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Todos mis santos

Contenido exclusivoOPINIÓNACTUALIZADA 01/11/2021 A LAS 05:00
Cementerio de Torrero de Zaragoza el día de Todos los Santos.
'Todos mis santos'
Guillermo Mestre

La verdad es que no me queda muy claro si el Día de Todos los Santos merece una celebración en todas las acepciones del diccionario. 

Lo que sí resulta inherente a la jornada es el recuerdo y, hablando de muertos, quizá la horterada esa del Halloween, o ‘Joligüín’ (como lo llamaba una tía mía), sirva al menos como homenaje subversivo por todos los resucitados que amanecerán este lunes de la borrachera de anoche. Por mi parte, no soy de los que se obligan por las efemérides porque sinceramente creo que me acuerdo de los que me faltan y sigo queriendo los 365 días del año. Pero sí me pasa, porque me temo que la treintena obliga a debutar y de ahí todo irá a peor y en adelante, que me muevo hacia el pasado para prometerme un presente que no está; cosa que compruebo, padezco, rebato y repito al año siguiente con la misma ilusión.

He acudido a Zaragoza o a Casetas en fechas señaladas: Navidad, cumpleaños, Pilares… viajando hacia una sensación que ya no existe y ni cuando llego me quiero dar cuenta. Me pasa los días previos al viaje o cuando voy directamente en el AVE, rezumando una ciudad o un barrio que se esfumaron, como si ese billete me llevara a un recuerdo feliz o a un reencuentro que yo ya sé imposible. Me ocurre en multitud de rincones: en Casetas, el número 5-7 de la calle San Miguel, sobre todo; en Zaragoza, la plaza San Francisco, la Magdalena o el Parque José Antonio Labordeta. A veces, eso todavía va a más y cuando cojo el casetero y se detiene en la segunda parada de la avenida Navarra, me veo yendo para la facultad por la calle que sube a la avenida Madrid. Aunque he olvidado el número del bus urbano que cogía luego.

Lo que quiero decir es que es increíble la cantidad de lugares que forman parte de nuestra rutina más íntima, y que de repente abandonamos y terminamos viendo a través del cristal de un autobús o de la falsa promesa de un viaje donde los difuntos, y lo que y cómo fuimos, nos sirven de palanca para darle un empujón más a esto de estar vivos. Es como un homenaje hacia ellos, que nada pueden darnos, y a los que nosotros podemos traicionar moldeando su memoria en nuestro recuerdo. En resumen, otra forma de traición piadosa que cada uno lleva en su maleta y que entre silencios ensimismados nos ayuda a seguir tirando, que no es poco.

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