

Aragón ha demostrado históricamente su interés en organizar unos Juegos. Con mayor o menor fortuna, se han presentado varios proyectos que nunca alcanzaron el objetivo. España es un país con escasa cultura de deportes de invierno a los que, popularmente, solo se vincula con el esquí alpino, algo de snowboard y algún patinador. Sin embargo, no hay que olvidar que los Juegos de invierno son una mezcla de deportes de nieve y de hielo donde montaña y ciudad han de convivir. Tienen, además, una serie de disciplinas que requieren de costosas infraestructuras de dudosa rentabilidad posterior.

Para competir con posibilidades contra los excelentes proyectos que defienden Sapporo (Japón) y Salt Lake City (Estados Unidos) y para compensar el escaso peso deportivo en el ámbito invernal, España debería preparar un modelo de Juegos que alcance la excelencia y diseñar un programa de impulso deportivo muy ambicioso. Sin embargo, cuando las premisas son exclusivamente políticas todo lo demás se contamina.

Personalmente, he tenido el privilegio de participar en varias de las candidaturas aragonesas y compartir experiencias con algunos de los principales especialistas internacionales con los que visitamos escenarios potencialmente olímpicos. Algunos de estos escenarios, muy exigentes y poco conocidos, merecieron elogios sinceros de dichos especialistas. Son diamantes en bruto que unos Juegos podrían ayudar a pulir.

En todos los procesos de candidatura confluyen dos tipos de mensajes: los destinados a los conflictos y audiencias locales y los destinados al exterior. Rara vez coinciden. Pero no hay que olvidar que, aunque la situación interna influye, el que decide es el que está fuera. Y, en este momento de la historia, los Juegos son frágiles y buscan y necesitan reivindicar su importancia.

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