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la firma

La teoría de Carlos

OPINIÓNACTUALIZADA 07/10/2021 A LAS 05:00
Granja de La Puebla de Valverde, Teruel, en la que se está ultimando la desinfección.
Granja de La Puebla de Valverde, Teruel, en la que se está ultimando la desinfección.
Javier Escriche

Carlos es ganadero, lo dice con ironía, pues su ganado tiene alas. 

Él, como sus hermanos, forma parte de una familia que durante generaciones ha vivido del campo. Saben bien qué es trabajar la tierra. Luchan por salir adelante criando animales de todo tipo, cultivando y cosechando lo que se tercie, cada uno a su modo. Han sido capaces de inventarse y reinventarse varias veces. Han metabolizado una capacidad de adaptación al medio que los urbanitas de este siglo XXI ni nos enteramos. Los admiro desde siempre. Y ese siempre se remonta a mi infancia, cuando con mi abuela bajábamos a visitarles ‘ta que charrasen os yayos’.

Para revertir la despoblación del campo aragonés, hay que pensar en el agricultor
y el ganadero

Nuestra diferencia de edad también me ha hecho verlos desde entonces mucho más jóvenes que un servidor. Pero ya no lo somos tanto, porque nos han caído unos cuantos lustros. Son padres de familia bien talluditos. Y ahí siguen resistiendo. Trabajo no les falta. Y mucho, para ir más allá de los costes y sacar partido a las muchas horas que dedican. Por experiencia saben que para vencer la mera supervivencia tienen que adaptarse a las lógicas del mercado global. No se pueden quedar solo en lo que tienen cerca. Ni solo se mueven en Aragón, ni en España. Incluso hablan de los precios que se fijan en los mercados de futuros, en las tensiones con los cereales en las grandes transacciones internacionales o de cómo los grandes compradores de tractores y tecnología agraria están en India y otras partes lejanas a esta vieja Europa. E incluso también saben que en cuanto en China sean capaces de mejorar su producción porcina, aquí temblará el sistema. Tienen una visión geopolítica que para sí querían muchos políticos y querríamos en muchas aulas universitarias. Cuando cuentan sus cuitas, sus idas y venidas, los vericuetos por los que tienen que transitar y batallar, me dejan boquiabierto.

La pandemia les ha golpeado, pero resisten. La crisis de 2008 fue dura, aguantaron. Y con la de la energía, están más que preocupados. No las tienen todas consigo pues suman otras incertidumbres como la de la política agraria común y, sobre todo, las dinámicas en España. El Gobierno de Sánchez y lo de la transición ecológica van camino de arruinar lo que funcionaba. No dejan margen para que los propios protagonistas inventen sus soluciones. A esto, se suma el castigo añadido de la administración aragonesa. Desde su punto de vista, si comparamos con Navarra, La Rioja o Cataluña, en nuestro país, Aragón, tenemos unas condiciones que hunden al más pintado. Salvo un cogollo al que favorecen los intereses instituidos, el resto sufre unas normativas restrictivas y una persecución administrativa difícil de superar. Sienten que donde algo se puede hacer fácil se complica y donde algo es complicado, la complicación se multiplica.

Hay que revisar las normativas y procedimientos para permitir
que los pequeños productores lleguen directamente al consumidor

Carlos mira en la vecina Francia. Ve con deseo y desesperación cómo aquí nos empeñamos en seguir vaciando el país impidiendo arraigar a los agricultores en el territorio. Nuestro país está necrosado porque se ponen trabas a cosas tan obvias –para los franceses– como que el pequeño productor pueda llevar sus productos directamente desde la granja a la ciudad. Aquí los impedimentos legales, bajo capa de seguridad y garantía sanitarias, ahogan. Nuestros burócratas en vez de facilitar la vida, se dedican a perseguir a quienes tendrían que proteger e incentivar. A día de hoy, el sistema está montado para que sean las grandes cadenas de distribución las que terminen venciendo en el tablero. Así pagamos consumidores y productores.

Si queremos revertir el Aragón vaciado, un paso esencial es pensar en los agricultores y ganaderos. Es obvio que los servicios, la conexión a internet de alta capacidad, las infraestructuras se han de mejorar. Pero hay un paso previo: se han de revisar las normativas y los procedimientos para facilitar a los pequeños productores llegar directamente a los consumidores. Es vital crear mercados populares en las ciudades que permitan cambiar las inercias hegemónicas. Y es prioritario repensar la autogestión integrada sin multiplicar intermediarios, si no es así, seguiremos vaciando el país.

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