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la rotonda

Y ETA dejó de existir

Por
  • Manuel Jiménez Larraz
OPINIÓNACTUALIZADA 30/10/2021 A LAS 05:00
'Y ETA dejó de existir'
'Y ETA dejó de existir'
Guillermo Mestre

Aunque lejos del pesimismo filosófico de Schopenhauer, reflejado en su "el dolor es perpetuo", vivo con entusiasmo limitado el décimo aniversario del cese del terrorismo de ETA. 

Y no porque como ciudadano no sea consciente de la importancia para nuestra democracia de un hito como aquel, sino porque lo que ETA nos pudo quitar nos lo arrebató, sin escrúpulos, hace más de veinte años. Mientras mi padre perdía la vida y lo que le quedaba por vivir en una calle de Zaragoza, yo perdía la inocencia de cualquier chaval de mi edad.

La disolución de ETA iluminó con fulgor el escenario público en un país que llevaba décadas en la penumbra provocada por el miedo y por la falta de libertad, que acentuaban inhumanamente el ruido de las explosiones en San Juan de los Panetes o en la Casa Cuartel de Zaragoza, el de las sirenas que, inmediatamente, invadían la ciudad, con un sonido distinto, triste. Las vidas eran segadas, para nada, casi siempre en mañanas grises.

El sombrío paisaje de esos largos años de actividad criminal de ETA existió. Guste o no, sus efectos siguen muy presentes en el tipo de sociedad que somos hoy. Es imposible comprendernos sin recordar esos años que contribuyeron a crear una conciencia política y una identidad cívica común que, con el olvido interesado vemos nuevamente languidecer.

La derrota de ETA fue uno de los hechos más relevantes de nuestra historia política contemporánea y situaba a nuestra democracia en un lugar de una altura política y ética a la que no estábamos acostumbrados. Porque no, ETA no desapareció porque ese fuera su deseo. Su disolución fue el resultado del firme pulso que los demócratas mantuvimos con ellos durante tantos años, aunando unidad política –fundamentalmente del PP y del PSOE–, aplicación vigorosa de los medios de un Estado de derecho, por fin, desacomplejado, cooperación internacional y movilización social. En eso España es una excepción de la que puede sentirse orgullosa. Ni Estados Unidos, ni Francia, ni Alemania, ni el Reino Unido mantuvieron ante la amenaza terrorista la misma firmeza de convicciones y adhesión a los principios y valores democráticos que nuestro país. Y ETA dejó de existir, y el miedo a morir asesinado desapareció paulatinamente.

En un absurdo intento de renunciar al valor de uno de nuestros logros colectivos, cierto pesimismo de tintes épicos afirma, sin embargo, que ETA no ha sido derrotada. Y creo, honestamente, que eso no es así. ETA ha sido derrotada. Quienes hoy ejercen la política u otras muchas actividades tienen la tranquilidad de saber que no hay una banda criminal anotando sus nombres en una lista negra para imponer mediante el terror su proyecto. La violencia de ETA ha dejado de existir. Y ese es un cambio sustancial. Al menos, lo es para quienes veían cómo su vida –y la de sus familias– estaba permanentemente amenazada. Algo muy importante cambió para muchos hace diez años.

Pero es cierto que el proyecto político que preconizaba violentamente ETA sigue vigente, nutriéndose de la ridícula candidez, en el mejor de los casos, o del interés partidario de quienes consideran que el hecho de que una banda criminal haya dejado de asesinar les rehabilita y les imbuye automáticamente de una deslumbrante legitimidad política y ética. Pero hemos conseguido que solo sea eso, un proyecto político. Despreciable por su intolerancia, supremacista, excluyente, representado por personas de una ya contrastada falta de ética y de respeto a cualquier valor democrático, indignas de representar nada y a nadie en un país democrático. Pero, al fin y al cabo, un proyecto político que debe ser confrontado con fuerza por quienes creen en una política muy alejada de esas ideas iliberales, si queremos evitar que se extiendan.

Por eso, creo que tiene una especial gravedad el comportamiento de los partidos, PSOE y Podemos, que forman parte del Gobierno de España. La defensa de un interés particular de un momento concreto, apoyándose, con visibles contrapartidas, en Bildu y en lo que representa, solo puede erosionar ese espacio común y cada vez más solitario de los valores compartidos que sustentan nuestra democracia y que constituyen, evidentemente, el principal obstáculo que encuentran los herederos de ETA y otros radicalismos para imponer su proyecto político. El Gobierno tiene una responsabilidad que hacer cumplir.   

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